Carta al presidente electo

martes 23 de junio de 2026, 7:00 am

Escrita en Bogotá, el 22 de junio del presente año, en la tranquilidad de un escritorio conventual y con un café colombiano. No sé cómo dirigir esta carta. Tigre, Abelardo, Doctor de la Espriella, presidente electo, en fin, a la postre esto es lo de menos. En tiempos de polarización, que concuerdo con usted, no es del todo negativa, solemos preguntarnos quién va a gobernar Colombia. Tal vez la pregunta correcta sea otra: ¿qué tipo de liderazgo necesita el país? Durante años hemos convertido la política en una disputa de personalidades. Nos hemos acostumbrado a elegir entre quienes prometen salvarnos y quienes prometen derrotar a otros. En esta campaña que pasó, fue ausente el debate entre candidatos pero, este fue asumido por el debate de las calles. A mí me quedó de esta campaña algunos sinsabores pero, también grandes satisfacciones, a saber, la participación ha sido la más alta en la historia republicana. Los jóvenes asumieron posiciones políticas y se puede decir que disminuyó la apatía por los temas del país. El llamado centro político se difuminó por no tener carácter ni identidad. Si bien hay mucha agresividad, también es cierto que los mensajes en redes sociales bajando la marea aparecieron oportunamente indicando que acá lo importante es cómo construir una nación para todos. Sin embargo, los grandes desafíos de Colombia, la violencia persistente, la desigualdad, la fragmentación social y la crisis de confianza en las instituciones, exigen algo más profundo que un buen candidato. Exigen una nueva comprensión del liderazgo.

La tradición dominicana, en la que me he formado desde hace 25 años, ofrece una pista valiosa. Allí, el liderazgo no se entiende como una acumulación de poder sino como un conjunto de virtudes orientadas al bien común. Necesitamos un presidente que sepa capitalizar la sabiduría de un equipo para ordenar la realidad hacia un propósito superior. Un líder sabio es aquel que sabe priorizar, distinguir lo urgente de lo importante y mantener la mirada puesta en el horizonte cuando todos los demás están atrapados en la coyuntura. Presidente, no podemos seguir desgastándonos en lo pequeño mientras esta Colombia necesita que se le solucionen los problemas estructurales que han dado génesis a los conflictos. La segunda virtud es la fortaleza. No la fortaleza entendida como agresividad o imposición, sino como la capacidad de perseverar en el bien incluso cuando aparecen las dificultades. Por favor, sépase rodear, seguramente cuando usted era niño muchas veces le recomendaron alejarse de algunas personas para que usted no se dañara, bueno pues hay que tener mucha fortaleza para pensar en lo grande y con los grandes. Santo Tomás llama a esa virtud magnanimidad, capacidad de pensar en grande con los grandes, para poder asumir con paciencia suficiente el desafío de sostener procesos complejos y autodominio para no convertir las emociones en decisiones de Estado. Un país fatigado por el conflicto requiere menos caudillos impulsivos y más personas capaces de gobernarse a sí mismas antes de pretender gobernar a otros.

Doctor de la Espriella, recibe usted un país con crisis de confianza. Desconfiamos de los políticos, de las instituciones, de los medios, de los empresarios y, muchas veces, incluso de nuestros vecinos. Por eso necesitamos reconstruir confianza en torno a usted. Un líder confiable es auténtico. No vive de las apariencias ni del marketing. Reconoce sus límites, sabe pedir ayuda y entiende que nadie construye una nación en solitario. A estas virtudes se suman otras igualmente necesarias: la justicia, la fidelidad, la gratitud y la veracidad. La justicia porque recuerda que ningún interés particular puede estar por encima del bien común. La fidelidad porque obliga a mantenerse leal a los propósitos y no a las conveniencias del momento. La gratitud porque reconoce que toda construcción humana es fruto del esfuerzo colectivo. Y la veracidad porque sin verdad no existe confianza posible ni convivencia duradera. Lo invito a mirar siempre el horizonte, los grandes constructores de nación son sembradores. Trabajan para cosechas que posiblemente no alcanzarán a ver. Comprenden que la formación de ciudadanos, la consolidación de instituciones y la construcción de paz son tareas de largo aliento.

El liderazgo que Colombia necesita debe estar acompañado por la prudencia. Un líder prudente no es un líder inmóvil. No más parálisis, es hora de movernos. La Nación se transforma con conductas serias y responsables, por eso las virtudes son necesarias. Encarnar las virtudes nos ayuda a transformar culturalmente esta patria. Y hoy, más que nunca, Colombia necesita líderes que, antes que conquistar el poder, sean capaces de merecer la confianza de una sociedad que anhela un futuro compartido.

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