
En Colombia, pocas cosas dicen tanto sin palabras como el trago que se sirve en una mesa. En celebraciones, reuniones sociales o encuentros casuales, el whisky suele ocupar un lugar privilegiado: es percibido como símbolo de estatus, sofisticación y, en cierta medida, de éxito. Sin embargo, detrás de esa preferencia aparentemente inocente se esconde una pregunta más profunda: ¿por qué celebramos con lo ajeno cuando tenemos tanto propio que reivindicar?
El aguardiente, muchas veces relegado a un segundo plano o asociado a lo ‘popular’, es en realidad una de las expresiones culturales más auténticas del país. No es solo una bebida alcohólica: es el resultado de procesos históricos, económicos y sociales profundamente arraigados en el territorio. A diferencia de los licores importados, su producción está ligada a las dinámicas regionales, a la caña de azúcar cultivada en distintas zonas y a las licoreras departamentales que, además, cumplen una función pública fundamental al financiar sectores como la salud y la educación.
Elegir aguardiente no es únicamente una cuestión de gusto, sino también una decisión con implicaciones simbólicas. Es reconocer que en cada botella hay una historia local, una identidad compartida y una forma de construir lo público desde lo cotidiano. Departamentos como Boyacá, con marcas que han logrado posicionarse y diferenciarse, demuestran que el aguardiente no es homogéneo, sino diverso, con matices que reflejan la riqueza cultural del país.
Mientras tanto, en otras latitudes, bebidas tradicionales como el tequila o el mezcal han sido elevadas a símbolos de orgullo nacional. Son defendidas, promovidas y consumidas con conciencia de su valor cultural. En Colombia, en cambio, pareciera persistir una lógica en la que lo extranjero se asocia automáticamente con mayor prestigio, relegando lo propio a un plano secundario. Esta tensión no es menor: revela una relación ambivalente con nuestra identidad y una dificultad para reconocer el valor de lo que producimos.
Reivindicar el aguardiente no implica rechazar otras bebidas, sino cuestionar las jerarquías culturales que hemos naturalizado. Implica, en última instancia, preguntarnos qué significa celebrar y con qué queremos hacerlo. Porque cada brindis, por pequeño que parezca, es también una forma de decir quiénes somos y qué valoramos.
Tal vez ha llegado el momento de que, en lugar de buscar validación en lo importado, empecemos a brindar con lo que nos representa. No por imposición ni por nacionalismo vacío, sino por convicción. Porque en un país que aún busca consolidar su identidad, incluso un trago puede ser un acto de afirmación.
La entrada Brindar por lo propio: una defensa del aguardiente – Cristian Morales Reyes #ColumnistaInvitado se publicó primero en Boyacá 7 Días.










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