
Hay dos formas de entender el poder en el mundo actual. Una ya la conocemos. La otra la estamos viviendo.
El viejo poder funciona como una divisa: se acumula, se guarda y se protege. Está en pocas manos, baja en línea vertical y decide por los demás. Es cerrado, jerárquico y controlado. Lo vimos durante décadas en la política tradicional, en los medios de comunicación, en los bancos y en muchas instituciones donde unos pocos hablan y millones escuchan.
El nuevo poder, en cambio, se parece más a una cuenta de usuario: no se posee, se activa. No se concentra, se construye entre muchos. No se impone, se comparte. Es abierto, colaborativo y coordinado por pares. Aquí no hay un solo líder: hay redes de ciudadanos participando, creando y decidiendo.
La diferencia es clara cuando la llevamos a la vida cotidiana. Antes, usted prendía la radio y escuchaba, recibía bajo su puerta el periódico cada domingo. Hoy, usted publica, comenta, comparte y genera conversación que antes era de pocos a muchos y hoy es de muchos a muchos.
Antes, los partidos políticos hablaban. Hoy, los ciudadanos responden en tiempo real. Antes, el poder informaba. Hoy, el poder también reacciona.
El nuevo poder no es automáticamente bueno. Tampoco es inevitable. Puede construir inteligencia colectiva… o amplificar la desinformación. Puede abrir la participación… o radicalizar a la sociedad. Todo depende de cómo lo usemos.
Y aquí entra una discusión clave que muchas veces pasa desapercibida: las bases de datos.
El viejo poder funciona sobre bases de datos centralizadas: una empresa, un gobierno o una plataforma controla la información, define las reglas y se queda con el valor generado. El nuevo poder, en cambio, abre la puerta a bases de datos descentralizadas, donde la información no pertenece a un solo actor, sino a la red que la construye.

Uber nació como un modelo de nuevo poder: conecta a conductores y usuarios, permite que miles de personas participen y genera una red cada vez más grande. Pero en el fondo, sigue operando como viejo poder: la plataforma controla los datos, define las tarifas y toma las decisiones. Los conductores construyen el valor… pero no son dueños del sistema.
Ahora imagine otro escenario: un “Uber” donde la plataforma (la base de datos) no pertenece a una empresa, sino a los mismos conductores. Donde las reglas se deciden colectivamente, donde los ingresos se distribuyen de forma transparente y donde la información no está centralizada en una sola compañía. Eso ya no es solo tecnología. Eso es un cambio en la lógica del poder, eso es Blockchain.
Ese es el tipo de discusión que empieza a abrir la descentralización. Y no es un tema lejano. Es el mismo debate que veremos en la política, en la economía y en la democracia.
Porque el nuevo poder no solo transforma cómo nos comunicamos. Transforma quién decide. Sin embargo, hay una tensión que no podemos ignorar. Muchas plataformas que nacieron como nuevo poder hoy se parecen cada vez más al viejo poder. Redes sociales, aplicaciones y servicios que empezaron abiertos, terminan concentrando datos, control y decisiones. Es una especie de “recaída”: el sistema absorbe la innovación.
La política también lo está viviendo. Campañas que nacen desde la participación ciudadana, pero que al llegar al poder gobiernan de forma tradicional. Discursos abiertos… con estructuras cerradas. Participación en campaña… centralización en gobierno, ahí está el verdadero reto, eso es www.redmocracia.org.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿El nuevo poder está cambiando las reglas… o simplemente está cambiando los jugadores? La respuesta no es simple. Estamos en una transición.
El nuevo poder es extraordinario para movilizar personas. Lo vimos en campañas, en movimientos sociales, en redes. Pero todavía está aprendiendo a gobernar, a sostener procesos, a convertirse en institución sin perder su esencia.
Y aquí está la clave: el nuevo poder nace y se mantiene por la experiencia del usuario. Cuando una persona siente que participa, quiere seguir participando. Cuando siente que su voz cuenta, no vuelve fácilmente al silencio.
Por eso esta no es solo una discusión tecnológica. Es una discusión cultural y política. El viejo poder controla. El nuevo poder conecta. Pero el verdadero cambio ocurre cuando esa conexión se convierte en organización, y la organización en decisiones reales.
Porque al final, el futuro no depende de las plataformas. Depende de nosotros. De si seguimos siendo usuarios… o nos convertimos en verdaderos participantes del poder.
En los contratos y en las leyes si instauran cláusulas y en el software funciones.
Hay que diferenciar entre verificar a una persona/identidad en un sistema informático y verificar el «derecho» a usar una tecnología. -Edward Snowden-
Con el
por Redmocracia.
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