José Eduardo Barragán, el hombre que le regala flores a Sogamoso

domingo 21 de junio de 2026, 8:30 am

Lo que comenzó como un pequeño proyecto junto a su esposa terminó convirtiéndose en una silenciosa obra de amor por Sogamoso, una que crece entre buganvilias, materas y jornadas interminables de trabajo.

José Eduardo Barragán, el guardián del jardín de El Laguito. Foto: Tuty Vargas/Boyacá Sie7e Días

A las 6:00 de la mañana, cuando buena parte de Sogamoso apenas comienza a despertar, José Eduardo Barragán, de 71 años, ya está pensado en sus matas. Primero ayuda en los oficios de la casa, luego toma las herramientas, revisa qué necesita arreglar y sale. Algunas veces lo encuentran frente al Centro Comercial Iwoka, otras en el parque El Laguito, o también puede estar inclinado sobre el borde del andén que conduce hasta el Colegio Celco por la carrera 11, cortando pasto, acomodando tierra o podando alguna planta para que vuelva a florecer.

Pocos conocen su nombre, muchos pasan de largo sin mirar que detrás de cada buganvilia, de cada matera pintada, de cada rincón verde que alegra este sector de la ciudad, hay un hombre que durante quince años ha trabajado silenciosamente para embellecerlo.

Todo comenzó con una idea sencilla y con una compañera de vida. «A mi esposa también le gusta mucho la naturaleza», cuenta José Eduardo mientras observa las plantas que crecen junto al separador. Los dos empezaron sembrando unas pequeñas matas: algunas no resistieron, otras sí. Con paciencia fueron aprendiendo qué especies se adaptaban mejor al clima y al terreno.

Las manos de José Eduardo Barragán transformaron un rincón de Sogamoso. Foto: Tuty Vargas/Boyacá Sie7e Días

Aquellas primeras plantas terminaron convirtiéndose en un proyecto de vida; la primera mata que sembró aún permanece allí, en medio del separador. Tiene cerca de quince años, ha sobrevivido a las lluvias, a los veranos y hasta a un accidente. «Esa mata la sembré hace 15 años, ahí era doble mata, sino que como los carros pasan de largo, pasó un carro y se llevó la mitad». Desde entonces el jardín no ha dejado de crecer.

José Eduardo trabajó durante años como soldador, pasó por Cementos Boyacá y Acerías PazdelRío. La vida le obligó a retirarse antes de tiempo y después tuvo que esperar décadas para alcanzar una pensión que apenas le alcanza para vivir.

Por eso continúa trabajando en albañilería, pintura y pequeños oficios, sin embargo, una parte de lo que gana termina inevitablemente invertida en matas, tierra, pintura, cascarilla y fertilizantes. Las cuentas son sencillas: si una planta cuesta veinte o veinticinco mil pesos, él la compra, si necesita tierra la consigue, si hace falta pintura, la paga de su bolsillo.

No existe una entidad que financie el trabajo, tampoco un contrato, mucho menos un salario. «Todo sale de mi bolsillo», dice y cuando habla de ese esfuerzo no hay reclamo en su voz, hay orgullo.

Las llantas convertidas en materas no aparecieron por arte de magia, él mismo las buscó. «Yo cojo la cicla y me voy y las consigo por allá en el río, en los barrios y después vengo y las pinto». Los tanques transformados en materas también llevan su sello; las piedras decorativas, los troncos pintados, los asientos y cada detalle que llama la atención de quienes visitan el sector han pasado por sus manos.

Flores, colores y fe acompañan el pequeño rincón dedicado a la Virgen en El Laguito. Foto: Tuty Vargas/Boyacá Sie7e Días

«Hice las materas, los asientos, conseguí las llantas, las pinté, puse todas estas piedras, todo esto que está aquí». Mientras camina entre flores y senderos, parece conocer cada planta como si fuera parte de él mismo, sabe cuáles necesitan poda, cuáles requieren más tierra y cuáles florecerán cuando llegue el verano. Las buganvilias son sus favoritas.

«Nos gustan por las flores», dice mientras señala las ramas cargadas de color; luego explica que cuando llegan los días soleados el lugar se transforma. «Cuando hay verano esto es una belleza». Quizás por eso le cuesta quedarse quieto en casa.

«Es algo que, pongamos, yo en lugar de estar en la casa 20 minutos descansando, no, yo me aburro y me acuerdo de mis matas y me vengo a arreglarlas». Detrás de esa dedicación también está su esposa, Blanca Marina Mesa. Ella guarda el agua del arroz y de los granos para las plantas, le aconseja qué sembrar y cómo cuidarlo. «La que sabe es ella», dice con una sonrisa; los dos forman un equipo discreto que ha ido llenando de vida este sector de la ciudad.

Pero no todo ha sido reconocimiento: durante estos años ha escuchado críticas de algunos vecinos, le han dicho que las matas son feas, que las bancas no combinan, que el jardín sobra. Pero ninguna de esas opiniones ha logrado detenerlo, «ya llevó 15 años y nadie me ha podido bajar la moral».

La razón es sencilla: nunca comenzó este trabajo para recibir aplausos, lo hizo porque ama el lugar donde vive, porque siente que los espacios públicos pueden florecer cuando alguien los cuida, porque cada planta sembrada es una manera de agradecerle a la vida, y porque en el fondo, cree que la belleza también es una forma de servicio.

Por eso sigue podando el pasto con tijeras; cuando no hay herramientas, sigue nivelando terrenos con machete, sigue sembrando nuevas especies cuando alguna se pierde. Hay días en que termina agotado, hay jornadas enteras bajo el sol o la lluvia, aun así, al día siguiente vuelve, «hasta que tenga salud», dice.

En el parque también levantó un pequeño altar para la Virgen, inspirado por la fe de su esposa Blanca. Allí entre flores y colores parece resumirse toda la esencia de este trabajo: la gratitud, la esperanza y el deseo de dejar algo bueno para los demás.

Mientras los carros avanzan por la carrera 11 y los peatones recorren el sector sin detenerse demasiado, él continúa allí, entre flores, tierra y pintura, cuidando un jardín que ya forma parte del paisaje de Sogamoso, dándole color a los días y recordándole a la ciudad que, a veces, los héroes más importantes no llevan uniforme ni ocupan grandes cargos. A veces llevan unas tijeras de podar en la mano, regresan a casa con tierra en los zapatos y dedican 15 años de su vida a hacer más bonito el lugar donde todos vivimos.

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