Sandra Ortiz y la decepción de quienes parecían distintos – Cristian Morales Reyes #ColumnistaInvitado

domingo 26 de abril de 2026, 7:00 am

Lo más doloroso del caso de Sandra Ortiz no es únicamente la investigación que hoy pesa sobre su nombre. En Colombia, lamentablemente, los escándalos de corrupción dejaron hace tiempo de ser una novedad. Lo verdaderamente indignante es que se trata de una figura política que, al menos en apariencia, proyectaba una imagen distinta: la de una dirigente seria, cercana a las regiones y con una trayectoria que para muchos transmitía sensatez y decencia en medio de un escenario público cada vez más desgastado.

Sandra Ortiz no encarnaba el estereotipo tradicional del político estridente ni del operador cuestionado desde el primer día. Por el contrario, para muchos representaba esa clase de liderazgo que parecía haber entendido el cansancio ciudadano frente a la vieja política. Precisamente por eso el golpe es mayor. Porque cuando alguien que parecía actuar con corrección termina señalada de participar en una presunta red de corrupción, la sensación que queda no es solo de escándalo: es de profunda decepción.

Y esa es quizás la parte más amarga de este episodio. La corrupción en Colombia ya no distingue ideologías, territorios ni colores políticos. Se instala con la misma facilidad en gobiernos de izquierda o de derecha, en el poder central o en las administraciones regionales, en partidos tradicionales o en movimientos que nacieron prometiendo renovación. Cambian los discursos, cambian las banderas, cambian los rostros, pero en demasiados casos las prácticas siguen siendo las mismas.

El caso de Sandra Ortiz vuelve a demostrar que algunos dirigentes no traicionan únicamente una función pública; traicionan una expectativa ciudadana. Porque el problema no es solo el posible delito. El problema es la frustración que producen aquellos personajes que construyen una imagen de rectitud mientras, según lo que hoy se investiga, terminan participando en aquello mismo que durante años dijeron representar de manera diferente.

Lo que genera rechazo no es únicamente la corrupción como fenómeno estructural —que ya de por sí produce cansancio social— sino la figura de quienes logran esconderse detrás de una apariencia de integridad para luego terminar confundidos entre las mismas redes de poder que han deteriorado la confianza en las instituciones. Son precisamente esos personajes los que provocan un repudio más profundo, porque no solo comprometen recursos o decisiones públicas: erosionan la poca fe que todavía muchos ciudadanos conservan en la política.

Sandra Ortiz todavía tendrá que responder ante la justicia, y será allí donde se definan responsabilidades penales. Pero en el terreno de la opinión pública hay algo que ya resulta evidente: cuando quienes parecían decentes terminan vinculados a los viejos esquemas de corrupción, el daño que dejan va mucho más allá de un expediente judicial. Lo que dejan es una nueva razón para que la ciudadanía mire la política con desencanto.

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