
Los actuales tiempos y dinámicas han sumergido a la sociedad en una dictadura de ruido y algarabía, donde el afán de hablar y, en ocasiones, de pontificar “verdades únicas, incuestionables y reveladas”, han terminado de desplazar por completo la reflexión y la inferencia del diálogo y la sana conversación.
La algarabía exacerbada de la palabra ha implementado en las conversaciones y diálogos humanos como costumbre malsana el interés frenético de ganar las discusiones, de imponer verdades reveladas. El cerebro termina cediendo al bullicio de la palabra olvidando procesar las ideas y definiciones.
La dictadura del ruido, antes de propender por un diálogo enriquecedor y reflexivo, centra su interés en llamar la atención del momento, visibilizar un protagonismo falaz ante el interlocutor y, actualmente, ante el seguidor de las redes y plataformas sociales digitales.
Reivindicar el silencio no por una carencia de argumentos o razonamientos para la discusión, sino por la premisa de que el tiempo y los hechos prevalecen y desdicen de la urgencia neurótica y abusiva del uso de la palabra.
El silencio reflexivo y la serenidad cambian la forma de ver y enfrentar la realidad, permiten también gobernar nuestras emociones y obtener paz interior, juicio y discernimiento para enriquecer y engrandecer los análisis y conversaciones sobre nuestra cambiante realidad.
Insistir en el uso de la palabra de manera errática, fanática y descontrolada nos lleva a asumir riesgos y exposiciones mediáticas desacertadas y, en algunos casos, irracionales. De ahí que el silencio resulte como un poderoso escudo y adalid de la sabia y justa prudencia, en fin de cuentas, más elocuente que la palabra.
Una sociedad como la nuestra, renuente a prescindir de la dictadura del ruido, a merced constante de la polarización, confrontación, fanatismo y desinformación azuzada por las plataformas digitales termina erosionando la armonía y sana convivencia. Siempre será necesario insistir en el llamado al silencio reflexivo, a la sabia prudencia, a la introspección. Saber entrar en silencios meditativos permitirá organizar tiempos y pensamientos y preceder con sabiduría a la vida social activa.
“Si un día no quieres hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio”.
Gabriel García Márquez
(Fragmento del poema-Si un día)
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