Por quién debería votar Boyacá (si de verdad quisiera cambiar algo) – Cristian Morales Reyes #ColumnistaInvitado

domingo 1 de febrero de 2026, 8:00 am

De la Espriella: el outsider que no puede ser Trump

Cada elección legislativa en Boyacá tiene algo en común: vuelven los mismos apellidos, aparecen caras nuevas con afiches impecables y no faltan quienes prometen “traer recursos” y “gestionar obras” como si el Congreso fuera una secretaría de Infraestructura.

En ese ambiente es fácil que muchos ciudadanos busquen una referencia para saber por quién “debería votar Boyacá” en el 2026. Y sí, existe un tipo de candidato que merece atención.

Como primer aspecto, y a manera de salvedad que es importante dejar de precedente, hace poco recorrí las carreteras del departamento y observé una infinidad de vallas publicitarias de aspirantes tanto a la Cámara como al Senado. Y es sobre estos últimos que quiero hacer una advertencia: Boyacá debe votar por quienes realmente representen los intereses del departamento y de su población. Cada temporada electoral aparecen candidatos que, si bien nacieron en Boyacá, hicieron su carrera política en otros territorios y hoy intentan aferrarse a unas supuestas raíces “boyacenses”. Raíces que poco se han visto cuando se ha tratado de aportar al desarrollo del departamento, pero que curiosamente resurgen cuando necesitan el voto.

No es un fenómeno nuevo, pero sí un recordatorio de cómo el origen territorial se ha usado más como estrategia de campaña que como compromiso real con la región.

En contraste, el tipo de candidato que Boyacá debería llevar al Congreso no grita, no promete imposibles y mucho menos confunde la gestión pública con la gestión electoral. Normalmente tiene una trayectoria que dialoga con los temas nacionales, pero sin dejar de entender las realidades provinciales: desde la ruralidad de la provincia Centro, el dinamismo empresarial de Duitama y Sogamoso, hasta los desafíos de conectividad y servicios en Occidente y Lengupá. Ese es el perfil que Boyacá debería llevar al Congreso si en verdad quisiera mover la aguja.

¿Y cómo se reconoce? Primero, por la coherencia entre lo que ha hecho y lo que dice. No se trata de elegir a alguien solo por ser “muy de aquí” o “muy conocido”, sino porque su experiencia lo cualifica para legislar. El Congreso exige entender políticas públicas, no solo asistir a debates o repetir consignas.

Segundo, por la capacidad programática. Si un candidato promete pavimentar vías veredales, construir hospitales en cada municipio o gestionar cupos educativos desde el Capitolio, más que ilusión genera duda. Esas son funciones ejecutivas, no legislativas. La confusión del rol, en Boyacá, ha servido para perpetuar frustraciones y clientelas durante años.

Tercero, por el compromiso con la transparencia. Boyacá conoce bien los efectos de la política hecha a puerta cerrada: pactos familiares, organizaciones con intereses económicos, cuotas en entidades descentralizadas y esa lógica de “yo pongo el voto, usted pone el contrato”. Un candidato dispuesto a publicar su agenda, sus votaciones y sus financistas, generalmente no le debe favores a nadie.

Cuarto, por su independencia frente a maquinarias y grupos de presión. En Boyacá esto es clave: abundan los aspirantes que llegan al Congreso como extensión de un clan, de un sector económico, de un alcalde o de un partido que solo necesita la curul para negociar burocracia en Bogotá. El elector debería preguntarse no solo quién es el candidato, sino quién lo sostiene.

Quinto, por su vocación legislativa. Boyacá necesita congresistas que entiendan desde la transición energética hasta las discusiones sobre justicia, agro, minería responsable, movilidad regional y protección del agua. La representatividad territorial importa, sí, pero sin capacidad nacional, el departamento se queda por fuera de las grandes discusiones.

Ahora, si este fuese el candidato que todos tuviéramos al frente, decidir sería fácil.

Pero la oferta en Boyacá 2026 es más compleja: apellidos que vuelven, caras nuevas que responden a viejas estructuras, listas cerradas que resuelven problemas internos de partido pero no los de representación ciudadana, y discursos que venden “gestión” porque asumir el rol legislativo no da votos.

Por eso, antes de votar por un nombre, vale más votar por un método de selección. Ese método en Boyacá puede resumirse en seis preguntas simples:

¿Qué ha hecho antes que lo cualifique para legislar?

¿Sus propuestas son viables desde el Congreso?

¿Quién financia su campaña y qué intereses representa?

¿Rinde cuentas y publica información sobre su trabajo?

¿Tiene independencia frente a maquinarias y favores?

¿Entiende a Boyacá pero piensa en clave de país?

Con eso, el elector pasa de ser receptor pasivo a curador de representación, algo que Boyacá necesita más que nunca en el 2026.

Porque al final —y aquí está lo esencial— es el elector, no los partidos ni los columnistas, quien decide de acuerdo con sus intereses, valores y prioridades qué tipo de país quiere construir y a quién merece darle su representación en el Congreso.

Y así debería ser siempre en democracia.

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