Es importante ser rico, pero es mucho más rico ser importante

lunes 24 de agosto de 2026, 7:00 am

Hay una frase que me ha hecho reflexionar en estos días y quienes me conocen saben que siempre les pregunto que piensan sobre ella: “Es muy importante ser rico. Pero es mucho más rico ser importante”. Parece un simple juego de palabras, pero detrás de ella hay una pregunta que vale la pena hacernos, ¿qué significa realmente tener éxito en la vida?

Vivimos en una sociedad que, muchas veces, nos enseña a medir el éxito por lo que tenemos. La casa, el carro, la cuenta bancaria, el cargo, los viajes, los reconocimientos. Y no está mal querer progresar, construir patrimonio, tener una vida digna y alcanzar tranquilidad económica. El dinero es importante. Permite oportunidades, seguridad y libertad. Negarlo sería muy ingenuo.

Pero con los años he entendido que hay una riqueza que no aparece en ningún extracto bancario.

Es la riqueza de ser importante para alguien.

Importante para una familia que encontró en nosotros un apoyo cuando más lo necesitaba. Para un amigo que recibió una palabra de aliento en el momento preciso. Para un joven que encontró un ejemplo y decidió creer en sí mismo. Para una comunidad que sintió que alguien finalmente la escuchó. Para una persona que, gracias a una decisión nuestra, tuvo una oportunidad que antes parecía imposible.

Ahí empieza otra forma de riqueza.

Porque podemos tener mucho y, al mismo tiempo, no significar nada para nadie. Podemos acumular bienes y perder afectos. Podemos alcanzar posiciones y no dejar huella. Podemos ocupar oficinas importantes y, cuando salgamos por esa puerta, descubrir que nadie recuerda nuestro nombre por lo que hicimos, sino únicamente por el cargo que tuvimos.

Y creo que esa debería ser una de las grandes preguntas de quienes aspiramos a servir desde lo público, ¿qué va a quedar de nosotros cuando termine el cargo?

Como administrador público he aprendido que administrar no consiste únicamente en manejar presupuestos, cumplir indicadores o ejecutar proyectos. Detrás de cada cifra hay una persona. Detrás de cada contrato hay una necesidad. Detrás de cada política pública hay una historia que merece ser escuchada.

Un presupuesto puede ser un número en una hoja de cálculo, pero también puede convertirse en la alimentación de un niño, en una vía que conecta una vereda, en iluminación que devuelve tranquilidad a un barrio, en una oportunidad para un emprendedor, en cultura para un joven o en dignidad para una familia.

Por eso el poder público, cuando se entiende correctamente, no debería ser un privilegio. Debería ser una responsabilidad.

El verdadero liderazgo no se demuestra por cuántas personas obedecen nuestras órdenes, sino por cuántas personas pueden avanzar gracias a nuestras decisiones.

Y aquí está, quizá, la diferencia entre tener poder y tener autoridad moral.

El poder puede conseguir que alguien nos escuche. La autoridad se construye cuando alguien decide escucharnos porque confía en nosotros. El poder puede abrir una puerta. El liderazgo consiste en abrirla también para quienes vienen detrás. El poder puede hacer que nuestro nombre aparezca en una placa. El servicio hace que nuestro nombre permanezca en la memoria de la gente.

Por eso cada vez me convence más la idea de que no deberíamos aspirar solamente a ser ricos, exitosos o importantes; deberíamos aspirar a ser útiles. Útiles para nuestra familia. Útiles para nuestra comunidad. Útiles para nuestra ciudad. Útiles para nuestro departamento y país.

Porque hay personas que pasan por la vida acumulando cosas y hay otras que pasan por la vida acumulando historias; la historia de aquel que ayudaron, de aquella puerta que abrieron, de aquel problema que resolvieron, de aquella persona a la que le devolvieron la esperanza. Y, cuando uno mira hacia atrás, quizá esa sea la verdadera medida de una vida.

No cuánto tuvimos. Sino cuánto entregamos.

No cuántas veces nos aplaudieron. Sino cuántas veces alguien pudo levantarse gracias a nuestra mano.

No cuántos cargos ocupamos. Sino cuánto bien fuimos capaces de hacer mientras los ocupamos.

La política y la administración pública necesitan recuperar precisamente esa esencia. Necesitamos entender que detrás del escritorio no hay simplemente un funcionario, hay una persona a la que la sociedad le confió temporalmente una parte de su destino.

Eso exige preparación, sí. Exige carácter, disciplina, capacidad de gestión y resultados. Pero también exige humanidad. Porque gobernar sin sensibilidad puede producir obras, pero difícilmente produce transformación. Y servir sin principios puede generar aplausos momentáneos, pero no construye confianza.

Por eso no quiero que la vida me encuentre únicamente preguntándome cuánto logré conseguir. Quiero que algún día pueda preguntarme a cuántas personas les hice la vida un poco mejor.

Tal vez entonces entienda que fui verdaderamente rico.

Porque al final de nuestros días no nos llevaremos los bienes, los cargos, los títulos ni los reconocimientos. Nos llevaremos, si acaso, la tranquilidad de haber vivido con propósito y la memoria que dejamos en quienes compartieron nuestro camino.

Así que sí, es importante ser rico. Pero hay algo mucho más grande.

Ser rico en principios, rico en gratitud, rico en amigos verdaderos, rico en propósito, rico en humanidad, rico en servicio. Y, sobre todo, ser importante en la vida de los demás, no por lo que tenemos, sino por lo que somos capaces de hacer por ellos.

Porque quizá la verdadera riqueza no consiste en llegar a un lugar donde todos nos sirvan, quizá consiste en llegar a un lugar desde donde podamos servir a todos. Y esa, para mí, sería una vida verdaderamente rica.

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