
Hay una sensación cada vez más extendida en Colombia —y no solo aquí— que parece resumirse en una frase inquietante: no sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa. Esa desorientación no es menor. Es el síntoma de una sociedad que, en medio de múltiples crisis —violencia persistente, desigualdad estructural, fragilidad institucional y polarización— ha perdido en buena medida la capacidad de responder con claridad, responsabilidad y sentido colectivo. Se ha vuelto común quedarnos en la pregunta, en la queja, en la indignación momentánea. Pero una sociedad no se sostiene solo preguntando: se sostiene respondiendo.
Un viejo fraile dominico escribió un libro que propone una idea poderosa: la necesidad de una pedagogía de la respuesta. Esto no significa anular la pregunta —que es fundamental— sino ir más allá de ella. Formar para la respuesta implica formar personas capaces de asumir su libertad, tomar decisiones y comprometerse con ellas. Y ahí está uno de los puntos críticos del país. Colombia no carece de diagnósticos. Nos sobran análisis, debates, columnas, discursos. Lo que escasea es la capacidad de traducir esa conciencia en acción sostenida, en responsabilidad asumida, en decisiones que transformen. Porque responder no es opinar. Responder es hacerse cargo.
Una sociedad fuerte no se define por la ausencia de problemas, sino por la manera como sus ciudadanos enfrentan esos problemas. Y eso exige algo más profundo que la indignación: exige formación ética, política y humana. El texto lo plantea con una cadena que resulta tan simple como contundente: no hay realización sin responsabilidad; no hay responsabilidad sin personalización; no hay personalización sin definición; no hay definición sin autodeterminación; no hay autodeterminación sin compromiso; y no hay compromiso sin decisión. En otras palabras: una sociedad fuerte está hecha de personas que deciden. Y ese es quizá el desafío más urgente que tenemos como colombianos hoy.
Hemos naturalizado la delegación excesiva: esperamos que el Estado resuelva, que los líderes orienten, que otros asuman lo que nos corresponde. Pero ninguna democracia se sostiene si sus ciudadanos no ejercen su libertad con criterio y responsabilidad. Formar para la respuesta es, entonces, formar ciudadanos libres. No libres en el sentido superficial de hacer lo que se quiera, sino en el sentido más exigente: capaces de actuar con conciencia, de asumir consecuencias y de comprometerse con el destino colectivo.
Esto tiene implicaciones profundas en la educación, en la política y en la cultura. Una educación que solo transmite contenidos, pero no forma criterio, produce individuos dependientes. Una política que solo moviliza emociones, pero no construye responsabilidad, debilita la democracia. Una cultura que privilegia la opinión sobre el compromiso, termina erosionando el tejido social. Colombia necesita algo distinto. Necesita una ciudadanía que no se limite a reaccionar, sino que construya; que no se quede en el diagnóstico, sino que asuma tareas; que no viva en la queja permanente, sino en la decisión consciente.
En un país atravesado por más de setenta años de conflicto, por profundas desigualdades y por tensiones no resueltas, la fortaleza social no vendrá de discursos grandilocuentes, sino de millones de decisiones cotidianas: en la forma como participamos, como educamos, como exigimos, como respetamos, como construimos lo común. Responder es un acto profundamente político. Porque implica dejar de ser espectador para convertirse en sujeto. Tal vez el mayor reto que tenemos como sociedad no es entender lo que nos pasa —eso, en gran medida, ya lo sabemos— sino asumir la responsabilidad de lo que vamos a hacer con ello. Ahí se juega la posibilidad de un país distinto.
@ricardoopco
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