De la Colombia profunda a la profundidad de Colombia

martes 26 de mayo de 2026, 7:00 am

Nunca dejaré de agradecer por haber nacido en Colombia. Por las oportunidades que he tenido de conocer el país, navegarlo, caminarlo, recorrerlo. En Colombia nos enseñaron durante demasiado tiempo a mirar únicamente lo visible: los grandes discursos, los liderazgos estridentes, las guerras declaradas, las cifras oficiales, las ciudades que concentran el poder y las narrativas que reducen el país a la violencia. Pero debajo de esa superficie existe otra Colombia. Una que respira silenciosamente. Una que resiste. Una que conecta. Una que, como el micelio, sostiene la vida desde abajo. Como el micelio, a Colombia no se le conoce de otra manera sino entrando en su profundidad, en el entramado subterráneo de bosques enteros, territorios heridos donde se preserva la existencia. No hay centro ni periferia en el micelio. Todo el territorio importa. Todo está conectado. Sin duda lo que pasa en el Chocó afecta al Chicó y viceversa.

Ahí radica una de las grandes lecciones que Colombia todavía no termina de comprender. Nos acostumbramos a pensar el país desde arriba: desde Bogotá hacia las regiones, desde los indicadores hacia las comunidades, desde la institucionalidad hacia la vida cotidiana. Y mientras tanto, en los márgenes invisibilizados, miles de personas han venido sosteniendo el tejido nacional sin reconocimiento alguno. Parteras en el Pacífico, mujeres que bordan memoria, campesinos que vuelven a levantar sus ranchos después del despojo, madres que sostienen la vida con un café caliente y una palabra silenciosa, comunidades que siguen cantando arrullos en medio de la guerra, pueblos indígenas que aún entienden que la tierra no es propiedad sino vínculo. Todo eso también es nación. Tal vez lo más profundo de la nación. La tragedia colombiana no ha sido únicamente la violencia armada. Ha sido la desconexión. La fractura entre territorios. La incapacidad de reconocernos mutuamente. El desprecio histórico hacia las periferias. La idea arrogante de que hay regiones “centrales” y otras “secundarias”, como si existieran dolores menos importantes o memorias prescindibles.

Por eso la metáfora del micelio resulta tan urgente. Porque nos recuerda que un bosque no sobrevive por el árbol más grande, sino por las conexiones invisibles que sostienen la vida colectiva. Y Colombia, aunque muchas veces no quiera admitirlo, ha sobrevivido gracias a esas redes silenciosas de cuidado, afecto, solidaridad y memoria. Cada gesto de amabilidad, cada acción resiliente, casi invisible, que trabaja arduamente en medio del silencio para intentar preservar la vida nos ayuda a comprender que este país no ha resistido gracias a sus élites políticas, ni gracias a los grandes relatos institucionales, sino gracias a las comunidades que aprendieron a reconstruirse incluso después del horror. En un tiempo donde la polarización convierte al otro en enemigo y donde el país parece condicionado a discutir únicamente desde el odio, volver a conectar el territorio es una tarea ética y espiritual. Significa escuchar las voces que históricamente fueron consideradas menores. Significa entender que la memoria no es un archivo muerto sino una raíz viva. Significa reconocer que nadie se salva solo.

Mientras la guerra separa, el micelio conecta. Mientras el miedo aísla, el territorio encuentra maneras de tejer comunidad. Mientras la violencia arranca raíces, las comunidades vuelven a sembrarlas. Tal vez ahí exista una posibilidad distinta para Colombia. No en la obsesión de imponer una verdad única, sino en la capacidad de volver a sentirnos parte de un mismo entramado humano. Porque un país no se construye solamente con carreteras, tratados o elecciones. También se construye con arrullos, con bordados, con memorias compartidas, con palabras que encuentran escucha y con manos que todavía son capaces de tocar otras manos sin miedo. Como ocurre en los bosques, la vida colombiana sigue comunicándose bajo tierra. Y aunque muchas veces no la vemos, allí continúa el micelio sosteniendo el país.

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