Los sesgos narrativos como perpetuadores de la violencia y el atraso en Colombia – #ColumnistaInvitado

domingo 21 de junio de 2026, 9:00 am

A propósito de la retórica y los discursos a los que hemos estado expuestos los colombianos durante los últimos meses, por cuenta de las campañas políticas para las elecciones presidenciales, resulta importante poner de presente, que a pesar de encontrarnos en el primer cuarto del siglo XXI, todavía subsisten una serie de narrativas (sesgadas) que mantienen dividida a la nación colombiana, generando entre otros, odio, polarización y conflictos sociales, cuyas consecuencias, en algunos casos han sido fatales como el magnicidio de Miguel Uribe Turbay, y demuestran que además de perpetuar la violencia en nuestra patria, serían las responsables del atraso de la misma.

Por tal razón, conviene tratar de responder la pregunta: ¿sí vale la pena seguir alimentando las narrativas que nos dividen como nación y que solo nos han dejado años de atraso económico, social y cultural?

Al respecto comenzaremos por mencionar que este escrito no pretende – como hasta ahora se ha hecho – seguir “echándole la culpa de nuestros males al resto del mundo”, sino por el contrario, busca clarificar las causas por las cuales los colombianos seguimos empecinados en NO ser artífices de nuestro propio destino.

Como lo propone Zunzunegui (2025) “Las falsificaciones hechas desde el poder son la columna vertebral de las narrativas históricas, sobre todo si dichas falacias fueron parte de una guerra que ha sido ganada

Y en el caso colombiano tal afirmación no podría ser más exacta (nos caería como anillo al dedo), ya que, en los últimos años Colombia ha pasado por una suerte de “revolución social” marcada por la anarquía y la violencia, basada, según sus incitadores en una supuesta “deuda histórica” que tendrían las “elites” con ciertos grupos de la población, y quienes (según ellos mismos) son los verdaderos habitantes y dueños de la tierra de las Américas.

De esto, surge la pregunta: ¿de dónde nace la narrativa de la deuda histórica?, ante lo cual, el mismo Zunzunegui (2025) menciona que: “Nos comenzaron a contar muchas historias terribles y en algún momento empezamos a creerlas” (Ibidem).

Nos han contado sobre el “exterminio de los pueblos indígenas” en Colombia y sobre el eterno daño y abuso que ha hecho la “oligarquía” a la clase trabajadora. Por cuenta de esas narrativas (de por sí imbuidas por agentes externos) hemos llegado a odiar “profundamente lo que somos” a tal punto, que se han desencadenado acciones (la mayoría ilegales) donde grupos “minoritarios” de personas que se autodenominan “defensores de derechos humanos” y otros que se autoproclaman representantes de comunidades vulnerables, tales como: indígenas, afrocolombianos, campesinos y víctimas de la violencia, han destruido monumentos y propiedad pública, han violado el derecho a la libre movilidad de miles de colombianos, han puesto en riesgo la seguridad alimentaria, la salud, la seguridad física y la vida de niños, jóvenes, mujeres, ancianos y de la población en general, y han llevado a cabo toda serie de actos en contra de la voluntad de millones de colombianos (que presencian inermes sus abusos), para supuestamente reivindicar sus luchas y resarcir en cierto grado el daño que han sufrido.

Algunos dirán que no son falsas narrativas sino verdades de a puño, ya que la evidencia así lo demuestra, y tal vez tengan razón en cierta medida, porque hay hechos que a todas luces son prueba de lo que podría ser la máxima demostración de la crueldad humana. No obstante, y para ser justos con la historia, cabe la pregunta: ¿sí las dimensiones que le hemos dado a las narrativas (que cuentan la historia desde la orilla oscura y amarillista) son las correctas?, o si por el contrario “la propaganda y desinformación” nos han llevado a caer presos de “la batalla cultural” propuesta por Gramsci, en la cual, “quien controla el relato cultural, controla la dirección de la sociedad”.

También podríamos estar bajo el influjo de las ideas de hombres que arrogándose “misiones divinas” construyeron su propia versión de la historia “para suplantar el poder de la ley por la voluntad del gobernante” (Gaona, 2026).

Tal parece que las narrativas son las encargadas y responsables de perpetuar la violencia en nuestra querida patria, ya que, tras más de dos siglos de lo que ha sido catalogado como “la conquista”, los pueblos de las Américas (entre ellos el colombiano) siguen divididos y odiándose unos a otros, en una batalla sin fin por dominar al otro, ya sea por sus raíces, color, genero, raza, religión, tendencia sexual, nacionalidad, ideología o afinidad política, entre otros.

Al parecer “la independencia y la ilustración” le dejaron a Hispanoamérica una narrativa errada de lo que sucedió “un día después de la conquista”, y ese sesgo narrativo ha ganado más terreno del que se cree, en la mente de los habitantes del “Nuevo Mundo”; a tal punto que “el pensamiento crítico” más que progreso ha desatado una violencia interminable, por lo menos en la nación colombiana.

Yunis (2009) señala que las endogamias culturales y geográficas serían las responsables del comportamiento de los colombianos y que a través de los tiempos se acuñó el comportamiento “ladino” en los habitantes de este país debido a dinámicas propias del acontecer histórico por el que atravesaron, entre las que se encontraban una serie de comportamientos (antiéticos) heredados de los mismos colonizadores (españoles), sus hijos (los criollos) y los hijos de la mezcla de la sangre negra, indígena y caucásica (mestizos).

A lo largo de la historia hemos visto en Hispanoamérica, y particularmente en Colombia, cómo nacen y se construyen hombres que han querido “reemplazar la ley por su voluntad” y para ello han acudido a la tergiversación de la historia y de los problemas sociales para tratar de alcanzar “el poder absoluto” mediante el favor de la democracia reinante. En ese camino han usado “todas las formas de lucha”, estrategias y las más bajas acciones a las que un ser humano podría recurrir, para hacer creer a sus conciudadanos (el pueblo) que ellos son la máxima fuente de sabiduría, conocimiento y entendimiento, y la única y superior solución a los problemas que ellos mismos crearon.

Entonces, y a sabiendas que las narrativas a las que hemos estado expuestos desde la misma concepción de la república podrían no ser las correctas, sino construcciones de actores externos y de algunos hombres que bien podrían estar alienados, valdría la pena preguntarse: ¿sí debemos seguir acogiendo las narrativas que nos dividen como nación, o si de una vez por todas, comenzamos a pensar por sí mismos y a construir las narrativas reales y verdaderas que podrían unirnos en torno a un solo fin?

La respuesta (concienzuda) a esta clase de preguntas podría determinar el porvenir de la nación colombiana, ya que seguir tratando de implementar y adoptar modelos e ideologías externas pueden llevarnos a perpetuar los conflictos sociales en nuestro país y por esa vía a condenar a las nuevas generaciones a vivir en un país en eterna división, sin identidad, filosofía y objetivos propios. Una nación sin ideales y amor por su patria solo seguirá engendrando y criando hijos desprovistos de carácter propio que serán presas fáciles de los sesgos narrativos inventados por propios o extranjeros.

Referencias:

Zunzunegui, J. (2025). Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América. Editorial La esfera de los libros S.L.

Yunis, E. (2013). ¿Por qué somos así?: ¿Qué pasó en Colombia? Análisis del mestizaje. Editorial Temis S.A.

Gahona, M. (2026). La Constitución Soy Yo. Cuando la norma es el arma que desmantela la democracia. Una advertencia histórica. Editorial Planeta Colombiana S.A.

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