
La moto era tan pequeña que parecía un chiste. De esas que uno imagina para que los niños jueguen a ser adultos. Me dijeron que me subiera, que girara el acelerador despacio y que no pensara demasiado. Pensar, al parecer, es una forma elegante de caerse. Yo pensé mucho. Pensé en el peso del cuerpo, en el suelo, en el ridículo. Pensé en todo menos en avanzar, que era lo único que había que hacer.
Aquí las motos están en todas partes. Son parte del paisaje, como los semáforos o las bolsas de plástico flotando en el aire. Nadie habla de ellas porque funcionan. Nadie escribe artículos sobre cómo millones de personas se mueven todos los días sin épica. Y quizá por eso aprender a montar una resulta tan extraño: no hay relato. Solo equilibrio. O su ausencia.
La primera vez avancé dos metros y frené, como si hubiera llegado a algún sitio importante. El cuerpo, acostumbrado a obedecer señales invisibles, buscó una orden externa: un aplauso, un permiso, una mirada que dijera “ya puedes”. No llegó nada. La calle no valida. La calle solo continúa. Así que volví a acelerar, esta vez un poco más, y descubrí algo decepcionante: no pasó nada. El mundo no se alteró. El cielo siguió en su sitio.
Mientras daba vueltas sin destino, pensé en lo mucho que confiamos en la inmovilidad para sentirnos a salvo. Como si quedarse quieta fuera una forma de virtud. Como si el cuerpo femenino tuviera que justificarse cada vez que ocupa espacio, cada vez que se mueve con demasiada decisión. Hay lugares —no lejanos en el tiempo ni en el mapa— donde una mujer no puede subirse a una moto, aunque sepa hacerlo. No porque la moto sea peligrosa, sino porque el movimiento lo es. El problema nunca han sido las ruedas.
Lo curioso es que esas prohibiciones no suelen presentarse como castigo, sino como cuidado. Te dicen que es por tu bien, por tu seguridad, por el orden natural de las cosas. Igual que yo, que frenaba a los dos metros convencida de que algo malo iba a ocurrir si seguía. Nadie me había prohibido avanzar. Me había prohibido sola, con una eficacia admirable.
La moto, en cambio, no tenía opinión. No distinguía entre cuerpos autorizados y cuerpos dudosos. Si giraba el acelerador, avanzaba. Si dudaba, se tambaleaba. Era una lógica sencilla, que dejaba en evidencia la complejidad absurda de muchas normas humanas. Pensé que quizá por eso a algunas sociedades les incomoda tanto ver a una mujer conduciendo: porque reduce el discurso a un gesto. Porque demuestra que no hacía falta tanta explicación.
Después de un rato, el miedo se volvió administrativo. Seguía ahí, pero había aprendido a sentarse en el asiento de atrás. El cuerpo empezó a hacer lo suyo sin consultarme. Yo, que siempre he desconfiado de las máquinas, descubrí que también se puede confiar un poco en una misma. Fue una revelación modesta.
Cuando me bajé, nadie me felicitó. Tampoco era necesario. Había aprendido algo más útil que montar una moto: había aprendido que muchas de las prohibiciones más eficaces no vienen escritas en ninguna ley. Se instalan como hábitos, como frenos automáticos, como esa primera parada absurda a los dos metros. Y que a veces basta con no frenar para desmentirlas.
Guardé el casco y sentí algo que no esperaba: que el mundo a veces funciona mejor de lo que creemos, cuando dejamos de pedir instrucciones para todo. Que hay gestos cotidianos —avanzar, ocupar un carril, no bajarse—que hablan más que cualquier consigna. Y que la libertad rara vez se siente como una conquista: es la leve sorpresa de no haberse caído.
En Arabia Saudita, hasta 2018, las mujeres no podían conducir legalmente, la prohibición más conocida del mundo moderno. Algunas activistas que habían exigido ese derecho fueron arrestadas y detenidas. En Afganistán, bajo el régimen talibán desde 2021, las mujeres tienen prohibido montar bicicletas y motocicletas y su movilidad está severamente restringida; en general, no pueden viajar sin un tutor masculino y enfrentan limitaciones para la mayoría de actividades públicas.
Me bajé de la moto y respiré. Ellas todavía esperan. ¿Respiran acaso?
Desde el otro lado del mundo, donde el sol sale cuando allá se pone.
La entrada Manual breve para no caerse – Sua Melissa Rodríguez Sanya #ColumnistaInvitada se publicó primero en Boyacá 7 Días.






![[Infografía] El Supremo de Panamá declara inconstitucional contrato con operador hongkonés de puertos](https://www.ondasdelporvenir.com/wp-content/uploads/2026/02/infografiaa-1-cplPIN.jpg)



0 comentarios