
Las elecciones atípicas de Tunja dejarán muchas lecciones. Algunas positivas, porque demostraron que la democracia sigue siendo el escenario donde los ciudadanos deciden el rumbo de su ciudad. Otras, profundamente preocupantes, porque evidenciaron cómo las redes sociales pueden convertirse en el principal instrumento para degradar el debate público.
Hoy cualquiera puede crear un perfil falso, esconder su identidad y lanzar una acusación, una mentira o una imagen manipulada sin medir las consecuencias. En cuestión de minutos, una publicación puede recorrer miles de pantallas, mientras la verdad tarda horas o días en abrirse paso. Para entonces, el daño muchas veces ya está hecho.
Como administrador públicoterritorial creo firmemente que la democracia no solo se fortalece con instituciones sólidas, sino también con ciudadanos responsables. La libertad de expresión es uno de los pilares de cualquier sociedad democrática, pero jamás puede confundirse con el derecho a difamar, engañar o destruir la reputación de los demás.
En esta campaña vimos de todo. Imágenes creadas con inteligencia artificial para desacreditar a personas, publicaciones sacadas de contexto, cuentas anónimas dedicadas exclusivamente al ataque y una preocupante estrategia. Cuando aparecían hechos que debían ser explicados, la respuesta no era asumir responsabilidades, sino fabricar nuevas polémicas para desviar la atención. En otras palabras, responder al error con más desinformación.
Ese no puede ser el camino de nuestra amada Tunja y sus liderazgos; nuestra ciudad necesita discutir cómo generar empleo, cómo recuperar la confianza en las instituciones, cómo fortalecer el campo, cómo mejorar la movilidad, la seguridad y la calidad de vida. Sin embargo, demasiadas veces terminamos atrapados en una guerra de publicaciones cuyo único propósito es dividir, desinformar y alimentar el odio.
Las redes sociales son una herramienta extraordinaria. Han permitido acercar a los ciudadanos con sus gobernantes, denunciar hechos de corrupción, promover causas sociales y construir comunidad. El problema no son las plataformas, el problema es el uso irresponsable que hacemos de ellas cuando la ética desaparece y el anonimato se convierte en un escudo para atacar.
Aquí la pregunta más importante no es quién controla las redes sociales. La verdadera pregunta es quién controla nuestra conciencia cuando decidimos compartir una mentira, celebrar un ataque o guardar silencio frente a una injusticia.
El futuro de Tunja no se construye con cuentas falsas ni con campañas de desprestigio. Se construye con argumentos, respeto, propuestas y la capacidad de reconocer que pensar diferente nunca debe convertir al otro en un enemigo.
Sueño con una ciudad donde las diferencias políticas se resuelvan con ideas y no con insultos, donde la tecnología acerque a las personas en lugar de enfrentarlas y donde el liderazgo se mida por la capacidad de unir y no por la habilidad para destruir.
Al final de cada elección, los candidatos pasan, las campañas terminan y las publicaciones “se olvidan.” Pero la ciudad siempre permanece. Y todos, sin excepción, seguiremos compartiendo el mismo territorio, el mismo futuro y la misma responsabilidad de hacer de Tunja una ciudad más grande, más respetuosa y más humana para que siga siendo un gran paraíso.
La entrada ¿Quién controla las redes sociales cuando la verdad deja de importar? se publicó primero en Boyacá 7 Días.


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