
Las elecciones terminaron. Las urnas hablaron. Habrá ganadores y perdedores. Habrá celebraciones en unos sectores y frustraciones en otros. Pero más allá del resultado, hay una realidad que debería preocuparnos a todos: la profunda fractura que atraviesa a la sociedad colombiana.
Durante meses hemos visto cómo la discusión pública se transformó en una disputa entre bandos irreconciliables. Para muchos, ya no se trata de debatir ideas o propuestas, sino de derrotar al adversario. La política dejó de ser un espacio para construir acuerdos y se convirtió en una especie de competencia donde el éxito propio parece depender del fracaso del otro.
Sin embargo, una vez cerradas las urnas, Colombia sigue siendo la misma. Los problemas continúan ahí. La inseguridad no desaparece porque gane un candidato. La pobreza no se resuelve porque pierda otro. Las dificultades del sistema de salud, los desafíos de la educación, la desigualdad territorial, la crisis de confianza en las instituciones y las brechas de acceso a la justicia seguirán presentes mañana, independientemente del nombre del presidente electo.
Por eso, quizás el principal llamado que deja esta jornada electoral no es para los dirigentes políticos, sino para la ciudadanía.
Necesitamos volver a entender que una democracia no funciona cuando los ciudadanos se comportan como hinchas. Un país no se construye desde la lógica del fanatismo político, donde cualquier crítica al propio sector es una traición y cualquier propuesta del contrario es automáticamente rechazada. Las naciones avanzan cuando sus ciudadanos son capaces de reconocer que nadie posee toda la verdad y que los grandes desafíos colectivos exigen esfuerzos compartidos.
Si quienes apoyan a Abelardo consideran que el país debe avanzar únicamente bajo su visión y quienes respaldan a Cepeda creen exactamente lo mismo desde la orilla opuesta, Colombia seguirá atrapada en un círculo de confrontación permanente. Y en medio de esa disputa, los problemas reales de la gente quedarán relegados a un segundo plano.
La historia demuestra que las sociedades más exitosas no son aquellas donde todos piensan igual. Son aquellas donde las diferencias pueden coexistir dentro de unas reglas comunes y donde existe la voluntad de construir sobre aquello que une, sin desconocer lo que divide.
Hoy necesitamos recordar algo elemental: antes que seguidores de un político, somos ciudadanos de un mismo país. Compartimos las mismas carreteras, las mismas ciudades, los mismos problemas y, sobre todo, el mismo futuro. El resultado electoral podrá definir quién gobierna, pero no determina por sí solo el rumbo de Colombia. Ese rumbo también depende de nuestra capacidad para dialogar, cooperar y asumir responsabilidades colectivas.
Es comprensible que existan temores, expectativas y desacuerdos. La democracia implica precisamente la coexistencia de proyectos distintos. Pero una cosa es la diferencia política y otra muy distinta es la ruptura social. Cuando dejamos de ver al otro como un compatriota y comenzamos a verlo como un enemigo, la democracia empieza a deteriorarse.
Colombia necesita menos culto a la personalidad y más compromiso con el interés general. Menos defensa incondicional de líderes políticos y más exigencia ciudadana frente a sus resultados. Los presidentes pasan. Los congresistas pasan. Los partidos cambian. El país permanece.
Dentro de algunos años, los nombres que hoy dominan los titulares serán reemplazados por otros. Lo que permanecerá será la calidad de nuestras instituciones, la fortaleza de nuestra democracia y la capacidad de nuestra sociedad para convivir en medio de las diferencias.
Por eso, después de las elecciones, el verdadero desafío no consiste en demostrar quién tenía razón. Consiste en preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para que Colombia sea un mejor país para todos.
Porque si cada sector decide marchar por su cuenta, defendiendo únicamente sus propias certezas y descalificando a quienes piensan distinto, no construiremos nada duradero. Pero si somos capaces de reconocernos como parte de un proyecto común llamado Colombia, entonces las diferencias dejarán de ser una amenaza y podrán convertirse en una fortaleza.
Las elecciones terminaron. Ahora es momento de empezar a construir país. Juntos. Porque el futuro de Colombia es demasiado importante para dejarlo reducido a la suerte de un solo político o de una sola ideología. El futuro de Colombia nos pertenece a todos.
La entrada Ni de Abelardo ni de Cepeda: Colombia es de todos se publicó primero en Boyacá 7 Días.











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