La democracia también se siembra

jueves 4 de junio de 2026, 7:00 am

Hay algo inquietante en los tiempos electorales. No son solamente los discursos encendidos o las promesas repetidas hasta el cansancio. Es esa sensación de que, poco a poco, comenzamos a mirar al otro como una amenaza; el vecino que vota distinto, el campesino que reclama su tierra, la mujer que exige igualdad, el indígena que defiende el territorio o el joven que cuestiona el orden establecido dejan de ser ciudadanos para convertirse en obstáculos que deben ser corregidos, silenciados o ignorados. Y es precisamente ahí donde comienzan a germinar las semillas del autoritarismo.

La historia nos ha enseñado que el fascismo no aparece de la noche a la mañana vestido con uniformes y consignas militares. Llega paulatinamente disfrazado de soluciones populistas para problemas complejos. Se alimenta del miedo, de la frustración y del cansancio de una sociedad que empieza a creer que la democracia es demasiado lenta, demasiado permisiva o demasiado diversa.

La filósofa Hannah Arendt, una de las pensadoras que abordó las estrategias del totalitarismo, explicaba en su libro Los orígenes del totalitarismo que el terreno fértil para estos regímenes aparece cuando las personas dejan de confiar en la realidad misma. Entonces ya no importa la verdad, sino quién logra imponer su mejor versión de ella.

En Colombia, donde la democracia ha sido una conquista difícil y siempre en construcción, esta advertencia adquiere una relevancia especial, porque somos un país tejido por diferencias, que no cabe en una sola voz, una sola cultura o una sola forma de entender el mundo. Nuestra riqueza no está únicamente bajo la tierra ni en los recursos que ambicionan tantos intereses económicos; está también en la diversidad de quienes la habitan.

Está en los campesinos que cada madrugada siembran los alimentos que llegan a nuestras mesas. Está en las mujeres que han sostenido familias, comunidades y procesos sociales enteros mientras luchamos por el reconocimiento de nuestros derechos. Está en los pueblos indígenas que han protegido ecosistemas y formas de vida mucho antes de que la palabra sostenibilidad se pusiera de moda y, por supuesto, está en las comunidades afrodescendientes que han resistido a pesar de las más profundas discriminaciones que un grupo humano pueda soportar.

Sin embargo, en medio del ruido electoral, estas voces suelen quedar relegadas frente a los intereses de quienes conciben el país únicamente como un negocio. Michel Foucault señalaba que el poder se ejerce también definiendo qué voces son legítimas y cuáles pueden ser ignoradas. Cuando la política deja de escuchar a quienes históricamente han sido marginados, la democracia comienza a vaciarse desde dentro.

También resulta paradójico escuchar a quienes observan a Colombia desde lejos con desprecio o indiferencia. La crítica es un ejercicio democrático; despreciar es excluir. El desarraigo suele convertir los problemas de un país en simplezas. Pero Colombia no es simple. Es una nación compleja, contradictoria y profundamente diversa, construida por millones de personas que, a pesar de la violencia, la corrupción y las desigualdades, siguen apostando por permanecer, trabajar y transformar.

Por eso las próximas elecciones no deberían reducirse a una disputa de nombres o partidos. Son una oportunidad para preguntarnos qué país queremos cultivar. Porque la democracia se parece mucho a la tierra: no florece sola. Hay que cuidarla, protegerla de quienes quieren apropiarse de ella y sembrarla cada día con participación, diálogo y pensamiento crítico.

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