
Mientras Colombia se prepara para vivir la emoción de un nuevo Mundial y la campaña presidencial entra en su recta definitiva, un inesperado protagonista se ha robado parte de la atención nacional: la camiseta de la Selección Colombia.
Lo que durante décadas ha sido un símbolo de orgullo, identidad y unión entre millones de colombianos terminó convertido en motivo de discusión jurídica y política. La pregunta que hoy divide opiniones parece sencilla: ¿puede o no puede un candidato ponerse la camiseta de la Selección durante una campaña electoral?
La camiseta pertenece a todos. Es el uniforme de una pasión colectiva que logra algo que pocas cosas consiguen en Colombia: unirnos. La usan los niños en las canchas de barrio, los trabajadores durante los partidos de la selección, los artistas en sus conciertos, los empresarios, los campesinos y los políticos.
Nadie pide permiso para vestirla porque representa un sentimiento nacional que está por encima de las diferencias. Sin embargo, la coyuntura electoral terminó elevando la casaca tricolor al centro del debate.
Y lo que algunos pretendían limitar podría terminar produciendo exactamente el efecto contrario. Porque cuando se intenta restringir un símbolo tan arraigado en la cultura popular, la reacción natural de la gente es defenderlo.
Si prospera la teoría según la cual la camiseta no puede ser utilizada porque genera una conexión emocional con los ciudadanos, entonces habría que preguntarse dónde termina esa lógica. ¿También habría que cuestionar el vallenato porque despierta sentimientos colectivos? ¿O prohibir el baile porque genera empatía con los electores? La política, al fin y al cabo, siempre ha estado acompañada de símbolos, emociones y expresiones culturales.
Mientras abogados, jueces y campañas discuten, hay un ganador silencioso que observa desde sus vitrinas: Adidas. La multinacional alemana probablemente nunca imaginó que una controversia electoral terminaría convirtiendo su producto en uno de los temas más comentados del país.
Ninguna estrategia de mercadeo, por costosa que fuera, habría logrado semejante nivel de exposición. La polémica ha colocado a la camiseta en todos los titulares, en las redes sociales, en las conversaciones familiares y en los debates políticos.
En términos publicitarios, un auténtico gol de camerino para el candidato que primero se la puso. Porque si hay algo que verdaderamente nos pertenece a todos, es precisamente esa camiseta amarilla que cada vez que juega Colombia deja de ser una prenda deportiva para convertirse en un sentimiento nacional.
La entrada La camiseta: un gol de camerino – Luis Francisco Lagos #Columnista7días se publicó primero en Boyacá 7 Días.




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