
Hay ideas que parecen contraintuitivas, hasta que los datos las hacen inevitables.
En 1906, el estadístico Francis Galton presenció un experimento en una feria pueblerina: cientos de personas intentaban adivinar el peso de un buey. Ninguna acertó de forma individual. Pero cuando se promediaron todas las respuestas, el resultado colectivo fue casi exacto. Había nacido, sin saberlo, uno de los fundamentos de la inteligencia colectiva: los errores individuales pueden cancelarse entre sí, produciendo una estimación sorprendentemente precisa.

Video del experimento social en Floridablanca Santander: https://www.youtube.com/watch?v=FmH9WDsehhc
En el año 2016 aplicando el mismo principio, nos atrevimos a crear la primera red social municipal del país en el municipio de Floridablanca, Santander. Lo que buscábamos era conectar a la administración municipal con la ciudadanía, salimos a la calle a preguntarle a la gente cuántos pimpones contenía una urna de vidrio como campaña de expectativa, y para sorpresa nuestra el experimento de Francis Galton había tomado vida 110 años después, resultó sorprendente ver el resultado, más de 700 personas entre niños y adultos de diferentes lugares del municipio acertaron el número exacto de pimpones en la urna con un margen de error del 1.5%.
¿Y si todos tenemos la razón?
Más de un siglo después, ese principio no solo sigue vigente: se ha potenciado. Hoy millones de personas están conectadas en tiempo real. Ya no hablamos de 800 participantes en una feria, sino de comunidades enteras interactuando simultáneamente. La pregunta es evidente: si esa inteligencia colectiva existe, ¿por qué no la estamos usando para tomar decisiones públicas?
Desde Redmocracia se han desarrollado pilotos mundialmente documentados, como el Plebiscito Digital (Cumbre Mundial de Gobierno 2017) con colombianos en el exterior y con comunidades locales como Floridablanca, Santander con www.mifloridablanca.com (OCDE 2019), explorando una idea simple pero poderosa: convertir la participación digital en decisión estructurada. No se trata de encuestas tradicionales, ni de opiniones aisladas. Se trata de diseñar mecanismos donde múltiples ciudadanos puedan deliberar, proponer y decidir, bajo reglas claras y con trazabilidad.
Lo interesante de estos ejercicios no fue solo el resultado y los aprendizajes que nos dejaron, sino el comportamiento de la gente. Cuando las personas participaban en entornos donde saben que su voz cuenta, la calidad de la discusión cambió. Se redujo el ruido, aumentó la argumentación y apareció algo que rara vez vemos en redes sociales: construcción colectiva. Es el mismo principio de Galton, pero aplicado a lo público: no importa tanto quién tiene la razón, sino cómo el conjunto de la participación se acerca a una mejor decisión.
Las redes sociales actuales están diseñadas para maximizar la interacción, no necesariamente la inteligencia. Premian la reacción rápida, la emoción y la polarización. En ese entorno, la inteligencia colectiva no desaparece, pero se distorsiona: se fragmenta. Cada grupo cree tener la razón porque solo ve una parte del todo.
Un país con millones de ciudadanos dentro y fuera del territorio está hoy conectado digitalmente, pero desconectado institucionalmente. Colombianos en el exterior que opinan, debaten y se informan… pero que rara vez inciden de forma continua en las decisiones públicas. ¿Y si esa energía pudiera canalizarse? ¿Y si esa inteligencia colectiva se organizara?
Por eso los pilotos importan. Por eso la innovación pública importa. Porque permiten probar algo distinto: espacios donde la información no está filtrada por algoritmos opacos, donde la participación no es solo comentario sino incidencia, y donde la tecnología puede garantizar transparencia en lugar de manipulación. Es un cambio de lógica: pasar de redes sociales a sistemas de decisión.
En ambos casos, el principal problema ha sido la identidad digital de los usuarios: la suplantación de identidad y la proliferación de perfiles falsos, algo que ya conocemos bien en las grandes plataformas tecnológicas. La vulnerabilidad más explotada durante el último siglo «especialmente en Internet» ha sido, precisamente, la identidad humana.
Las grandes corporaciones lo saben; sin embargo, también son conscientes de que, al ofrecer sistemas de identidad digital en sus infraestructuras digitales, podrían estar interviniendo políticamente, la gente podría votar en línea. Es en este punto donde las comunidades que promovemos el libre acceso a Internet debemos hacer un alto en el camino y abrir un debate fundamental: ¿cuál es la diferencia entre verificar a una persona dentro de un sistema informático y garantizar el derecho a usar una tecnología?
El paso que debemos dar como sociedad conectada es avanzar hacia el reconocimiento de los derechos humanos también en entornos digitales, de modo que estos nos amparen por defecto a todos.
No estamos hablando de reemplazar la democracia representativa. Estamos hablando de complementarla, ampliarla, hacerla más inteligente. Porque, al final, la democracia no es solo contar votos: es procesar conocimiento social.
Y tal vez ahí está la verdadera revolución de internet: entender que la ciudadanía no es solo un conjunto de individuos aislados, sino un sistema capaz de pensar colectivamente.
- Galton lo vio en un buey.
- Nosotros lo estamos viendo en una sociedad conectada con el tracking de Redmocracia.
La pregunta ya no es si la inteligencia colectiva existe.
La pregunta es si estamos listos para confiar en ella.
Con el
por Redmocracia. 



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