
La puerta siempre está entreabierta. No es una metáfora lejana: es la puerta de una oficina donde un jefe insinúa favores a cambio de estabilidad laboral; es la puerta de un salón donde un profesor convierte el halago en presión; es la puerta de un pasillo donde circulan rumores que buscan desacreditar a quien se negó. Es la frontera concreta entre hablar y callar. Por una parte, el silencio impuesto por el miedo; por otra, el murmullo incómodo de quienes saben lo que ocurre, pero no intervienen, optan por el silencio o el encubrimiento.
En ese umbral real —no simbólico— habitan muchas mujeres en Colombia: mujeres que trabajan, que sueñan, que ascienden, pero que también son evaluadas por su docilidad, por su capacidad de tolerar insinuaciones, por su disposición a no incomodar. En ese trayecto, más que crecer profesionalmente, muchas aprenden a resistir: a medir palabras, a esquivar situaciones, a protegerse de algo que nunca debió formar parte del mundo laboral ni académico: el abuso ejercido desde el poder y legitimado por él.
Estructuras bajo cuestionamiento
En los últimos días, hombres con nombres propios han comenzado a verse en ese tenebroso panorama de acoso. Los de Jorge Alfredo Vargas, Ricardo Urrego, y Hollman Morris, han aparecido en medio de denuncias que no solo interpelan a individuos, sino a estructuras completas. No se trata de casos aislados. En redacciones como Noticias Caracol o en instituciones estatales como RTVC, el poder adopta formas sutiles y otras no tanto. Se encarna en jerarquías incuestionables, en contratos que dependen del silencio, en oportunidades que se conceden —o se niegan— según la docilidad. Allí, el abuso no siempre grita: a veces susurra, insinúa, condiciona.
Pero hay otra escena, menos visible y quizá más perturbadora, que ocurre en aulas académicas, en espacios donde el saber debería ser un refugio y no un campo de dominación. Profesores que invitan, incitan, seducen con la retórica del halago, con la promesa de oportunidades, con la cercanía intelectual. Y luego, cuando ya han obtenido lo que buscaban, difaman, descartan, instrumentalizan. El conocimiento, entonces, deja de ser un acto de formación para convertirse en un dispositivo de control.
¿Quién les otorgó ese poder?
La pregunta no es retórica. Porque muchos de estos hombres no se perciben a sí mismos como agresores. Se nombran intelectuales, hombres de bien, referentes éticos. Y, sin embargo, actúan desde una lógica de apropiación: del cuerpo, de la voz, del futuro de las mujeres. Una lógica que no necesita ser explícita para ser efectiva. Basta con la insinuación, con la asimetría de poder, con la certeza de que difícilmente serán cuestionados.
Sin embargo, algo ha comenzado a fracturarse. La valentía de las mujeres ha logrado lo que durante años parecía imposible: destapar la olla podrida. Cada testimonio abre una grieta en el muro del silencio. Cada denuncia pone en evidencia que el problema no es individual, sino estructural. Que no se trata de “malos hombres” aislados, sino de una cultura que ha normalizado el abuso como parte del ejercicio del poder y esa cultura tiene nombre: Patriarcado.
Un sistema histórico que ha legitimado la subordinación de las mujeres y ha otorgado a ciertos hombres una autoridad casi incuestionable sobre sus cuerpos, sus voces y sus trayectorias. En ese marco, el acoso laboral y sexual no es una desviación, sino una consecuencia lógica a este sistema. Pero las grietas crecen, y en ellas, comienza a entrar la luz. No una luz ingenua, ni redentora, sino una que incomoda, que revela, que obliga a mirar de frente lo que durante años se quiso ocultar. Las mujeres ya no están dispuestas a quedarse en el umbral. Están cruzando la puerta.
La entrada Cuando el poder seduce, somete y calla se publicó primero en Boyacá 7 Días.


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