
Hay preguntas que parecen inocentes, pero en el país suelen esconder una intención clara de jerarquías. «¿Dónde vive?», «¿En qué universidad estudia?», «¿Qué hacen sus papás?», «¿Y usted de qué familia es?». Estas no son preguntas para conocer al otro, son filtros para ubicarlo en la esfera de sus intereses y para decidir, en cuestión de segundos, cuánto respeto merece.
Quizá por eso el clasismo en Colombia es una de las formas de violencia más silenciosas, pero a la vez letales con cicatrices profundas. Se cuela en conversaciones cotidianas, en charlas de pasillo entre compañeros de trabajo, en las aulas de clase, entre vecinos, en la forma cómo se observa a una persona por su vestimenta o el acento con el que alguien pronuncia una oración. Es una violencia que aprendimos a normalizar.
Nuestra historia ayuda a entenderlo. Desde la Colonia, el territorio fue organizado bajo una rígida pirámide social donde el origen europeo ocupaba la cima, mientras indígenas, afrodescendientes y mestizos eran relegados a los márgenes sociales. Aunque las castas desaparecieron jurídicamente con la Independencia, su lógica nunca abandonó del todo nuestra cultura. Cambiaron los nombres, pero no la raíz del problema. Hoy ya no se habla de aristocracia europea o criollos; se habla de estratos, universidades prestigiosas, apellidos reconocidos, barrios exclusivos o la supuesta «gente de bien».
El clasismo colombiano tiene múltiples rostros. Está en lo económico, que connota que el dinero define el valor de quien se es. Está el intelectual, que convierte el conocimiento en un instrumento de exclusión y desprecia los saberes populares, campesinos o ancestrales. Racial, que continúa asociando ciertos colores de piel con la pobreza, el servicio o la delincuencia. Territorial, que mira con superioridad a quienes vienen de regiones históricamente olvidadas. Y el cultural, que ridiculiza los acentos, las costumbres o las formas distintas de habitar el país.
Lo más inquietante es que muchas veces el clasismo no necesita discursos explícitos. Vive en gestos casi imperceptibles. En el vigilante que sigue con la mirada a un joven negro dentro de un centro comercial. El profesor que juzga a un estudiante de colegio público como vago y tendrá menor rendimiento que los demás. Quien habla de «esa gente» para referirse a quienes viven en barrios populares. Incluso habita en quienes creen que una persona vale más porque domina varios idiomas o posee títulos universitarios, olvidando que la inteligencia también se cultiva en la experiencia, el trabajo y la memoria de los pueblos.
Paradójicamente, Colombia es uno de los países con mayor diversidad cultural de América Latina. Somos el encuentro de pueblos indígenas, afrodescendientes, campesinos, comunidades raizales, palenqueras y migrantes que han tejido una riqueza inmensa. Sin embargo, seguimos empeñados en convertir la diferencia en una escala de superioridad.
Tal vez el problema no sea únicamente económico. Es profundamente ético y moral. Porque el clasismo comienza cuando dejamos de mirar personas y empezamos a clasificar categorías. Cuando el otro deja de ser un rostro y se convierte en un estrato, un apellido, un color o una cuenta bancaria.
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