Retornando a casa

martes 24 de febrero de 2026, 7:00 am

Fray Ricardo Ernesto Torres

Dicen que los seres humanos somos como los elefantes: retornamos a los lugares donde hemos sido felices. Soy un tunjano nacido en el antiguo Hospital San Rafael, criado a una cuadra de la Pila Salada, a una cuadra de la Casa del Arroz, justo en la Calle del Cura.

Egresado del INEM Carlos Arturo Torres y con un paso fugaz por la insigne UPTC, a los 16 años salí de mi ciudad para iniciar un proceso de formación con la Orden de Predicadores, más conocidos como los dominicos.

Desde ese año en que tomé la radical decisión, nunca volví a vivir en mi ciudad, aunque siempre he tenido otras formas de retornar: la familia, los días de elecciones, los amigos, los libros, el FIC y ahora este periódico que me abre sus páginas para ejercer el derecho y el deber de la palabra.

Como se trata de mi primera columna, con profundo sentido de responsabilidad, tocaré muchos temas, todos ellos de carácter político y social.

Sin tibieza y con firmeza lo asumo y, como buen tunjano, dando carácter poético a este ejercicio: Lo bello de la poesía es que nunca hay productos terminados. Lo bello de la literatura es que cuando se finaliza, siempre el escritor nos deja con la sensación de que algo hizo falta.

En la literatura, como en la vida, vale la pena ir hacia el final para entender que también vale la pena ir por más. Así será esta columna: reclamará del lector algo más y siempre dejará algo pendiente.

Pero tranquilos, les aseguro que siempre iremos por más. Me permitiré hablar siempre de nuestro departamento que no puede seguir reducido a la nostalgia de su historia ni al silencio cómodo frente a sus problemas.

No basta con enorgullecernos de ser boyacenses si nuestra gente no encuentra mejores condiciones de vida. No basta con hablar de tradición si descuidamos lo público. No basta con celebrar el pasado si no somos capaces de planear el futuro.

Retornar de esta manera a mi tierra tiene un encanto sin igual: no escondido como los tesoros tunjanos, sino renovador para quien, desde este lugar, puede hablarles a sus paisanos. Me siento como aquel Aureliano que, al acabar de descifrar los pergaminos, comprendió que “todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”, dispuesto a movilizar la opinión de ustedes, generosos lectores, que bajo un lente crítico verán estas letras, semana tras semana, en el encantador papel de la imprenta que por años estuvo cerrada y que ahora, con valentía de gladiador el periódico pone en nuestras manos para compartir la palabra.

“Escribimos para no tener que corregir más”, decía Borges. Escribimos para no morir como aquel coronel que esperaba la pensión que nunca llegó. Escribimos para retornar a casa, hablarles a los nuestros, sentirnos a gusto con nuestras formas y nuestras tradiciones, siempre puestos en el mismo lugar de la cocina donde se toma el tinto en medio de la familia, “en la tierrita”, esa que siempre nos convoca y por la que siempre buscamos para volver.

Escribimos para dejar constancia. Escribimos para que no se normalice lo que está mal. Escribimos para que la memoria no sea selectiva. Escribimos para retornar a casa y mirarnos de frente como comunidad.

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