
Siempre he creído que la música es una de las manifestaciones más expresivas, sensibles y profundas del ser humano. Está presente cuando nos detenemos a escucharla y contemplarla, pero también cuando la interpretamos, ya sea a través de un instrumento o de la voz. En ella confluyen, de manera simultánea, procesos cognitivos, corporales y emocionales; incluso, ha demostrado ser una valiosa herramienta terapéutica y de rehabilitación. De ahí la importancia de incorporarla a los contextos educativos, donde favorece el desarrollo de la memoria, fortalece las habilidades sociales y cultiva la sensibilidad artística.
Hace aproximadamente una semana orienté unos talleres de apreciación musical dirigidos a profesores de diferentes áreas del conocimiento. Con gran satisfacción vi cómo se inscribieron arquitectos, ingenieros, licenciados en idiomas, administradores de empresas y humanistas. Todos llegaron con una disposición abierta y entusiasta para participar en las actividades, demostrando que la música no pertenece exclusivamente a quienes la estudian, sino a todo aquel que esté dispuesto a sentirla.
Cada sesión fue concebida como un espacio de encuentro, creación y respiro frente a la intensa carga académica que, con frecuencia, acompaña el ejercicio docente. Poco a poco, esos talleres dejaron de ser únicamente espacios de formación para convertirse en escenarios de expresión, diálogo y memoria. La música nos condujo a lugares que ya no existen físicamente, pero que permanecen intactos en nuestro recuerdo. Nos llevó de regreso a la infancia, a la juventud, a los encuentros familiares y a las conversaciones con los amigos. Bastó una melodía para despertar aromas, colores, paisajes e incluso sabores que parecían olvidados. Cada canción abrió una puerta distinta hacia la historia personal de quienes la escuchaban, recordándonos quiénes fuimos y, en buena medida, quiénes seguimos siendo.
La música acompaña los momentos más significativos de nuestra existencia. Está presente en la canción de cuna que una madre entona para arrullar a su hijo; en la celebración de un grado, en la despedida del colegio o de la universidad, en los viajes, en los encuentros, en las fiestas y también en los duelos más dolorosos. Sin darnos cuenta, cada etapa de nuestra vida posee una banda sonora propia. Sin embargo, inmersos en la rutina y en la inmediatez, pocas veces nos detenemos a escuchar esa música interior que nos conecta con nuestra historia y nos devuelve la capacidad de asombro. Quizá por ello olvidamos valorar aquello que alimenta nuestra sensibilidad y nos recuerda nuestra condición profundamente humana.
En una de las actividades propuse a los participantes reflexionar sobre su papel como docentes y sobre las posibilidades que ofrece la música como estrategia pedagógica. Las conversaciones fueron reveladoras. Surgieron propuestas para incorporarla en diversas asignaturas, no como un simple recurso lúdico, sino como una metodología capaz de estimular el pensamiento, fortalecer las relaciones humanas, favorecer la creatividad y contribuir al desarrollo de competencias cognitivas, sociales y emocionales en los estudiantes.
El cierre de los talleres fue, sin duda, uno de los momentos más memorables. Los profesores aceptaron el reto de crear una canción colectiva. Algunos tomaron instrumentos musicales; otros escribieron la letra, imaginaron la melodía o se animaron a cantar. Poco importó si tenían o no formación musical. Lo verdaderamente significativo fue que dejaron de lado los prejuicios, el miedo al ridículo y la necesidad de hacerlo todo perfectamente. Se permitieron jugar, crear y confiar en una sensibilidad que, muchas veces, permanece dormida bajo las exigencias de la vida profesional.
Aquella experiencia me confirmó que la música no solo se escucha: también nos escucha a nosotros. Nos revela aquello que las palabras, en ocasiones, no alcanzan a expresar y nos recuerda que la educación no puede limitarse a la transmisión de contenidos. Educar también significa despertar la sensibilidad, cultivar la imaginación y ofrecer espacios donde las personas puedan reconocerse a sí mismas y a los demás desde la emoción y la creatividad. En tiempos marcados por la prisa, la productividad y el individualismo, quizá una de las formas más profundas de resistencia sea volver a cantar, volver a escuchar y permitir que la música nos recuerde que antes de ser profesionales, docentes o investigadores, somos seres humanos capaces de conmovernos, crear y transformar el mundo desde la belleza.
La entrada Música: la sinfonía interdisciplinar que crea se publicó primero en Boyacá 7 Días.


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