

En todos los momentos o escenarios de interacción social, la verdadera elegancia y sobriedad de la persona se denota y se distingue por las cualidades humanas que se perciban. Existe una virtud que, por simple u obvia que resulte, nos recuerda que somos, antes que nada, seres humanos mortales y terrenales: la sencillez.
Nuestro paso por este mundo termina siendo fugaz, no es necesario tener toda la vida resuelta para aprovechar y disfrutar el presente, tan elemental resulta tener la capacidad de ser uno mismo, de renunciar al urgente y azaroso afán de las ostentaciones, de procurar una vida sencilla, no en el sentido de un mediocre conformismo o de enfocar la vida a situaciones egoístas y mínimas, sino de comprender y valorar lo que realmente importa, lo que verdaderamente nos proporciona paz y felicidad.
Entender que somos terrenales y mortales implica reconocer nuestros propios errores, así mismo, no pontificar o imponer nuestras ideas y verdades, comprender la realidad del otro con sindéresis y justa prudencia evitando juicios oprobiosos y protagonismos falaces y malhadados.
Una vida sencilla y terrenal conlleva a reconocer lo valioso que hay en las diminutas y esenciales dichas de la vida: disfrutar de un café con una agradable y positiva conversación, de un abrazo sincero, una mesa compartida, compartir momentos tranquilos con las personas que amas, de agradecer lo que hoy es perceptible y ya se tiene.
Valgan estas líneas para exaltar la sencillez como aquella virtud que nos permite valorar con igual consideración y respeto a nuestros semejantes indistintamente su posición de poder o escala social, que nos recuerda constantemente vivir con la gratitud cotidiana, con la humildad real y tangible, que más que acumular, lo genuinamente importante es conseguir la tranquilidad, asumir que ante todo, somos mortales y terrenales.
La vida plena y la grandeza humana no se miden por los éxitos materiales ni por las posiciones que el poder o la algarabía social derivan, sino por nuestras acciones, transformaciones y aportes a la sociedad demostrados a partir de nuestras virtudes y talentos innatos que nos fueron dados, solo así justificaremos nuestro paso por esta mortal y terrenal vida.
“La felicidad suprema en la vida es tener la convicción de que nos aman por lo que somos, o mejor dicho, a pesar de lo que somos”.
‘Los miserables’, Victor Hugo.
La entrada Terrenales y mortales – #ColumnistaInvitado se publicó primero en Boyacá 7 Días.


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