
Quiero ser franco desde el inicio: el periodismo y las opiniones no son neutrales. Siempre hay un criterio, un sesgo, una apuesta. El solo hecho de escoger unas palabras y no otras lo demuestra. Así mismo, el periodista, como todas las profesiones, tiene una función en la sociedad. Entre más consciente sea de esa función, más se acerca a lo que Antonio Gramsci llamó un intelectual orgánico.
Ahora bien, en estos días el país se siente agitado. Todo el mundo habla de política. Todos tomamos partido. La primera vuelta de las elecciones presidenciales se avecina. Aunque todas las campañas tienen algo de mezquino, creo que esta ha sido una de las más alucinantes. La razón es evidente: las emociones políticas que hoy reinan son el odio, el miedo y la estigmatización.
Sé que esto aplica para casi todos los candidatos. Sin embargo, me ha impresionado especialmente uno de los aspirantes a la Casa de Nariño: el que ha hecho de la política un show.
Me parece un exabrupto que alguien aspire a la presidencia mientras considera que la ética y el derecho no tienen nada que ver. De hecho, esa idea posibilita todo tipo de barbaridades, como las de Eichmann, el nazi encargado de coordinar el traslado de judíos hacia los campos de exterminio. Durante el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, al que Hannah Arendt asistió como reportera, el genocida insistía en que solamente estaba haciendo su trabajo, que no estaba cometiendo nada ilegal.
La filósofa entendió la trampa: este hombre había dejado de pensar por sí mismo, es decir, de cuestionarse. No era capaz de hacerse la pregunta ética por la justicia; simplemente obedecía. A eso Arendt lo llamó la banalidad del mal. El punto al que voy es que, como lo han dicho Alejandro Gaviria y Ricardo Silva Romero en su pódcast Tercera vuelta, lo que más hace un presidente es decidir. Y sus decisiones son éticas porque tienen consecuencias concretas en la vida de las personas.
Por otra parte, un candidato que subestime la inteligencia de las mujeres y su capacidad de raciocinio al afirmar que se ha ganado el voto femenino por el tamaño de su miembro viril no debería ser la cabeza del poder ejecutivo.
Además, un presidente que no entienda que el problema más grave que enfrentamos los seres humanos en el siglo XXI es el cambio climático tampoco debería ocupar ese lugar. Su función es velar por este territorio llamado Colombia, que, como lo ha dicho Wade Davis en su libro Magdalena: River of Dreams, es uno de los países más biodiversos del mundo. Creer que la economía mejora únicamente extrayendo recursos naturales al servicio del peor postor es no tener memoria. Basta recordar episodios como la explotación del caucho por parte de compañías como la Casa Arana.
Otro elemento que me parece peligroso es el uso constante de la religión. La religión y el Estado deben estar separados. Como decía Albert Camus, religión y política equivalen a inquisición. Pese a ello, el uso de la religión sigue siendo instrumental. Hace unos años, este candidato decía que era ateo; ahora busca a sectores cristianos y católicos que se dejan endulzar fácilmente el oído con la promesa de defender la familia y el discurso provida. Un discurso que, como muchos saben, suele ser hipócrita, porque quienes lo promueven realmente no tienen la vida como prioridad. Por eso son los señores de la guerra.
Por último, este personaje, oscuro en muchas de sus facetas, no entiende cómo funciona el Estado. El hecho de que sea un empresario exitoso, como muchos lo llaman, no es garantía de nada para gobernar un país. En un Estado no solo se toman decisiones económicas; también se toman decisiones profundamente complejas, con múltiples dimensiones humanas, sociales y políticas. Las ideas facilistas conducen a la barbarie. Las ideas facilistas terminan en holocaustos.
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