
No es en Boyacá, pero sí ayuda a entender el tiempo político que vivimos: campañas superficiales, poder concentrado y cada vez menos contacto real con la gente.
Para muchos, ese fue el eslogan más exitoso de esta campaña al Congreso y eso ya dice bastante, Pechy Player, el influencer costeño convertido en candidato al Senado, entendió mejor que muchos políticos de oficio la regla de esta época: en campaña ya no siempre gana el que mejor piensa, sino el que mejor circula, el que más llama la atención. Su jingle, vulgar, pero eficaz, resumió la degradación del debate público en una frase pegajosa, fácil de repetir y hecha a la medida del algoritmo que además de todo se convirtió en el éxito del reciente Carnaval de Barranquilla.
Pero el verdadero problema de la política moderna no son los candidatos como el Pechy: es lo que está pasando con los electores y es que, por ejemplo, en Boyacá también terminó imponiéndose una campaña cada vez menos política y cada vez más digital, más breve, más superficial y más obediente a la lógica de la pantalla del entretenimiento. A un día de las elecciones del 8 de marzo, el balance es desalentador en un departamento con seis curules en disputa para la Cámara y 54 aspirantes; vimos más piezas para redes que propuestas de fondo, más producción de personaje que construcción de liderazgo, más obsesión por el alcance ola ¨viralidad¨ que por la conversación real.
Boyacá, que fue tierra de política en plaza pública, en mercados, en salones comunales y conversación directa, también cayó en la política vertical del video corto. El candidato ya no va a escuchar a la gente, va a grabarse, ya no va a debatir, va a posar para la foto del estado, ya no busca convencer, busca volverse visible y ojala viral. La política dejó de ser un ejercicio de presencia y se volvió una competencia por la atención y cuando la atención manda, la profundidad estorba, entonces aparecen los candidatos que cantan, bailan, actúan, improvisan chistes y se fabrican un personaje porque entendieron que, en este ecosistema la seriedad y la responsabilidad no viraliza.
Pero sería ingenuo creer que todo se dañó por culpa de las redes; el algoritmo no reemplazó una democracia sana, llegó a rematar una política que ya venía secuestrada por las cúpulas. En Boyacá una de las conclusiones más amargas de esta campaña es que la discusión pública no la ordenó el ciudadano sino la arquitectura cerrada del poder, quién recibió aval, quién quedó bien ubicado, quién entró a la lista con opción real y quién fue un simple ¨relleno electoral¨. Esta dictadura ya no siempre opera en la urna, opera antes en la confección de las listas.
A eso se suma otro deterioro todavía más grave: las pocas reuniones presenciales que sobreviven ya no suelen parecerse al encuentro libre entre candidato y elector, sino al viejo ritual de la presión burocrática. No es política viva, es una máquina; en Boyacá existen antecedentes públicos de denuncias sobre presunta presión a contratistas de la Gobernación y de otras entidades para asistir a reuniones políticas y votar por candidatos del partido de Gobierno, esta misma semana la MOE volvió a alertar en el país sobre reportes de presiones a contratistas de cara a las elecciones del 8 de marzo. No hace falta exagerar para entender el problema: cuando la presencialidad no nace de la convicción sino del miedo a perder el contrato, eso ya no es democracia, es sin duda otra cosa.
Y en Boyacá ese riesgo se vuelve más delicado por la concentración del poder, sumando el ciclo Amaya-Barragán-Amaya, la corriente política dominante asociada a la Alianza Verde gobierna el departamento desde el 2016 y completará doce años continuos en el Palacio de la Torre en el 2027. Esa continuidad puede venderse como estabilidad, pero también puede leerse como hegemonía perversa porque quien controla durante tanto tiempo la Gobernación no solo administra el presupuesto y la visibilidad institucional, administra también una enorme capacidad de influencia política sobre alcaldes, contratistas, liderazgos locales y estructuras territoriales, incluso empresas privadas, que la convierten en el mayor empleador del departamento.
Ese es, al final, el verdadero retrato de esta campaña en Boyacá: listas definidas por pocos, campañas libradas en la pantalla y sin presencialidad ni propuestas de los candidatos de carne y hueso y en donde el voto se obtiene más por la presión que por convicción y como si hiciera falta una prueba más de esa concentración de poder, ahí está la candidatura de John Amaya, hermano del gobernador, impulsada por la misma estructura política que hoy domina la Gobernación y buena parte del mapa regional, todo indica que podría convertirse en una de las mayores votaciones boyacenses al Senado, no por una trayectoria electoral propia que explique por sí sola ese tamaño de respaldo, sino por la fuerza de un aparato que hace años aprendió a convertir el poder en votos.
Mañana iremos a las urnas, sí, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: si de verdad estamos eligiendo libremente a nuestros representantes, o si apenas estamos refrendando un sistema que primero cerró las opciones y después nos entretuvo para que no lo notáramos y validáramos en los tarjetones sus deseos.
La entrada ‘Si quiere que cambie esta verga… vote por el Pechy Player’ – Bernardo Umbarila #ColumnistaInvitado se publicó primero en Boyacá 7 Días.
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