Lejos de ser una simple confusión entre colores, existe una condición relacionada con el funcionamiento de los conos en la retina.

La forma en la que percibimos el color no es igual para todos. Aunque durante años se ha utilizado el término ‘daltonismo’ para describir las dificultades al diferenciar ciertos tonos, en realidad se trata de una condición más amplia conocida como anomalía en la visión del color o discromatopsia, que responde a cómo el ojo procesa la luz y traduce lo que vemos.
“Lejos de ser una simple confusión entre colores, esta condición está relacionada con el funcionamiento de los conos en la retina, células encargadas de captar distintas longitudes de onda asociadas principalmente al rojo, verde y azul. Cuando alguno de estos fotorreceptores presenta una alteración o funciona de forma irregular, la percepción del color cambia, afectando no solo tonos específicos, sino también sus combinaciones y matices, transformando la imagen que recibimos del mundo”, explica Luz Martínez, neurooftalmóloga adscrita a Colsanitas.
Las anomalías en la visión del color pueden ser congénitas o adquiridas. En muchos casos, las personas nacen con una predisposición genética que se manifiesta con el tiempo; en otros, la alteración puede estar asociada a condiciones que afectan la retina, como el glaucoma u otras enfermedades neurológicas. Las características genéticas para desarrollar una discromatopsia frecuentemente vienen con la persona, pero comienzan a manifestarse en la medida que crece.
Para este diagnóstico existen herramientas clínicas especializadas que permiten identificar estas alteraciones:
- El test de Ishihara: Una prueba que utiliza patrones de puntos de colores para evaluar la capacidad de distinguir cifras o formas. Su precisión depende de la calidad del formato y las condiciones de luz, por lo que suele recomendarse en versión impresa.
- El test de Farnsworth-Munsell: consiste en ordenar secuencias de colores según su tonalidad. Este método permite observar cómo cada persona percibe y organiza los colores sin la presión de responder de forma inmediata.
“Desde el punto de vista clínico, existen distintos tipos de discromatopsia, que pueden ser totales o parciales. Las formas más conocidas incluyen la protanopía, deuteranopía y tritanopía, asociadas a la dificultad para percibir los colores rojo, verde y azul, respectivamente. En casos más leves, se habla de anomalías, donde la percepción no desaparece por completo; y en situaciones extremas, algunas personas pueden ver únicamente en escala de grises, condición conocida como acromatopsia”, indica Karim Abello, oftalmólogo adscrito a Colsanitas.
A pesar de que no existe una cura definitiva, la tecnología actual ofrece soluciones como filtros ópticos y aplicaciones de alto contraste que actúan como puentes de accesibilidad. Estos recursos permiten identificar matices antes imperceptibles, garantizando una interacción más autónoma con el entorno.
“Antes de optar por gafas con filtros, es importante que los pacientes exploren herramientas digitales, prueben distintos contrastes y entiendan cuáles les funcionan mejor”, señala Martínez.
Más allá del diagnóstico clínico, la discromatopsia abre una reflexión sobre la manera en que entendemos la realidad. El color no es una propiedad fija de los objetos, sino el resultado de cómo la luz interactúa con el ojo y es interpretada por el cerebro. Reconocer estas diferencias permite valorar la diversidad en la percepción: ver distinto no es un error, es simplemente otra forma de interpretar la realidad.
La entrada ¿Por qué no todos vemos los colores de la misma manera? se publicó primero en Boyacá 7 Días.







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