Los CEFE y el Club Comfaboy

miércoles 22 de julio de 2026, 7:00 am

Porque así como lo malo se ha de cuestionar, lo bueno siempre se debe reconocer.

Los CEFE y el Club Comfaboy son la muestra tangible de que, cuando los recursos públicos se invierten de manera eficaz y eficiente, el fin último del Estado que para mí se encuentra en llevar bienestar a la sociedad, se convierte en realidad.

Para entender lo que aquí se plantea hay que empezar por explicar qué son los CEFE o Centros Felicidad: en síntesis, son unos equipamientos públicos ubicados en Bogotá donde convergen escenarios deportivos de diversa índole sin que por ello sean un parque; escenarios culturales, sin que eso los convierta en teatros, y espacios de encuentro, sin que eso los lleve a ser espacio público en el sentido estricto de la norma. Son, a mi entender, el lugar en que se reúne toda la oferta de bienestar en un mismo sitio.

Más cercano a nosotros resulta el Club Comfaboy, un espacio que rompe la figura tradicional de centro vacacional de las cajas de compensación y que, en cambio, implanta con acierto un complejo social, cultural y deportivo en el sector económico más exclusivo de Tunja.

Ahora bien, ¿qué relación guardan el Club Comfaboy y los CEFE en especial el de la 82, emplazado en uno de los predios de mayor valor comercial de la capital entre sí? No se trata solo de que ambos se hayan instalado sobre el suelo urbano más costoso de su ciudad, ni de que los dos hayan optado por el crecimiento en altura antes que por la expansión horizontal. Se trata de que son, en el fondo, dos proyectos espejo: planificados y ejecutados, sin conciencia el uno del otro, y que sin embargo convergieron en el mismo resultado. No responden a un mismo lineamiento de diseño urbano, ni a una directriz compartida desde algún ente nacional, ni a una escuela de planificación común; responden a una misma necesidad estructural, la de concentrar bienestar sobre suelo de alto valor, donde antes solo operaba la lógica de la renta y, resolvieron esa necesidad con la misma fórmula: generar espacios de calidad, y en cantidad considerable, para la sociedad, a través del desarrollo vertical.

Lo que iguala a estos dos proyectos no es la latitud ni la escala, sino la manera en que ambos se niegan a dejarse clasificar. Colombia ha planificado sus ciudades repartiendo el bienestar en casillas separadas, un lote para el parque, otro para el teatro, otro para el polideportivo, cada una bajo su propia categoría normativa y su propio trámite. El CEFE y el Club Comfaboy renuncian a esa segregación de usos y concentran en un solo predio lo que la norma urbanística ha tratado tradicionalmente como asuntos independientes, dejando en evidencia que esa separación responde más a una convención administrativa heredada que a una exigencia real del ordenamiento territorial.

Por su parte, se ha de anotar que aquello que soporta a estos dos proyectos no es un golpe de suerte administrativa, sino una larga cadena de decisiones acertadas que pocas veces se toman juntas: proyectar a una escala que trasciende el período de quien gobierna o administra, blindar el proyecto de los recortes cuando el presupuesto aprieta, y ejecutar con la disciplina técnica que exige una obra de esa envergadura sin desviarse del diseño original. Esa cadena, en ambos casos, se sostuvo de principio a fin. Y eso hay que decirlo con nombre propio: al alcalde Peñalosa, que entendió que el urbanismo también es una forma de justicia social, y al director Garciaherreros, que amplió el mandato tradicional de Comfaboy hasta convertirlo en un actor activo del desarrollo urbano de Tunja.

Por último, esto que se dice fácil: densificar, integrar, servir a varias necesidades desde un solo edificio, y que ya tendemos a normalizar, es en realidad un cambio de paradigma que exige decidir contra la inercia de lo cómodo: que esos equipamientos merecían estar en el centro y no en el margen, y que la población con menos oportunidades económicas merecía la misma arquitectura que el barrio más próspero de la ciudad. Ese gesto, construir bienestar sin pedirle permiso a la costumbre es, al final, la única forma en que el poder termina por justificar su propia existencia.

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