

Después de los hechos de ayer vuelve una pregunta inevitable: si un edificio era ‘sismorresistente’, ¿por qué sufrió tantos daños?, ¿por qué hubo víctimas?
La respuesta empieza por entender algo que en Colombia solemos confundir: sismorresistente no es lo mismo que antisísmico.
La NSR-10 establece las condiciones bajo las cuales construimos edificaciones sismorresistentes. Su propósito esencial es proteger la vida y evitar un colapso súbito ante un terremoto. El acero aporta ductilidad y resistencia a los esfuerzos de tracción, mientras el concreto trabaja principalmente a compresión. Dicho de una manera que cualquiera pueda entender: la estructura debe tener capacidad de “ir y venir”, deformarse y resistir el movimiento sin venirse abajo mientras las personas pueden evacuar.
Pero eso no significa que después del terremoto el edificio quede intacto, ni necesariamente en condiciones de seguir siendo utilizado. Y ahí empieza una discusión que Colombia lleva demasiado tiempo aplazando.
Desde CamAcero hemos advertido, entre otros, dos problemas que consideramos críticos.
El primero es el acero de refuerzo comercializado en milímetros y ofrecido como equivalente de referencias especificadas en pulgadas. Puede parecer una diferencia insignificante, pero no lo es. Una reducción en el diámetro significa menos área efectiva de acero y, multiplicada por toneladas de material dentro de una construcción, puede convertirse en una diferencia importante.
No podemos permitir que constructores inescrupulosos jueguen con esas equivalencias para entregar menos acero del especificado. Una cosa es ahorrar en una obra y otra muy distinta ahorrar comprometiendo su seguridad.
El segundo problema está a la vista después de cada terremoto: un edificio no necesita colapsar para causar muertos y heridos. Ladrillos, bloques, muros, fachadas y otros elementos no estructurales pueden desprenderse y convertirse en un peligro. Por eso debemos revisar seriamente el uso de mamposterías sin sistemas adecuados de confinamiento y anclaje, y avanzar hacia materiales más livianos y seguros.
Ahora bien, si queremos hablar de acercarnos a edificaciones verdaderamente antisísmicas, tenemos que subir el nivel de la conversación.
Países como Japón utilizan tecnologías de aislamiento sísmico que permiten desacoplar parcialmente la estructura del movimiento de la cimentación. En palabras sencillas: mientras el suelo se mueve, los aisladores reducen la cantidad de ese movimiento que llega al edificio. El resultado puede ser considerablemente menos daño y una mayor continuidad de funcionamiento después del terremoto.
Colombia está en mora de dar ese salto.
Desde Colombia 2050 creemos que pensar el país a veinticuatro años también significa anticiparnos a estos riesgos. No podemos construir las ciudades del 2050 con estándares que simplemente aceptemos por costumbre; debemos incorporar desde hoy la tecnología, los materiales y la ingeniería capaces de hacerlas más seguras.
Por eso hemos planteado la necesidad de actualizar la NSR-10, cerrar los vacíos alrededor de la comercialización y equivalencia dimensional del acero de refuerzo, revisar los sistemas constructivos cuyos elementos puedan desprenderse durante un sismo e incorporar progresivamente el aislamiento sísmico, empezando por hospitales, colegios, edificaciones públicas y construcciones esenciales.
No podemos seguir construyendo hoy exactamente como construíamos hace décadas mientras la ingeniería, los materiales y la tecnología avanzan en el mundo.
Construir sismorresistente busca que sobrevivamos al terremoto. El desafío ahora es construir para que nuestras ciudades también puedan funcionar al día siguiente.
La entrada ¡Sismorresistente no es antisísmico! se publicó primero en Boyacá 7 Días.











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