No era porque no supiera, era porque lo sabía

martes 31 de marzo de 2026, 7:00 am

Hay textos que nos conmueven y otros que nos confrontan. El de Lacordaire, tantas veces repetido en la tradición dominicana, pertenece a ambas categorías. Allí se afirma que la vida religiosa es conforme a la naturaleza, a la inteligencia y al fin de quien la abraza. Sin embargo, esa afirmación, que alguna vez fue convicción viva, hoy parece haberse convertido en una frase bonita, más cercana a la nostalgia que a la realidad cotidiana del presbiterio.

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿sigue siendo la vida presbiteral conforme a la naturaleza, a la inteligencia y al fin de quienes la asumieron? La realidad sugiere que no siempre. Y cuando esa armonía se rompe, aparecen el cansancio, la frustración, la soledad y, en no pocos casos, el abandono del ministerio.

Las cifras son elocuentes. Estudios eclesiales han señalado que cada año un porcentaje del clero deja el sacerdocio y que una proporción significativa corresponde a sacerdotes jóvenes. Entre las causas más recurrentes aparecen la falta de realización personal y la soledad afectiva. No se trata solo de la ausencia de vínculos sentimentales, sino de la falta de acompañamiento fraterno, del aislamiento pastoral y de relaciones institucionales distantes.

Más preocupante aún es que estos abandonos no suelen originarse en la formación inicial, sino en la vida ministerial posterior. Es allí donde emergen tensiones no resueltas: hiperresponsabilidad pastoral, agotamiento emocional, vínculos frágiles, expectativas irreales y una espiritualidad que, en ocasiones, se reduce al cumplimiento mecánico de funciones u horarios para la oración. La fatiga del corazón —como la describe un documento reciente del episcopado colombiano— no se cura con más actividades, sino con una reconciliación profunda consigo mismo y con Dios.

Pero hay aspectos que rara vez se mencionan y que también hacen parte de esta crisis: los vicios, las dependencias, la pornografía, el alcohol, la soledad emocional mal gestionada y la emergente aparición de drogadicción. No son casos aislados; son síntomas de una fragilidad afectiva que el presbítero, muchas veces, no puede reconocer porque ha sido formado para sostener a otros, no para pedir ayuda.

A esto se suma un cambio cultural profundo. Vivimos en la lógica de lo transitorio: relaciones frágiles, compromisos temporales, identidades móviles. Esa cultura no deja intacto al presbítero. La inconsistencia vocacional, la búsqueda de aprobación, el clientelismo pastoral y el miedo a perder cargos son manifestaciones de una crisis más amplia: la pérdida de convicciones profundas.

No es fácil escribir esta columna, pero sé que es profundamente necesario para que en este tiempo de Semana Santa no nos conformemos con ir a las celebraciones, quizá hay que ver con mucha empatía a los sacerdotes.

No sería justo cargar la responsabilidad únicamente en los seminarios. El problema comienza antes: en las familias fragmentadas, en procesos vocacionales débiles, en la ausencia de acompañamiento humano real. La promoción vocacional no puede ser una búsqueda ansiosa de candidatos; debe ser un discernimiento serio, exigente y honesto.

El camino, sin embargo, no está cerrado. La misma reflexión eclesial apunta a cuatro dimensiones imprescindibles: formación humana que integre la historia personal, formación espiritual auténtica, formación intelectual crítica frente al mundo actual y formación pastoral que enseñe a caminar con otros. No se trata de reformar estructuras únicamente, sino de reconstruir la vida presbiteral desde su humanidad.

Tal vez por eso la pregunta final resulta decisiva: ¿por qué se hicieron sacerdotes? ¿Por conformidad con la naturaleza, la inteligencia y el fin? ¿O por otras razones menos claras, menos profundas, más circunstanciales? Un viejo sacerdote, muy conocido en Tunja, monseñor Monastoque, respondió una vez con honestidad desarmante en uno de sus más famosos poemas:

“¿Por qué me hice cura? No fue porque no supiera, era porque lo sabía”.

Allí está el núcleo del problema. La vocación auténtica nace de la lucidez, no de la evasión; de la convicción, no de la costumbre; de la libertad, no de la inercia.

La Iglesia necesita hablar con valentía de la realidad de sus presbíteros. No para juzgar, sino para acompañar. No para señalar, sino para sanar. Porque detrás de cada sotana hay una historia humana que también necesita ser escuchada. Y porque el futuro del ministerio no dependerá solo de nuevas vocaciones, sino de la capacidad de cuidar a quienes ya han respondido, incluso si ellos deciden abandonar el ministerio.

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