La élite del fútbol: cuando el poder no quiere circular – Cristian Morales Reyes #ColumnistaInvitado

domingo 15 de marzo de 2026, 8:00 am

Aristóteles decía que el ser humano es, por naturaleza, un zoon politikon. No solo porque vive en comunidad, sino porque toda forma de convivencia implica decisiones, jerarquías y disputas por el poder. Bajo esa premisa, ninguna relación humana es neutral. Ni el Estado, ni la empresa privada, ni el fútbol están fuera de la política. Allí donde hay organización, hay élites.

La teoría de élites —desarrollada por Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels— parte de una constatación incómoda: en toda organización, por más democrática que se declare, el poder tiende a concentrarse en pocos. Mosca hablaba de la “clase política”; Pareto de la circulación —o el estancamiento— de las élites; Michels formuló su célebre “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual toda organización compleja termina siendo gobernada por una minoría que aprende a perpetuarse.

Las organizaciones del sector privado en general ofrecen un ejemplo casi de manual. Con el paso del tiempo, muchas de estas transforman a sus dirigentes en élites cerradas que confunden experiencia con propiedad del poder. Los procesos de relevo generacional no se viven como evolución, sino como amenaza. La llegada de nuevos gerentes no es visto como una mejora organizacional, sino como un intruso capaz de alterar equilibrios, exponer ineficiencias y romper pactos tácitos. En ese punto, la organización deja de proteger su misión y empieza a proteger a su élite.

Algo muy similar ocurre hoy en la Federación Colombiana de Fútbol. La posible llegada de Iván Ramiro Córdoba a su presidencia no es, en esencia, una discusión deportiva. Es una disputa entre élites. Él ha manifestado en varias ocasiones su deseo de convertirse en presidente de la Federación Colombiana de Fútbol.

De un lado está una élite establecida, que durante años ha gobernado la estructura del fútbol colombiano desde la opacidad y la informalidad. Del otro, una figura que encarna la posibilidad —real o simbólica— de una circulación de élites.

Córdoba no emerge de la estructura tradicional de la Federación. No debe su capital político a los pactos internos ni a las lealtades cruzadas. Tiene formación, experiencia internacional y legitimidad propia. Desde la lógica de Pareto, representa una élite nueva intentando ingresar a un sistema que ha cerrado sus mecanismos de renovación. Desde Michels, su sola presencia amenaza el equilibrio oligárquico que garantiza la continuidad del poder.

Las reacciones, por lo demás, son previsibles y casi de manual. Primero aparece la deslegitimación técnica: “no tiene experiencia administrativa”. Luego surge la apelación al miedo colectivo: “un cambio puede poner en riesgo lo que funciona”. Finalmente llega la dilación y el desgaste. No se debate el modelo de gestión; se protege la estructura de poder. No se discute el rumbo del fútbol; se defiende el control de la organización.

Este comportamiento no es exclusivo del fútbol. Es el mismo que se observa en organizaciones privadas capturadas por sus propias élites. Allí, el desorden administrado se convierte en una herramienta política: la falta de reglas claras permite gobernar sin rendir cuentas. El orden —procesos, transparencia, profesionalización— no es neutro; es profundamente subversivo. Expone privilegios y amenaza jerarquías.

El conflicto, entonces, no es generacional en términos biológicos, sino en términos de élites. De un lado, una élite que concibe el poder como recompensa por el tiempo acumulado y como patrimonio a defender. Del otro, una visión que entiende el poder como función temporal, sujeta a resultados y control. Como advertía Mosca, las élites rara vez caen por presión externa; suelen cerrarse sobre sí mismas hasta que el entorno las vuelve irrelevantes.

La candidatura de Iván Ramiro Córdoba, prospere o no, ya cumple una función clave: actúa como una prueba de estrés para la élite que gobierna la Federación. Obliga a la organización a decidir si permite la circulación de élites o si profundiza su carácter oligárquico.

En el sector privado, las organizaciones que bloquean la renovación suelen sobrevivir durante un tiempo más, protegidas por su posición dominante. Pero tarde o temprano pagan el precio de la inmovilidad. En el caso del fútbol colombiano, el riesgo no es desaparecer. El riesgo es institucionalizar la mediocridad.

Al final, como intuía Aristóteles y confirmaron los teóricos de las élites, la política no se reduce al Estado. Está presente en toda organización donde unos pocos deciden por muchos.

La pregunta no es si Iván Ramiro Córdoba está listo para dirigir la Federación. La pregunta verdaderamente política es otra: ¿está la élite que hoy gobierna el fútbol colombiano dispuesta a dejar de gobernar?    

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