
Un país profundamente polarizado jamás puede surgir. Cuando a una sociedad deja de importarle la suerte de sus congéneres, se condena a vivir encadenada a sus propios temores, una debilidad que se hace evidente cada vez que nos medimos en el contexto internacional. Vivir de pasiones es importante para el alma de un pueblo, pero jamás será el factor determinante para su éxito.
El fútbol, ese espejo implacable de nuestra cultura, nos da constantemente una lección frontal sobre quiénes somos. Al ver a nuestra Selección, la desconexión es evidente: nos falta jerarquía. Nos amilanamos ante los rivales poderosos, no sabemos gestionar el peso de las grandes expectativas y padecemos de un crónico miedo escénico. En los momentos de máxima presión, cuando el reto exige un verdadero engranaje colectivo, la jerarquía se desvanece. La humildad debe ser nuestra constante, pero para afrontar los desafíos reales se requiere pundonor, no triunfalismos vacíos.
El ejemplo en la cancha es el síntoma perfecto de nuestra pobreza de pensamiento. Tuvimos la victoria en las manos en partidos clave, como contra Suiza, pero en oportunidades cruciales frente al arco contrario nos amilanamos.
Falta esa madurez mental que sí le sobra, por ejemplo, a un equipo argentino: una escuadra capaz de recomponerse en un duelo de muerte súbita, remontar un marcador adverso de dos a cero en solo veinte minutos y plantarle cara al destino. Este fenómeno deportivo no es una casualidad aislada, es el producto directo de nuestra estructura social. Nos decimos capitalistas, pero en la práctica operamos bajo un sistema diseñado solo para beneficio de los poderosos. Hemos normalizado una selva donde el pez grande se come al chico, sin importar el parentesco ni la empatía. En una sociedad así, el individualismo es rey: «lo importante soy yo, no importa cómo le vaya al vecino o a mi propio familiar». Trasladamos ese egoísmo a la política, donde familias enteras votan con el único fin de destripar a quien no se alinea con sus ideas.
Por eso, la camiseta de la Selección nacional es, por definición, ecuménica. Representa el único espacio sagrado donde las diferencias ideológicas, sociales y económicas se disuelven bajo un mismo color. Resulta inaceptable e instrumental que esta indumentaria se convierta en el logotipo o el vehículo de una campaña política. Cuando el uniforme que debe hermanar a un país se utiliza para profundizar la brecha de la polarización, se desvirtúa su esencia y se traiciona a la afición. La Selección debe mantenerse firme en su naturaleza: no elitista, no partidista y no arribista.
En este contexto es necesario señalar con tono crítico la postura de aquellos jugadores que deciden utilizar la plataforma del equipo para hacer política. Exhibir señas, gestos o consignas asociadas a un partido o movimiento específico dentro de los espacios de la Selección es una irresponsabilidad. Los futbolistas son referentes sociales que representan a toda la nación, no a una militancia. Al tomar partido de forma abierta en escenarios oficiales fracturan la identidad colectiva y transforman un símbolo de unión en un factor de discordia.
Esta falta de altura institucional y madurez ciudadana se vio reflejada de manera lamentable en la despedida oficial del equipo, donde la hija del presidente fue víctima de desdén y desprecio por parte de uno de los integrantes del plantel. Un acto de esta naturaleza no solo vulnera el protocolo, sino que atenta contra los valores mínimos de respeto y empatía hacia cualquier compatriota, más aún tratándose de una joven en un evento institucional.
El desprecio hacia el otro, motivado por el sectarismo político, deja una mancha oscura en la delegación. La historia y la vida misma demuestran que las acciones colectivas e individuales tienen consecuencias directas: el karma, entendido como esa justicia natural del destino, suele devolver el reflejo de la soberbia y el desprecio con el que se actúa.
Un país fracturado por el arribismo y el egoísmo no puede pretender ganar un mundial de fútbol. No se puede construir un equipo solidario en la cancha cuando se vive en una cultura del descarte fuera de ella. La Selección no puede ser una parcela excluyente, debe pertenecerle a todos. Si queremos que nuestros deportistas muestren jerarquía ante el mundo, primero debemos construir esa jerarquía moral como ciudadanos, exigiendo neutralidad a nuestros deportistas en su rol oficial y aprendiendo a jugar en equipo por el bien común.
La entrada El reflejo de la cancha: por qué la falta de jerarquía social nos impide avanzar – #ColumnistaInvitado se publicó primero en Boyacá 7 Días.




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