
El Concurso Departamental de Bandas, desde sus orígenes, ha sido la expresión más genuina y pacífica del anhelo de Paipa por consolidar el Concurso Nacional de Bandas, un evento que, para mí, desde la infancia, estuvo rodeado de una magia especial.
Recuerdo que, siendo niño, sabía que se acercaban días distintos. Días en los que podría ver a decenas de músicos interpretar sus instrumentos en aquel pueblo que también era el refugio de mi querida tía Julia. Mis padres nos alistaban a mis hermanas y a mí para asistir a alguna de las jornadas del concurso. Ellos preferían el primer día. Decían que era el más emocionante, porque el desfile inaugural por las calles de Paipa era sencillamente maravilloso.
Y tenían razón.
Era imposible no conmoverse al ver desfilar delegaciones provenientes de San Andrés Islas, de los Llanos Orientales, del Caribe o de la Amazonía. Cada agrupación llegaba con su acento, sus ritmos y sus colores, como si el inmenso pentagrama colombiano se hubiera dado cita en Boyacá para recordarnos que la música también es una forma genuina de tejer nación.
Por eso vale la pena decirlo con claridad: el Concurso Nacional de Bandas, orgullo de Boyacá y referente cultural del país, no puede entenderse sin el Concurso Departamental. Ambos hacen parte de una misma historia. El Nacional no surgió de la nada; nació del entusiasmo, de la tradición y del trabajo que durante décadas se cultivó en el certamen regional, donde generaciones de músicos, directores y comunidades encontraron un espacio para crecer.
No es una simple apreciación, el propio Ministerio de Cultura, mediante la Resolución No. 3047, incluyó al Concurso Nacional de Bandas en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial (LRPCI) y adoptó su Plan Especial de Salvaguardia (PES), en el cual se reconoce que el Concurso Departamental constituye un escenario fundamental de formación, circulación y selección que nutre y orienta el encuentro nacional.
En otras palabras, uno no puede desligarse del otro. Son dos manifestaciones de una misma tradición, dos capítulos de una historia que ha sido escrita por el municipio de Paipa durante décadas. Por eso, debilitar el Concurso Departamental desconociendo su cuna, sería afectar una de las raíces más profundas del Nacional y, con ello, permitir que Paipa pierda una parte esencia de su identidad cultural y de aquello que la ha convertido en referente musical de Colombia.
Es importante recordar que este territorio no es solamente el municipio de las aguas termales ni la tierra que custodia la memoria de la Batalla del Pantano de Vargas. Paipa es también un pueblo que ha aprendido a reconocerse a través de la música; una comunidad que, año tras año, ha abierto sus calles y su corazón para recibir a músicos provenientes de todos los rincones del país y de cada uno de los municipios de Boyacá.
Es importante hacer esta precisión. No se trata del Concurso Nacional de Bandas, cuyo arraigo en Paipa es indiscutible. Se trata del Concurso Departamental, aquel certamen que lo ha hecho posible. Sin embargo, aunque jurídicamente puedan verse como dos eventos distintos, cultural e históricamente son inseparables, como se señaló en líneas anteriores.
Por eso, el eventual traslado del certamen regional, no puede analizarse únicamente desde criterios administrativos o logísticos. Estamos hablando de un patrimonio construido colectivamente, de una tradición que ha echado raíces profundas en las fibras más sensibles del corazón de miles de personas. Esto no solo significa cambiar de escenario un evento musical. Significa alterar la memoria de una comunidad y desconocer el lugar donde comenzó una historia que hoy pertenece al patrimonio cultural de Paipa, Boyacá y Colombia.
No es casualidad que el maestro Jorge Ernesto Chinome Cely, en el pasodoble que muchos consideran el himno popular de Paipa, alabara ese legado bandístico que “engalana de cultura a Colombia en Boyacá”. En esa frase habita una verdad profunda: la música de las bandas no pertenece únicamente a quienes la interprettan; pertenece también a quienes la han cuidado, celebrado y transmitido de generación en generación.
Ojalá, entonces, que las decisiones que se tomen hacia el futuro estén guiadas por la prudencia y el respeto por la memoria de los diferentes territorios que integran al Departamento. Porque hay tradiciones que no solo merecen ser conservadas, sino honradas como parte de la memoria colectiva que nos explica quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos seguir siendo. Algo muy valioso en estos tiempos, cuando tantas de nuestras tradiciones se están perdiendo o transformando, y no siempre para bien.
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