
¿En qué momento aceptamos que una alta competencia técnica basta para absolver la pobreza moral de quien la ejerce? ¿Desde cuándo el prestigio de una bata blanca, un título académico o una larga trayectoria profesional se convirtió en salvoconducto para la deshumanización, el abuso y la impunidad?
Son múltiples las fallas profundamente inhumanas que se evidencian en los comportamientos de parte del personal médico; fallas en las que no solo está en juego la vida, sino también la dignidad de quienes acuden a un servicio de salud esperando una atención integral. El paciente confía en encontrar profesionales idóneos, no solo en términos técnicos, sino también en sus prácticas éticas y humanas. Sin embargo, estos espacios que deberían encarnar el cuidado se ven empañados por una grave crisis de humanidad.
El dolor de la experiencia personal
De los recuerdos recientes más dolorosos de mi experiencia al afrontar una enfermedad, fue la atención médica deficiente e inhumana hacia el cáncer que padeció mi progenitora. En un centro cancerológico en Bogotá, mi madre no fue asistida con el debido profesionalismo. No hubo respeto ni consideración por su condición de salud y edad; la maltrataban físicamente, la gritaban y hasta cometían improperios contra ella y mi padre. En sus últimos días, en un acto de bondad, ella misma habló con médicos y enfermeros para hacerles ver su falta de empatía. Al final, los perdonó.
Abusos y acosos: el consultorio como lugar de terror
Otro tipo de vejámenes ocurren: abusos y acosos sexuales cometidos por personal médico durante la atención clínica. Muchas mujeres relatan exámenes realizados sin explicación ni autorización; procedimientos íntimos innecesarios; tocamientos que no corresponden a una valoración médica; comentarios lascivos sobre el cuerpo y miradas invasivas.
Casos como estos se presentan explícitamente en los testimonios de mujeres denunciantes en el pódcast “VosPodés” de Tatiana Franco, publicado este 28 de enero. Todo esto sucede en un contexto de claro abuso de poder, donde la paciente —vulnerable, enferma o sedada— muchas veces no se atreve a denunciar por temor o desconfianza en el sistema.
Una falla estructural
El problema de fondo no es solo individual, es estructural. Se ha construido una sociedad que idolatra la eficiencia y la autoridad técnica, pero ha descuidado la formación ética y la responsabilidad afectiva. Confundimos saber con humanidad, poder con supremacía y prestigio con virtud.
Hay que decirlo con claridad: “no toda persona competente es una buena persona”, y ninguna institución debería proteger al agresor bajo el manto del mérito profesional. La excelencia técnica sin ética no es progreso: es barbarie maquillada
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