Tunja y el derecho a volver a creer – Edisson Fabián Barrera Cendales #ColumnistaInvitado

lunes 18 de mayo de 2026, 7:00 am

Hay ciudades que atraviesan crisis financieras. Otras enfrentan problemas de infraestructura, seguridad o desempleo. Pero existen momentos más complejos y silenciosos: aquellos en los que una ciudadanía empieza a perder la confianza en sus instituciones, en sus dirigentes y, poco a poco, incluso en el rumbo de su propia ciudad.

Ese parece ser hoy el verdadero desafío de Tunja.

Más allá de nombres, disputas políticas o coyunturas administrativas, Tunja atraviesa una etapa de desgaste colectivo que no puede seguir reduciéndose a debates pasajeros o enfrentamientos emocionales. La ciudad viene acumulando cansancio. Y cuando una sociedad se acostumbra al desencanto, lo peligroso no es solamente la crisis institucional: lo realmente grave es que las personas comiencen a normalizarla.

Hoy muchos ciudadanos sienten una ciudad lenta, fragmentada y sin dirección clara. Comerciantes preocupados por la economía local. Jóvenes que no encuentran oportunidades suficientes para quedarse y construir aquí su futuro. Barrios que reclaman presencia institucional. Ciudadanos agotados de promesas que se anuncian con fuerza, pero se diluyen en la realidad cotidiana.

Y quizás la reflexión más importante sea esta: Tunja no necesita más ruido político. Necesita rumbo.

Porque gobernar una ciudad no puede convertirse en un ejercicio permanente de confrontación, improvisación o espectáculo. La administración pública exige algo mucho más complejo y menos visible: capacidad de gerencia, estabilidad institucional, planeación seria, equipos competentes y liderazgo con sentido de responsabilidad colectiva.

Pero, además de capacidad administrativa, este momento también ha dejado una reflexión ciudadana imposible de ignorar: el profundo anhelo de pertenencia.

Hoy muchas personas sienten que Tunja necesita volver a ser liderada por alguien que entienda su esencia, su historia, sus barrios, sus costumbres y sus dolores no desde la distancia, sino desde la experiencia de haber crecido aquí, de haber caminado sus calles, de haber vivido sus transformaciones y sus dificultades.

No se trata de cerrar la ciudad ni de rechazar a quien venga de afuera. Tunja siempre ha sido una ciudad abierta, universitaria y acogedora. Pero sí existe un sentimiento creciente de identidad colectiva: la necesidad de que quien la dirija la ame genuinamente, la respete profundamente y la defienda con sentido de pertenencia.

Porque una ciudad también se gobierna desde el afecto.

Y cuando los ciudadanos sienten que sus gobernantes ven el territorio únicamente como un escenario político o administrativo, la desconexión se vuelve inevitable. En cambio, cuando perciben amor real por la ciudad, aparece algo distinto: confianza.

Tunja hoy no solamente reclama preparación técnica. También reclama cercanía emocional con su propia identidad.

La ciudadanía quiere volver a sentir que su ciudad tiene quien la cuide.

Que la entienda.

Que la valore.

Que comprenda que Tunja no es simplemente un cargo público o una plataforma política, sino un territorio con memoria, dignidad y futuro.

Especialmente en un momento atípico como el que vive la ciudad, resulta indispensable entender que el verdadero reto no consiste en prometer transformaciones imposibles en tiempo récord, sino en recuperar algo mucho más profundo: la confianza ciudadana.

Confianza en que las instituciones funcionan.

Confianza en que los recursos públicos se administran con responsabilidad.

Confianza en que los problemas cotidianos sí pueden resolverse cuando existe dirección, seguimiento y voluntad de ejecutar.

Porque la gente no vive de discursos grandilocuentes. Vive de resultados concretos: vías en buen estado, seguridad, movilidad organizada, espacio público recuperado, trámites eficientes y una administración que escuche antes de imponer.

Tunja necesita volver a sentirse gobernada.

Pero también necesita empezar a discutir con honestidad qué ciudad quiere construir hacia adelante. Durante años hablamos de una ciudad universitaria, histórica y cultural, pero el mundo cambió y nuestras dinámicas urbanas también deben evolucionar. Hoy las ciudades intermedias compiten por innovación, tecnología, turismo inteligente, emprendimiento y oportunidades para sus nuevas generaciones.

No podemos seguir administrando el futuro con herramientas del pasado.

Y precisamente por eso, este momento debería servir para algo más importante que una simple transición política: debería convertirse en una oportunidad para recuperar el sentido de ciudad.

Eso implica entender que ninguna administración, especialmente una de tiempo reducido, resolverá décadas de problemas estructurales. Pero sí puede hacer algo fundamental: ordenar, estabilizar, recuperar institucionalidad y dejar bases sólidas para que Tunja vuelva a avanzar.

A veces las ciudades no necesitan gobiernos que prometan refundarlo todo. Necesitan liderazgos capaces de devolver serenidad, confianza y dirección.

Porque después de tantos años de polarización, desgaste y frustración colectiva, quizás el acto más transformador no sea gritar más fuerte, sino gobernar mejor.

Tunja todavía tiene enormes capacidades humanas, culturales, académicas y sociales. Tiene ciudadanía crítica, talento joven y sectores productivos que siguen creyendo en ella. Pero para que esa energía vuelva a convertirse en progreso, la ciudad necesita recuperar algo esencial: la posibilidad de creer nuevamente.

Creer en sus instituciones.

Creer en la capacidad de construir acuerdos.

Creer en liderazgos serios.

Y también, volver a creer en quienes sienten a Tunja no como un lugar de paso, sino como su hogar.

Porque solamente quien ama verdaderamente una ciudad entiende que gobernarla no es un privilegio personal, sino una responsabilidad histórica.

Y quizás ahí esté la gran tarea de este tiempo: volver a darle rumbo a Tunja, pero también volver a reconciliarla consigo misma.

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