
Hace unos días estaba sentada en un café observando a las personas. No es un ejercicio nuevo para mí: mirar a los otros siempre ha sido una manera particular de entender la realidad, pero esa tarde algo me llamó la atención. En varias mesas había parejas. Estaban juntas, pero no parecían realmente estar pues cada uno tenía el rostro inclinado hacia su celular. A ratos intercambiaban algunas palabras, y luego regresaban al llamativo brillo de la pantalla.
No pude evitar preguntarme en qué momento empezamos a distanciarnos del contacto humano; el miedo a sentir de verdad.
Tal vez el problema no es que no deseemos amar o vincularnos. El problema es el riesgo que implica hacerlo. Sentir de verdad supone exponerse, desnudarse: significa aceptar la posibilidad de la pérdida, el rechazo, o la decepción. Y en una época que nos ha acostumbrado a cambiarlo todo con un clic —una canción, una película, incluso las conversaciones en las redes sociales— también se tratan los vínculos humanos como si fueran objetos reemplazables.
El sociólogo Zygmunt Bauman lo llamó en su libro Amor líquido una forma de relación propia de la modernidad: vínculos frágiles, ligeros, siempre listos para deshacerse antes de que duelan demasiado. Amores que no quieren pesar, afectos que prefieren no profundizar demasiado para evitar el riesgo de romperse. Sin embargo, mientras observaba ese café lleno de conversaciones interrumpidas por pantallas, pensé que el problema no es solo la fragilidad del amor. También es el silencio que crece alrededor de lo que sentimos.
Callamos cuando algo nos duele para no parecer intensos. Callamos cuando alguien nos importa demasiado para no asustarlo. Callamos cuando necesitamos cercanía porque tememos parecer dependientes. Y así, poco a poco, el silencio se instala entre las personas como una forma elegante de distanciamiento.
Recuerdo una conversación con un amigo hace algún tiempo. Hablábamos de una relación que había terminado sin explicaciones claras. “Tal vez ninguno quiso decir lo que realmente sentía”, me dijo. Y mientras le prestaba atención pensé que quizá ese es uno de los dramas silenciosos de nuestra época: muchas relaciones no se rompen por falta de amor, sino por miedo a nombrarlo.
Entonces, el miedo a sentir termina produciendo otra forma de fragilidad: la indiferencia, pero de manera sutil. Una indiferencia que se esconde detrás de frases prudentes, de silencios incómodos, de distancias cuidadosamente administradas. Un escape que nos permite protegernos del dolor, pero que también nos priva de la profundidad de los encuentros humanos.
Por eso cada vez que alguien habla con honestidad, y se atreve a decir: “esto me importa”, “esto me duele”, “esto me conmueve”, ocurre algo extraño: el mundo parece detenerse un momento. Como si en medio de tanta cautela emocional apareciera, de pronto, un gesto nuevamente humano, un acto de valentía.
Y tal vez, en estos tiempos de vínculos líquidos y silencios prudentes, la verdadera resistencia no consiste en protegerse más, sino en volver a arriesgar la palabra y el afecto. En recordar que los vínculos humanos no se sostienen en la comodidad de la distancia, sino en la incomodidad necesaria de decir lo que realmente sentimos.
La entrada Porque sentir sigue siendo un acto valiente se publicó primero en Boyacá 7 Días.


![[Infografía] Los líderes de Irán que han muerto durante los ataques de EE. UU. e Israel](https://www.ondasdelporvenir.com/wp-content/uploads/2026/03/Infografia-36-YWD1OY-1080x675.jpg)








0 comentarios