Elecciones presidenciales, una puesta en escena – Juan Carlos Pinilla C. #ColumnistaInvitado

domingo 31 de mayo de 2026, 11:00 am

¿Por qué la elección de alguien a quien difícilmente conoceré en persona resulta ser, también, una de mis mayores preocupaciones en estos tiempos?

La pregunta no es menor, aunque uno quisiera que lo fuera. Me gustaría creer que es una inquietud fundada en el análisis y la razón, pero al revisarla con honestidad, su origen parece más modesto: un bombardeo de frases sueltas, diseñadas no para explicar sino para activar, para mover algo en el lugar donde uno guarda los miedos y los anhelos. Y, sin embargo, si uno hila más fino, descubre que la preocupación no es del todo injustificada, aunque su causa no sea exactamente la que creía.

Lo curioso es que, si se mira con cierta distancia, las elecciones no han cambiado en lo esencial. Lo que cambió fue la puesta en escena.

Y esa distinción importa. En la política, especialmente donde el aire es más delgado y las ambiciones más densas, el discurso ha sido siempre el instrumento central. Pero el discurso no existe en abstracto, necesita un escenario, un medio, una forma de llegar. Y cada época le ha dado uno distinto.

Del orador grandilocuente y 20 juliero, que llenaba plazas y viajaba por la radio hasta los rincones más remotos del país, pasamos a la televisión, lo cual cambió las reglas y puso en el centro la imagen, la compostura, el gesto, fue ahí donde Kennedy le ganó a Nixon no sólo un debate sino una era. Luego vino la aparente cercanía de Twitter, esa ilusión de que el poder le hablaba al oído a cada ciudadano, como lo entendió Obama antes que nadie, convirtiendo a esa red social es su trinchera electoral. Y ahora, en pleno boom de los algoritmos y los celulares, el escenario es el video corto: 15 segundos para convencer, emocionar o indignar.

Cada transición amplió el alcance del mensaje. Y con cada ampliación, el argumento fue cediendo terreno a la emoción.

No me preocupa tanto el resultado de las elecciones (aunque también) sino lo que esta puesta en escena está dejando a su paso. Porque el ser humano carga desde siempre con una necesidad profunda y casi irrefrenable de sentirse parte de algo más grande que su propia individualidad, de pertenecer a un grupo, de creer en una causa que lo trascienda. Esa necesidad, que en otras épocas encontró cauce en la religión, la nacionalidad o el equipo de fútbol, hoy está siendo encauzada con precisión quirúrgica a través del discurso político. Y cuanto más emocional es el discurso, más alcance tiene, que señalar un enemigo convoca más que proponer una solución. Que encender es más eficiente que explicar.

Y así, uno, sin darse cuenta, termina preocupándose por alguien a quien nunca va a conocer.

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