Un robot pateó a un niño en China, pero antes de echarle la culpa a la inteligencia artificial, hay que contar la verdad completa

viernes 12 de junio de 2026, 12:00 pm

Fue, según las versiones, un error de cálculo en el movimiento mientras una persona operaba el robot, sumado a algo más grave: que dejaron a los niños pararse demasiado cerca de una máquina pesada que estaba lanzando patadas.

El robot Unitree G1 que pateó a un niño en Xinjiang, China, el primero de junio, estaba siendo operado a distancia por un empleado del lugar. El menor no sufrió lesiones graves. Foto: captura Youtube
El robot Unitree G1 que pateó a un niño en Xinjiang, China, el primero de junio, estaba siendo operado a distancia por un empleado del lugar. El menor no sufrió lesiones graves. Foto: captura Youtube

El video le dio la vuelta al mundo en cuestión de horas. Un robot humanoide, vestido con una peluca azul de payaso, hace una rutina de artes marciales frente a un público. Da unos golpes al aire, gira y, de repente, lanza una patada que va a dar al estómago de un niño que estaba parado cerca. El pequeño se dobla del dolor y cae al piso. La gente alrededor queda en shock.

Suena a escena de película de terror sobre máquinas que se rebelan. Pero la realidad es bastante menos dramática y, al mismo tiempo, más preocupante.

Lo primero, lo importante: el niño no sufrió lesiones graves y está fuera de peligro. El incidente ocurrió el primero de junio en el Jardín Botánico de Urumqi, en la región de Xinjiang, durante una celebración por el Día del Niño en China. El robot es un modelo llamado Unitree G1, mide 1,27 metros, pesa 35 kilos, y es fabricado por una de las empresas de robótica más importantes de China.

Acá viene el dato que casi todos los titulares se saltaron, y que lo cambia todo: el robot no se ‘rebeló’ ni perdió el control por su propia cuenta. Estaba siendo manejado a distancia por un empleado del lugar, como un carro de control remoto. No fue la inteligencia artificial decidiendo atacar. Fue, según las versiones, un error de cálculo en el movimiento mientras una persona lo operaba, sumado a algo más grave: que dejaron a los niños pararse demasiado cerca de una máquina pesada que estaba lanzando patadas.

La mamá del niño puso una denuncia. Pero ojo, no tanto por el golpe en sí, sino porque el personal del lugar reaccionó lentísimo y ni siquiera se disculpó de inmediato. Y ahí está el verdadero problema. No es un robot asesino. Es la imprudencia humana de poner a un público, y peor, a niños, al lado de una máquina de 35 kilos sin ninguna barrera de seguridad de por medio.

Y no es la primera vez. Esto es lo que de verdad debería encender las alarmas. En marzo de este año, en otra provincia china, un robot idéntico golpeó a un niño en la cara durante un baile. En febrero, otro de estos robots se cayó durante una presentación y, al agitar los brazos en el piso, le partió la nariz a un hombre del público. Y hace pocas semanas, uno se fue de bruces por las escaleras intentando bailar ‘Billie Jean’ de Michael Jackson, y lo tuvieron que sacar arrastrado del escenario.

Las 'Leyes de la robótica' de Isaac Asimov, que prohíben a un robot dañar a un humano, son ciencia ficción. No existen en las máquinas reales de hoy. Foto: archivo particular
Las ‘Leyes de la robótica’ de Isaac Asimov, que prohíben a un robot dañar a un humano, son ciencia ficción. No existen en las máquinas reales de hoy. Foto: archivo particular

Es decir, no es un accidente aislado. Es un patrón. Y el patrón no apunta a máquinas malvadas, sino a empresas y organizadores que están tratando robots poderosos como si fueran juguetes de feria.

Acá es donde mucha gente saca a relucir las famosas ‘Leyes de la robótica’ del escritor Isaac Asimov, que decían que un robot jamás puede dañar a un ser humano. Suena bonito. Pero la verdad es que esas leyes son ciencia ficción, literatura de los años cuarenta. No existen en los robots de hoy. Ninguno de estos aparatos tiene un ‘código moral’ que le impida hacer daño. Simplemente ejecutan los movimientos que se les ordenan y, si alguien está en el camino, pues mala suerte.

Lo que sí existe, y es lo que falta, son medidas de seguridad básicas de ingeniería. Barreras físicas que mantengan al público a distancia. Sensores que apaguen los motores si detectan un obstáculo cerca. Botones de parada de emergencia. Cosas simples, que en las fábricas serias son obligatorias, pero que en estos shows turísticos brillan por su ausencia.

Hay un detalle que da para pensar. La misma empresa de estos robots anunció hace poco que va a organizar el primer combate de boxeo del mundo entre dos máquinas humanoides. Robots diseñados específicamente para golpear y recibir golpes. Si ya están pateando niños por accidente en una feria, uno no puede evitar preguntarse hasta dónde vamos a llevar esto.

No se trata de tenerle miedo a la tecnología ni de creer que viene el apocalipsis de las máquinas. Se trata de exigir sentido común. Estos robots son impresionantes, pueden correr, bailar, dar volteretas. Pero no están listos para andar sueltos entre la gente, y mucho menos entre niños, sin protección de ninguna clase.

La lección de Xinjiang no es que los robots se volvieron malos. Es que los humanos, una vez más, fuimos imprudentes. Pusimos lo asombroso por encima de lo seguro. Y el que terminó en el piso, como casi siempre, fue el más indefenso de todos.

Que sirva de advertencia antes de que el próximo golpe sea más fuerte.

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