
Sí, el primer gran discurso político de la historia, pronunciado por Pericles, puede releerse hoy a la luz de nuestra coyuntura electoral y del momento democrático que atravesamos. Las conductas degradadas que hemos presenciado —funcionarios de gobierno que acuden a los medios a “denunciar” a sus propios compañeros, convertir diferencias internas en espectáculo y alimentar el ruido antes que el debate— revelan la precariedad institucional que padecemos.
El llamado Discurso Fúnebre de Pericles sigue siendo uno de los testimonios más altos de civismo que nos legó la Antigüedad. Pronunciado durante las exequias de los caídos en el primer año de la guerra entre Atenas y Esparta, fue la ocasión para definir el espíritu profundo de la democracia ateniense y exaltar los valores que dignifican la vida pública.
Pericles dijo:
“La administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos; por eso se llama democracia”.
Y añadió algo que hoy conviene recordar: los cargos públicos deben recaer en quienes se distinguen por sus méritos, no por su origen social, su cercanía con el poder o su habilidad para la intriga. Allí radica una lección vigente. En democracia, todos los ciudadanos estamos llamados a opinar, deliberar y participar. La voz pública no pertenece a una élite. Pero no todos están llamados, sin más, a ejercer funciones de Estado.
La administración pública exige idoneidad técnica, sí, pero también grandeza moral. El Estado se honra cuando sus servidores comprenden que lo colectivo está por encima de las conveniencias personales, de las venganzas y de los cálculos de facción. Por eso resulta tan grave ver a funcionarios que ayer exaltaban con fervor la causa oficialista y hoy usan micrófonos para destruir a sus propios colegas. No se trata de exigir obediencia ciega ni silencio cómplice. La crítica interna es necesaria en toda democracia. Lo indignante es la degradación del servicio público en ajuste de cuentas, el paso de la responsabilidad institucional al espectáculo de la deslealtad, de la diferencia política al barro de la revancha.
Entonces cabe preguntar: ¿dónde quedó la idoneidad? ¿Con qué criterios se ocuparon esos cargos? ¿Se premió la capacidad o la adhesión? ¿La competencia o la consigna? Lo que ocurre en el país debería despertar una reflexión ciudadana más profunda. Las democracias no se debilitan solo por golpes externos; también se erosionan cuando quienes deben servirlas las convierten en escenario de mezquindades. El progreso político no depende únicamente de elecciones periódicas, sino de una cultura pública basada en el mérito, la sobriedad y la responsabilidad.
Pericles lo comprendió hace veinticinco siglos: una ciudad vale por la calidad moral de quienes la conducen. Cuando los honores públicos recompensan la valentía, la integridad y el servicio, florecen mejores ciudadanos. Cuando premian la obediencia servil, la intriga o el oportunismo, se vacía la democracia por dentro. Quizá esa sea la advertencia más actual de aquel discurso antiguo: no basta con votar. También debemos exigir altura.
“Cuando los más preciados galardones que una ciudad otorga son los que recompensan la valentía, entonces también posee ella los ciudadanos más valientes. Y ahora, después de haber llorado cada uno a sus deudos, podéis marcharos”. Pericles
La entrada Discurso fúnebre se publicó primero en Boyacá 7 Días.











0 comentarios