
En tiempos de polarización, insulto y consignas vacías, Colombia necesita volver a escuchar ideas. No gritos. No campañas construidas desde la descalificación permanente o el cálculo emocional de las redes sociales. Ideas. Argumentos. Visiones de país capaces de sostenerse frente a la ciudadanía. Por eso resulta tan importante la propuesta de realizar una Gran Cumbre por la Constitucionalidad y la Democracia para la Paz, un espacio donde quienes aspiran a gobernar Colombia deban sentarse a hablar, con rigor y de cara al país, sobre la Constitución, la democracia y el futuro nacional.
La democracia no puede reducirse a marchas, convocatorias a plaza pública, entrevistas cómodas o mensajes de 30 segundos en redes sociales. Los candidatos deben debatir, confrontar ideas y comunicarse no únicamente a través de plataformas controladas, están enviando un mensaje preocupante: el poder importa más que la deliberación pública. Y una democracia sin deliberación comienza lentamente a vaciarse.
Colombia conoce demasiado bien los costos de la ruptura del diálogo. Nuestra historia política ha estado atravesada por guerras civiles, exclusiones, violencias partidistas y conflictos armados nacidos, precisamente, de la incapacidad de construir consensos democráticos.
No es casual que la Constitución de 1991 surgiera en medio de uno de los periodos más oscuros del país, marcado por el narcotráfico, la confrontación armada y la profunda fractura social. Su mayor apuesta fue precisamente abrir espacios, ampliar derechos y reconocer que la democracia debía construirse escuchando múltiples voces. Por eso tiene enorme valor simbólico y político que una cumbre de esta naturaleza convoque a los presidenciables a reflexionar sobre los principios fundamentales de la Constitución y no únicamente sobre cálculos electorales. Obligar a los aspirantes a exponer académicamente sus ideas frente a la sociedad civil significa devolverle profundidad al debate público en una época donde parece premiarse más la agresividad que el pensamiento.
Resulta inquietante que algunos sectores políticos prefieran evitar estos escenarios. La negativa a asistir a debates no es una simple estrategia de campaña: es también una señal de cómo se entiende el ejercicio del poder. Quien no acepta preguntas incómodas en campaña difícilmente aceptará controles democráticos cuando gobierne. Quien evade la confrontación de argumentos termina reemplazando el diálogo por la propaganda. La democracia colombiana necesita menos monólogos y más conversación nacional. Necesita candidatos capaces de escuchar a las regiones, a las víctimas, a los jóvenes, a los empresarios, a las comunidades étnicas y a quienes piensan distinto. Porque gobernar un país fragmentado exige precisamente eso: capacidad de escuchar incluso aquello que incomoda.
La propuesta de cerrar esta cumbre con un acto de reconciliación entre antiguos actores armados también tiene una fuerza profundamente pedagógica. Recordarle al país que incluso quienes estuvieron enfrentados pudieron sentarse a dialogar debería ser suficiente para exigirles a quienes aspiran a la Presidencia que hagan lo mismo. Si Colombia ha sido capaz de construir conversaciones en medio de la guerra, no puede aceptar que sus dirigentes le teman al debate democrático.
Hoy más que nunca el país necesita recuperar el valor de la palabra pública. La democracia no se fortalece cuando los candidatos se esconden; se fortalece cuando comparecen, argumentan, contradicen y son contradichos. Porque el debate no debilita la democracia: la sostiene. Y quizás esa sea la pregunta de fondo que Colombia debe hacerse de cara al próximo proceso electoral: ¿queremos líderes que hablen únicamente para sus seguidores o dirigentes capaces de hablarle al país entero?
La entrada Cuando los candidatos callan, la democracia pierde la voz se publicó primero en Boyacá 7 Días.

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