
Por qué el voto confesional prefiere pactar con la corrupción estructural antes que enfrentar sus propias contradicciones éticas y familiares.
El cristianismo primitivo nació como un movimiento comunitario y horizontal que desafió el orden opresor de Roma mediante un pacifismo radical y la entrega de sus bienes a los desposeídos. En contraste, la estructura eclesiástica contemporánea en Colombia evidencia una fractura ética insalvable: el creyente actual utiliza la fe como insignia moral, pero sus decisiones en las urnas respaldan las agendas de clanes políticos hereditarios y élites tradicionales.
Paradójicamente, los sectores populares colombianos que más padecen la desigualdad y el abandono estatal son los que con mayor fervor validan en las urnas a las dinastías clientelistas regionales. Este fenómeno se sostiene gracias a megaiglesias y algunos liderazgos pastorales que actúan como operadores políticos, instrumentalizando el púlpito para sacralizar la precariedad. Se le enseña al creyente vulnerable a aceptar la opresión social con resignación celestial, mientras se le induce a votar por candidatos multimillonarios bajo la premisa de que defenderán la «reserva moral» de la nación. Las víctimas eligen así a sus propios exclusores.
Para justificar este apoyo a la ultraderecha radical, se recurre a una falsa dicotomía moral: el supuesto combate contra la «ideología de género» es bandera, ampliada desde los altares, que actúa como una perfecta cortina de humo. En la práctica, el votante prefiere tolerar la corrupción, el despojo de tierras y el saqueo del erario antes que aceptar los derechos de las minorías. Es una fe deshumanizada que prefiere a un gobernante corrupto de posición ideológica dependiendo de la circunstancia, sin importar el desfalco de la salud y la educación, siempre y cuando asista a los cultos o simulen piedad y promesa para controlar los cuerpos ajenos.
Esta rigidez electoral externa esconde, en realidad, una profunda psicología de la doble moral familiar. Aunque la Biblia recuerda que «todos pecaron y están destituidos» (Romanos 3:23), muchos hogares cristianos conviven en secreto con lo que tanto predican en contra: la homosexualidad de un hijo o un aborto silenciado —para no ir tan lejos—, el chisme, la mentira, la envidia, las peleas familiares, la infidelidad, el adulterio etc. Ante esta realidad que no pueden alinear con el dogma, su posición pública se endurece. Buscan entonces un candidato radical que actúe como espejo de sus miedos y frustraciones; una copia que diga lo que quieren escuchar. El voto se convierte en un mecanismo de expiación simbólica y perdón hipócrita: se entrega el sufragio al verdugo de los principios más elementales del cristianismo para calmar la culpa doméstica y comprar una indulgencia barata, simulando una pureza que en privado no existe.
Esta entrega de principios evoca directamente las advertencias más severas de las Escrituras. El votante contemporáneo actúa como Esaú, quien vendió su primogenitura espiritual por un plato de lentejas: «Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas… Así menospreció Esaú la primogenitura» (Génesis 25:34). Es la traición que fustigó Pablo en Romanos 2:1 al denunciar a quien juzga al otro haciendo lo mismo, y la actualización de la reprensión de Jesús en Mateo 23:24: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!», colando el mosquito de las libertades ajenas mientras tragan el camello de la corrupción de las élites. Esta mercantilización ya la advertía Jeremías 6:13 al denunciar que «desde el profeta hasta el sacerdote, todos cometen fraude», y se refrendaba en la complicidad con la injusticia que Isaías 10:1 maldecía: «¡Ay de los que dictan leyes injustas, y de los legisladores que escatiman la justicia, para quitar el derecho a los pobres!».
Esta deriva choca de frente con lo que el papa Francisco denominó el «gran protocolo» de la santidad, fundamentado en Mateo 25:35: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis…». Mientras este mandato exige compasión real hacia el excluido, las estructuras cristianas aliadas con las élites criollas promueven agendas que restringen los subsidios sociales, sabotean reformas de salud y criminalizan la protesta de los jóvenes empobrecidos. Para ellos, el pobre que pide justicia es una amenaza; para el Evangelio, es el rostro de Cristo.
El comportamiento del elector cristiano popular revela una preocupante acomodación ideológica de acuerdo a su propia conveniencia o al miedo inoculado por sus pastores. Se rasgan las vestiduras ante la diversidad del libre pensamiento, pero permanecen impasibles y cómplices frente a los contratos estatales inflados, el paramilitarismo y el hambre. Al usar el voto como escudo psicológico para limpiar culpas domésticas y perpetuar clanes mafiosos a cambio de cuotas de poder moral, las iglesias en Colombia no solo traicionan el espíritu subversivo e igualitario del cristianismo primitivo, sino que operan como el combustible espiritual indispensable para mantener encendida la maquinaria de la exclusión y la eterna desigualdad social del país.
Escribir estas líneas me obliga a hacer un doloroso mea culpa, pues pertenezco a este mismo entramado del cristianismo y sé bien que las críticas y el señalamiento por este artículo se vendrán encima con ferocidad. Es un riesgo que asumo con plena conciencia, porque considero que antes que complacer las estructuras de poder de una congregación, está mi responsabilidad ante Dios y los principios éticos intransigentes que establece la Biblia. Bien dice el adagio popular que cada pueblo se merece sus propios gobernantes, reflejo directo de sus virtudes y miserias morales. Las Escrituras nos recuerdan en Daniel 2:21 que Dios «muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes». Por algo será. Si hoy Colombia padece el yugo de liderazgos mezquinos y corruptos bendecidos desde los púlpitos, no es por un capricho divino, sino porque Dios, en su soberanía, permite que cosechemos los frutos de nuestra propia hipocresía electoral. Al final, los gobernantes que queremos son el espejo exacto de una iglesia que decidió cambiar la justicia del Reino por un plato de lentejas.
La entrada La fe, los clanes y la doble moral electoral en Colombia se publicó primero en Boyacá 7 Días.





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