‘Mi padre era jardinero. Ahora es jardín’

viernes 8 de mayo de 2026, 7:00 am

El sábado pasado estuve en Bogotá. Pasé el día con dos personas muy importantes para mi vida. Nos encontramos en un café en la plazoleta de la Universidad del Rosario, en el centro. Llovía. Hacía frío. Sin embargo, estar en ese lugar, abrigados por el calor del amor y de la amistad, hacía que el agua que caía desde el cielo se viera más bella. La conversación atenta, sin distracciones, sin el celular de por medio, nos permitía vernos a los ojos, escuchar y reconocer el rostro del otro en la conversación.

Después de un par de cafés y de algunos pastelitos que recuerdan las onces de la infancia, salimos del lugar. Todavía llovía. Todavía hacía frío. Caminamos hasta la calle de los libreros. Estuvimos en una librería que nos gusta: Barco de los Libros. Compramos un par. Deseamos otros.

Salimos de la librería y fuimos a caminar por San Victorino. Ese lugar comercial que a tantos les da miedo por la congestión y por las noticias que le hacen mala prensa. Los medios, que en su vocación de informar no ven, injustamente, a las innumerables personas que se levantan día a día a trabajar en un país tan desigual como Colombia, crean imágenes carentes de belleza. Compré una sombrilla en un almacén de una señora amable, dulce y capaz de la sonrisa. Después entramos a una iglesia a la que nunca habíamos entrado. Estuvimos un rato en silencio. Así contemplamos la belleza. Después caminamos. Vimos varios edificios que seguro tuvieron un gran esplendor. Aun así, siguen siendo bellos.

Caminamos, encontramos un almacén de zapatos hechos en Colombia. Conversamos con las señoras que lo atendían. Así como la señora de las sombrillas, había luz en los ojos y en la sonrisa de estas dos mujeres. Después de algunas compras, seguimos caminando. Terminamos en una casa que hace proyectos de fotografía, Material. Su director habló con apasionamiento sobre el pasado, los archivos, la belleza de reconstruir el tiempo pretérito, que siempre está abierto. Me pareció que habló del Dios de la historia que reposa en el pasado, puesto que siempre tiene algo para revelar.

Fuimos a un restaurante llamado San Miguel. Está en una casa antigua restaurada. La atención es amable, atenta; no fue invasiva ni tampoco servil. La comida era Dios: deliciosa. Escuchamos un bullerengue con atención. Después caminamos hasta la Librería Siglo. Compré un libro de Gueorgui Gospodinov, El jardinero y la muerte. Leí una frase que enseguida me cautivó: «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín».

También compré un libro de poesía. Saliendo de la librería, leí un poema de Darío Jaramillo Agudelo. Al instante, nos deslumbramos con el cielo. Quisimos capturar su belleza con una cámara. Caminamos. Más tarde nos encontramos con otros amigos. Comimos. Hablamos. Reímos. Sin embargo, cuando quisimos narrar la belleza del día, se hizo imposible. El lenguaje no es suficiente. Como seguro no lo es para el generoso lector, que puede que no comprenda por qué el día fue bello y cuál es el sentido de esta columna.

No sé si se deba a la incapacidad del lenguaje para develar lo esencial, lo íntimo, o si se debe a lo que se dice en El principito:

“A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: «¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?». Pero, en cambio, preguntan: «¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?». Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: «He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado», jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: «He visto una casa que vale cien mil pesos». Entonces exclaman entusiasmados: «¡Oh, qué preciosa es!»”.

¿Será que también nos sucede lo mismo que a los interlocutores de El principito? ¿Solo podemos inclinarnos ante la aparente belleza cuando nos dicen cifras? ¿Será que estamos tan oprimidos por la dictadura de las tendencias que se propagan en las redes sociales que solo creemos que es bello lo que se destila allí? ¿Será que estamos condenados a no levantar la cabeza de las pantallas y darnos cuenta de que en todo hay belleza? ¿O será que es imposible comunicar la belleza experimentada y solo hay que resignarse a que verdadero y esencial es incomunicable?

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