
Iban a ser las cinco de la tarde del martes 24 de octubre de 2017 cuando, a través del amplificador de sonido del autobús en el cual me transportaba, la guía de la excursión dijo:
—¡Llegamos a París!
Esas palabras me crisparon la piel y agitaron mi respiración.
—Por favor, miren a la izquierda —agregó.
Dirigí la vista en el sentido indicado. Al fondo de una extensa explanada, ocupada por una infinidad de pequeñas y medianas edificaciones, sobresalía la torre Eiffel y, en medio del gris de la tarde que ya expiraba, resaltaban las negruzcas piezas de hierro pudelado que conforman su estructura.

Un profundo goce me dominó. Mi gran anhelo de infancia se estaba cumpliendo. ¡Me encontraba en París! Cerré los ojos, recosté la cabeza contra el espaldar de la silla y quise disfrutar a plenitud el deleite interior que experimentaba. La curiosidad por contemplar el panorama que tenía al frente me venció. Sin parpadear comencé a detallar todo lo que pasaba delante de mí. Las avenidas eran amplias, las construcciones no tenían más de seis plantas y muchas fachadas eran de piedra caliza blanca.
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Tres días antes, el sábado 21 de octubre, a eso del mediodía, había llegado a Madrid procedente de Colombia, en compañía de varios familiares, para iniciar un recorrido por el centro de Europa. Esa tarde el coordinador del viaje nos condujo por los principales lugares turísticos de la capital española; al día siguiente, domingo, la recorrimos por nuestra cuenta y riesgo. El lunes, de madrugada, emprendimos viaje hacia Francia. Después de recorrer más de 600 kilómetros llegamos a Burdeos, en donde pernoctamos. El martes, muy temprano, emprendimos la jornada hacia la “Ciudad Luz”.
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Creo no haber cumplido aún los cinco años, quizá en 1958, cuando, por la radio, comencé a saber de la existencia de París. Ya en 1965, luego de leer en el primer tomo de la enciclopedia Tesoro de la Juventud el artículo “La ciudad de París”, en la sección “Los países y sus costumbres”, quedé atraído por esta urbe. Tal efecto lo produjeron las encantadoras fotos de la torre Eiffel, el río Sena, el arco del triunfo, el Teatro de la Ópera, los jardines de las Tullerías, la catedral de Notre Dame, el Hotel de los Inválidos y el Palacio de Versalles, que ilustraban ese texto.
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Mientras el vehículo avanzaba por las calles de París, en mi mente se agolpaban los recuerdos y referencias que tenía de esta ciudad. Había oído hablar de su encanto natural, de su importancia en la historia de la humanidad, de haber sido escenario de revoluciones definitivas en el acontecer mundial, de ser la cuna del Enciclopedismo y del Existencialismo, de recibir el calificativo de “La ciudad del amor”, de ser la capital de la buena mesa y de la moda, al igual que de acoger a filósofos, escritores y pintores deslumbrantes.

Poco a poco fue desapareciendo la claridad del día y se encendió el alumbrado público. En ese momento se produjo la llegada al hotel. Este era un edificio alto, con fachada de ladrillo a la vista, rodeado de restaurantes y otros establecimientos comerciales.
Antes de instalarnos en las habitaciones, la guía nos advirtió:
—En una hora nos encontraremos aquí en la recepción porque vamos a realizar nuestra primera salida. Pasearemos por los sitios interesantes del centro. Esta actividad se denomina: “París iluminada”. Coman algo en el hotel o en sus alrededores porque el recorrido no prevé la parada en cafeterías o restaurantes.
Aún aturdido por la alegría de encontrarme en la ciudad de mis sueños, subí a la habitación, coloqué la ropa en el armario, me puse una chaqueta abrigada y bajé al primer piso a buscar algo de comer. Coincidí con mis familiares en ir a un sitio donde vendieran emparedados, pero lo más asequible que encontramos fue un MacDonald’s. Pedimos hamburguesas.
A las siete y treinta de la noche todos los integrantes del grupo estábamos dentro del autobús.
—Partimos ya a cumplir el recorrido. Más adelante recogeremos al guía local —anunció la guía.
A pesar de la oscuridad y de la rapidez con la cual avanzó el automotor, estuve muy pendiente para captar, desde la ventanilla, los detalles de la ciudad. El tráfico era fluido, mas no congestionado, los establecimientos comerciales estaban abiertos, numerosos peatones circulaban por las aceras.

En algún momento el autobús se detuvo e ingresó el guía local. Era un hombre de unos 45 años, estatura mediana, robusto, de chivera bien cuidada, con voz grave, de verbo fácil y emotivo. Comenzó diciendo que París databa del año 58 antes de Cristo, cuando los romanos construyeron un reducto en una isla situada en medio del río Sena llamada Lutecia, que en lengua celta significa “habitación en medio de las aguas”. Ese paraje se conoce como la Ile de la cité. Explicó que la París de hoy tiene una estructura urbanística definida por el varón George Haussmann, quien desde el cargo de prefecto del Sena sacó a la ciudad del caos en que se encontraba y entre 1853 y 1870 la transformó, dándole una estructura radial en torno a monumentos centrales, privilegiando los bulevares e integrándola a otros estilos. Explicó que las gentes y autoridades de París son conscientes de su riqueza y prestancia arquitectónicas y por eso la cuidan. Se ha convertido en atracción turística mundial que genera muchas divisas.
—Una de las estrategias para mantener bella y seductora a la ciudad es la iluminación nocturna que están observando.
Siguió hablando de la historia y características de París. De pronto anunció:
—El autobús se va a detener y haremos aquí una parada. Miren a la derecha.
Dirigimos la vista hacia donde nos señaló y de inmediato se produjo una explosión de júbilo entre nosotros. Hubo gritos de perplejidad, entusiasmo y alegría. ¿Cuál fue la razón? Vimos, esplendorosa e iluminada, la torre Eiffel.
—Este sitio se llama Trocadero. En media hora debemos estar de nuevo en el bus para continuar nuestra ruta nocturna.
Casi en estampida salimos hacia el mirador. Los latidos del corazón se me aceleraron.

Faltaba un cuarto para las nueve de la noche. En medio de una multitud de turistas, con mis parientes buscamos un sitio dónde ubicarnos. Tuve que respirar profundo, intentar serenarme y así dominar el temblor de las manos que me impedía mantener estable la cámara para tomar fotografías.
Con el fondo negro de la noche, la torre se levantaba brillante, luminosa, imponente. La sentí acogedora y hasta creí que me acariciaba el alma. No la percibí como un monumento de estructuras metálicas inertes, sino como la personificación del genio artístico e industrioso del ser humano, que genera emociones vibrantes. Esos minutos de contemplación se convirtieron, para mí, en momentos de fascinación y goce espiritual.
Una vez los integrantes del grupo volvimos al autobús, se reinició el recorrido. Me llamó la atención la iluminación de las calles. Parecía que fuera Navidad. Las fachadas de los edificios y los árboles situados en la mitad y a los lados de las avenidas estaban iluminados profusamente. Las vitrinas de los almacenes lucían provocadoras decoraciones. A esa hora, nueve y media de la noche, el ritmo de la ciudad parecía lento. El número de automotores que circulaban y las gentes que transitaban era reducido con respecto al que había visto al momento de ingresar a la ciudad y luego en el desplazamiento hacia la torre Eiffel. Tuve la sensación de que París susurraba, respiraba despacio, entraba en un descanso tras la agitada actividad cotidiana, iniciada en la madrugada y culminada en las primeras horas de la noche.
Montados en el autobús, pasamos frente a íconos de la ciudad como el Teatro de la Ópera, la plaza de la Concordia, la Catedral de Notre Dame y la iglesia de la Madeleine, entre otros. También realizamos tres paradas: una en el Arco del Triunfo, otra a orillas del río Sena y una final en la plaza de Vendôme.

Durante la ruta, los faros blancos y rojos de los vehículos se entrecruzaron reflejando juguetonas y atrayentes estelas de luz cálida sobre el pavimento de las calles, que proyectaban sombras fugaces. También desfilaron ante nuestros ojos monumentos que con su permanencia a lo largo de los siglos se han convertido en testigos silenciosos de la historia. La luz que los iluminaba los mostraba solemnes, evidenciando la solidez de la piedra y el bronce, erigiéndolos en testimonio de resistencia, firmeza y permanencia.
En cada una de las tres paradas, experimenté sensaciones diversas, fuertes y vivificantes.
Frente al Arco del Triunfo recordé que su construcción fue ordenada por Napoleón Bonaparte para conmemorar las victorias militares francesas. Sentí rezumar historia, gloria y memoria. Contemplé extasiado su monumentalidad. Aprecié de cerca la piedra caliza que constituye su impresionante peso de cerca de 70 mil toneladas. Me distraje observando los maravillosos efectos de las luces doradas que bañaban a este símbolo del pasado.

En las orillas del Sena, el estético y placentero ambiente creado por el reflejo de las luces en el agua, las siluetas de la torre Eiffel y de las edificaciones vecinas, proyectadas ondulantes en el cauce, el rumor de las aguas y la intriga por descubrir el acontecer en el interior de las embarcaciones que lentas se deslizaban por allí, activó toda mi sensibilidad. En ese espacio que se me antojó romántico e irrepetible, extendí mi brazo sobre los hombros de mi esposa. Nuestros cuerpos se inclinaron uno hacia el otro. Fue un abrazo suave que reveló una cercanía magnética y profunda. Nos cruzamos miradas de felicidad. La alegría y el amor iluminaron nuestros rostros.
En la plaza Vendôme nos sorprendió el corazón de la noche parisina. Solo faltaban unos minutos para que comenzara el nuevo día. Pese a lo extensa de la jornada, no sentí cansancio. La magia de París se había constituido en un vigorizante formidable. En esta emblemática y exclusiva plaza culminó el periplo nocturno que me llevó a escenarios cercanos al éxtasis y al disfrute pleno.
De regreso al hotel, ansioso recapitulé los lugares incluidos en la agenda del día siguiente: el Palacio de Versalles, el museo de Louvre, el barrio Latino, el barrio de Montmartre, la Universidad de la Sorbona, para citar solo estos. Pensé, también, que tendría oportunidad de escuchar de labios de hablantes nativos el idioma francés, comer una baguette, degustar un croissant, montar en el Metro, comprar una bufanda, saborear un macarrón… en fin, cumplir muchos anhelos acumulados alrededor del París que desde pequeño ansiaba conocer. En la habitación, el sueño me atrapó pensando en las sorpresas que me daría París a plena luz del día.

La entrada París iluminada – Gustavo Núñez Valero #CrónicasYSemblanzas se publicó primero en Boyacá 7 Días.


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