
Hay lugares donde uno entiende de verdad cómo funciona el país, no es en los debates del Congreso, ni en los informes del DANE, ni en las explicaciones solemnes del Banco de la República. Es en una asamblea de copropietarios del conjunto residencial Los Arrayanes, un complejo de 200 apartamentos estrato 3 de cualquier ciudad de Colombia, sobre todo en esta época en donde por ley hay que hacer la asamblea, y es cuando alguien levanta la mano y dice: “¿y quién va a pagar esa cuota tan alta?”
Hace unos días estuve en una, duró nueve horas, nueve horas en las que nadie quería estar realmente ahí, pero todos asistieron con puntualidad casi religiosa. No por compromiso cívico ni por espíritu comunitario, sino por una razón mucho más poderosa: la multa por la no asistencia; pocas instituciones en Colombia logran ese nivel de eficiencia en la convocatoria.
El ambiente era el de siempre: sillas plásticas, el sonido que falla, vecinos que nunca se hablan pero ese día opinan de todo, y un orden del día interminable que se va desdibujando con el paso de las horas. Café frío, caras largas y una sensación colectiva de que aquello no iba a terminar bien.
Hasta que llegó el punto sensible, el que todos estaban esperando: el ajuste de la cuota de administración.
Hasta el año pasado la fórmula era sencilla: subirla año a año según el IPC o el incremento en el salario mínimo, lo que fuera mayor. Una decisión que en su momento sonó responsable, seria y muy técnica, ya que los incrementos de los años anteriores eran razonables. El problema es que este año, por cuenta del populismo del cambio la realidad decidió ponerse creativa, mientras la inflación se movió en la proporción esperada con un incremento del 5,1 %, el salario mínimo, impulsado con entusiasmo por el Gobierno de Gustavo Petro, pegó un salto sin precedentes que para el presidente y sus devotos resulto heroico, una reivindicación histórica, pero en la vida real fue un golpe muy duro para el bolsillo de la gente.
Entonces, varios asistentes, decenas, mejor dicho casi toda la concurrencia pedía la palabra para arremeter contra la administradora del conjunto y el concejo de administración que, acatando lo acordado desde enero, habían aplicado un incremento del 23,8 %. ¡Esa cuota es como si estuviera pagando arriendo por vivir en lo mío! Decía un asambleísta, ¡y con qué voy a pagar los servicios! decía otro, en un rincón una señora hacía cuentas de que no le iba a alcanzar para la cuota del banco.
Pero el verdadero problema apareció cuando alguien, de esos que sí leen los números explicó lo obvio: el 80 % del gasto del conjunto es seguridad, pago de celadores y la seguridad está amarrada al salario mínimo, es decir, el mismo aumento que se celebra allá arriba, en las alocuciones presidenciales y consejos de ministros, aquí abajo, en la calle en el día a día de esta gente que no son los ricos epulones, ni los esclavistas que tanto menciona el presidente, sino gente de estrato 3 que con mucho sacrificio y esfuerzo han comprado su apartamento por cuotas a quince y vente años de plazo.
Al final, como suele pasar, ya en la novena hora, en medio del cansancio y el dolor de cabeza producto del descontrol del sonido, con la paciencia agotada y el café convertido en un recuerdo lejano se llegó a una solución intermedia: subir la cuota, pero no tanto, lo suficiente para que todos queden inconformes, que es en esencia, la definición más precisa de consenso, no había otro camino para lograrlo sino acudiendo a la solución menos social ¡recortar personal!, dos personas menos en servicios generales o toderos como los llamaban y dos celadores menos, cuatro empleos borrados en cuestión de minutos, sin discursos, sin aplausos, sin hashtags, sin trinos.
La asamblea terminó con ese aire raro de las decisiones necesarias pero incómodas, la gente se levantó, recogió sus cosas y salió en silencio, haciendo cuentas mentales y fue ahí donde ocurrió lo mejor de la noche.
Uno de los copropietarios, de esos convencidos, de los que defendían el cambio con entusiasmo religioso y que no permitían que de ninguna manera se criticara al gran líder cósmico, se dirigió presuroso hacia su apartamento que tenía una vista envidiable a la calle y sin pensarlo dos veces arrancó de un solo jalón el afiche del candidato que sigue prometiendo seguir llevándonos por la senda del cambio.
En ese gesto silencioso quedó resumida toda la asamblea.
La entrada Del consejo de ministros a la asamblea de copropietarios del conjunto, la revolución… pero en la portería del edificio – #ColumnistaInvitado se publicó primero en Boyacá 7 Días.











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