La risa: el mejor antídoto para lo políticamente correcto

jueves 9 de abril de 2026, 7:00 am

La risa, cuando es auténtica, no es un simple gesto: es una forma de conocimiento. En un mundo que insiste en la solemnidad, reír puede convertirse en un acto profundamente subversivo. Ya lo sugería Umberto Eco en El nombre de la rosa, donde la risa no solo es sospechosa, sino peligrosa. En aquella abadía medieval, el humor era visto como una grieta en el orden, una amenaza para la verdad absoluta. Reír, allí, implicaba cuestionar. Y tal vez sigue siendo así.

Asistí recientemente a un stand up comedy del comediante colombiano Culotauro, que me permitió experimentar esa dimensión liberadora de la risa. No fue una risa ligera ni superficial. Su humor —negro, incómodo, incisivo— se movía en los filos de lo políticamente correcto, desnudando verdades cotidianas que muchas veces preferimos ignorar. Durante toda la noche reí, pero no desde la evasión ingenua sino desde el reconocimiento. Había en cada apunte cómico una verdad que dolía y, al mismo tiempo, una sensación de sanación.

El humor negro tiene esa cualidad: no maquilla la realidad, la exagera hasta volverla evidente. En ese espejo deformado, uno termina encontrándose. Reírse de lo trágico no es frivolizarlo; es, en muchos casos, una manera de soportarlo. Mientras escuchaba al comediante, comprendí que mi risa no solo respondía al ingenio de su discurso, sino a una necesidad más íntima: la de aligerar las cargas internas, de desactivar, aunque sea por un instante, el peso de las angustias.

Eco comprendía que la risa desestabiliza porque rompe jerarquías. El sarcasmo, en particular, es una herramienta poderosa: señala, incomoda y revela. No es casual que en El nombre de la rosa el acceso al conocimiento esté mediado por el control del humor. Si las personas ríen, dejan de temer; si dejan de temer, comienzan a cuestionar. Y en ese cuestionamiento emerge una forma distinta de libertad.

Esa noche, entre carcajadas, también descubrí algo más: la posibilidad de reírme de mí misma. No desde la autocrítica destructiva, sino desde una mirada más compasiva. El humor, cuando es inteligente, no humilla: revela. Permite ver nuestras contradicciones sin necesidad de castigarnos por ellas. En ese sentido, la risa se convierte en un ejercicio de reconciliación con lo que somos, desafía el molde los establecido e incómoda a quienes han aprendido a contenerla.

Vivimos en una época saturada de discursos graves, de urgencias, de tensiones constantes, un adultocentrismo desmedido, y en medio de ese ruido, el humor —especialmente aquel que incomoda— ofrece un respiro lúcido; otra forma de enfrentar la realidad. Reír no significa negar el dolor, sino encontrar un lenguaje distinto para nombrarlo.

Quizá por eso la risa sigue siendo, como en la novela de Eco, un misterio. No puede ser completamente controlada ni domesticada. Aparece en los lugares más inesperados y, cuando lo hace, transforma. Esa noche lo entendí con claridad: reír no solo me hizo feliz, también me hizo más consciente. Y en tiempos como estos, ambas cosas resultan profundamente necesarias.

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