Durante más de cuatro décadas, Jacobo Rodríguez Mancipe convirtió el trabajo incansable y la fe en un proyecto de vida que hoy es símbolo de emprendimiento y tradición en Boyacá, El Buen Gusto.

Había días en los que el frío de la madrugada parecía más fuerte que cualquier sueño. A un costado de la vía entre Tunja y Bogotá, en el sector de Tierra Negra, cerca del histórico Puente de Boyacá, un joven campesino comenzaba a escribir una historia que nadie imaginaba. No tenía estudios, tampoco grandes recursos, lo único abundante eran las ganas de trabajar.
Corría 1982 cuando Jacobo Rodríguez Mancipe levantó una pequeña caseta de seis metros. Bajo aquella cubierta improvisada empezó a vender tinto, agua de panela con queso, aromáticas y algunos productos típicos de la región. Las arepas boyacenses se cocinaban sobre una laja de piedra, las almojábanas y el pan de yuca llegaban desde municipios vecinos.
“Yo inicié con una carpita de 6×6 con cubierta de vidrio y le hice una enramadita ahí para guardar las cosas y empecé a vender tinto en termo, porque en ese tiempo no había luz, ni alcantarillado, ni nada”, recuerda Jacobo.
La escena parecía sacada de un cuento campesino. Para conseguir agua utilizaba una burrita llamada La Lisa. Sobre ella transportaba los recipientes, las provisiones y buena parte de las ilusiones que apenas comenzaban a tomar forma.
Los primeros clientes fueron los conductores de tractomulas y los transportadores que recorrían largas distancias, y empezaron a encontrar en aquel improvisado parador, que se llamaba cigarrería Rancho Licores, algo más que una comida caliente: encontraban una sonrisa, una conversación amable y un servicio que nacía desde el corazón.
Jacobo entendió pronto que la atención podía convertirse en su mejor carta de presentación. Por eso trabajaba sin descanso, dormía apenas dos horas y volvía a levantarse, el negocio permanecía abierto las 24 horas. Mientras muchos descansaban, él seguía preparando tintos, sirviendo cuajadas, ofreciendo arepas y esperando que algún vehículo decidiera detenerse.
Pasaron tres años antes de que aquel lugar lograra consolidarse. “Tres años para acreditar ahí el negocio”, recuerda, pero antes de que los clientes llegaran por voluntad propia, él decidió ir a buscarlos. Tomó una canastilla, un termo y se subió a los buses interdepartamentales y recorría los pasillos ofreciendo sus productos
Muchos de quienes hoy se detienen en El Buen Gusto todavía recuerdan aquella imagen. El joven vendedor que abordaba los buses con respeto, una sonrisa sincera y el deseo de salir adelante. “Me subí con los productos en una canastica a ofrecer a la gente el tinto a ofrecerles la agüita aromática”. No había vergüenza, había necesidad, había convicción.
Con los años llegaron más clientes, también llagaron las enseñanzas de su madre, quien le trasmitió el conocimiento de preparar los productos que terminarían convirtiéndose en símbolo de la empresa. Más adelante apareció su esposa, Fabiola Espinosa Sánchez, una mujer que compartía el mismo anhelo de construir algo grande.
Juntos empezaron a darle forma a un sueño que ya no cabía dentro de aquella pequeña caseta. “Mi sueño era también ser grande y crecer y Dios nos lo ha concedido”. Las décadas fueron pasando: donde antes había una caseta, apareció un parador reconocido por viajeros de todo el país; donde antes había una sola persona trabajando, comenzaron a llegar empleados; donde antes se cocinaban arepas, empezó a consolidarse una empresa.
La familia creció al mismo ritmo que el negocio: Michael, el mayor, apenas tenía 7 años cuando empezó a acompañar a su padre. Mientras Jacobo atendía a quienes descendían de los buses, el niño tomaba una canastilla y recorría los pasillos vendiendo arepas, almojábanas y aromáticas. “Yo le decía: mijo, mientras yo atiendo acá, tú subes a los buses y atiendes a los señores”.
Era el mismo camino que años atrás había recorrido su padre. Hoy aquel niño es uno de los líderes de una empresa que ya cuenta con una estructura consolidada y una visión de crecimiento que trasciende las fronteras de Boyacá.

La historia siguió avanzando, se abrieron nuevos puntos de atención, los productos empezaron a viajar a otras regiones e incluso a cruzar fronteras: una de sus hijas tiene un punto en Miami (Estados Unidos) donde vende siete de sus productos.
Hace poco una mujer llegó con su hijo de 8 años al negocio: él había escuchado la historia de Jacobo por parte de su mamá, pero quería conocerla de primera mano. Le pidió que le contará cómo había sido posible pasar de una pequeña caseta a una empresa reconocida; Jacobo recuerda aquella conversación con emoción, dice que ese niño lo hizo llorar.
Tal vez en esos ojos curiosos volvió a encontrarse con el muchacho que un día cargó agua en una burrita, vendió tinto en una carretera solitaria y recorrió buses ofreciendo arepas para ganarse la vida.
Hoy, 44 años después, El Buen Gusto genera empleo a cerca de 290 familias y mantiene una tradición gastronómica que nació entre el esfuerzo campesino, la perseverancia y el trabajo honrado.
Pero cuando Jacobo mira para atrás, no habla primero de los reconocimientos, ni de los nuevos proyectos, ni de la expansión, habla de personas, de los camioneros que se detuvieron cuando nadie conocía el lugar, de los conductores de buses que le abrieron las puertas, de los viajeros que regresaron una y otra vez, de las familias que crecieron junto a su negocio, de su equipo de trabajo y de sus cuatro hijos y su esposa que son parte fundamental de su vida y de su empresa.
“Me siento feliz, orgulloso, y quiero agradecerles a todas las familias que me apoyaron cuando inicié el parador”, afirma, porque la historia de El Buen Gusto no comenzó en una gran fábrica ni en una oficina elegante, comenzó sobre una carretera, con una burrita, con una canastilla y con un hombre que nunca dejó de creer que los sueños también pueden cocinarse a fuego lento.
La entrada El Buen Gusto: la historia del hombre que cambió una caseta de seis metros por un legado para cientos de familias se publicó primero en Boyacá 7 Días.



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