La vida del soldado profesional sogamoseño Fabián Andrés Moreno Rodríguez estuvo marcada por su compromiso con la institución y el cariño hacia los suyos, quienes hoy evocan su paso con profunda tristeza.
Por: Nury Vargas

En la vereda Pedregal de Sogamoso, donde el verde se extiende sin prisa y el viento todavía sabe a campo, creció un niño que nunca dejó de sonreír. Fabián Andrés Moreno Rodríguez corría entre los caminos de tierra con la misma ligereza con la que abrazaba la vida. Su tía, Sandra Rodríguez, lo recuerda así, sin pausas, como si aún lo viera llegar: “él desde muy niño era una persona cariñosa, descomplicada, amorosa con toda su familia, recochero, con su sonrisa en todo momento”.
En la Institución Educativa La Independencia, allá en el Pedregal, fue ese estudiante juicioso que no hacía ruido, pero siempre estaba. Afuera del aula, la vida era otra: ayudar con el ganado, aprender del valor de lo simple, crecer entre su familia, la abuelita Florinda y las tías que lo vieron hacerse hombre sin dejar de ser niño.
Porque Fabián nunca dejó de ser ese muchacho sencillo. Desde pequeño hablaba del Ejército Nacional como quien habla de un sueño inevitable. No era una idea pasajera. Era una convicción. “Todo el tiempo vivía motivado a estar allá, a ser un profesional, a ser mejor persona, siempre fue buena persona”, recuerda su tía.
A los 18 años se fue
Dejó su ciudad, pero no sus raíces. Se puso el uniforme con orgullo y, con él, empezó a escribir otra historia: la del soldado profesional que aprendió a caminar entre la selva, a cruzar ríos con el agua al cuello y el arma apenas visible. En las fotos que alcanzaban a llegar, siempre estaba con la misma sonrisa. No importaba el cansancio, ni el silencio de los días incomunicados, ni la dureza de una zona donde la selva lo cubre todo.
Fabián tenía claro para qué luchaba. No solo era la patria; también era su hija, una niña de apenas un año, el motivo silencioso detrás de cada paso. Su trabajo no era solo un deber: era la forma de construirle un futuro.
La última llamada y el fatídico lunes
El jueves fue la última llamada. Contó que quería aprovechar el permiso, pagar un curso de conducción y aprender a manejar. Planes sencillos que hoy pesan más que nunca. La familia lo esperaba anoche.
Pero en el sur del país, este lunes 23 de marzo del 2026, en una zona donde la selva es espesa y el acceso difícil, el destino tomó otro rumbo. La aeronave en la que viajaba Fabián, un Hércules C-130 de la Fuerza Aeroespacial Colombiana (FAC), se precipitó a tierra poco después de despegar de Puerto Leguízamo. A bordo iban 128 personas.
“Muy mal, algo que uno nunca espera”, dice su tía sobre ese momento de incertidumbre. “Mucha angustia, no se sabía nada de él, todos lo esperábamos con vida”. Hasta que la noticia llegó. Y con ella el silencio.
El accidente dejó decenas de víctimas. Entre ellas, la de este joven de 27 años que salió de la ciudad de Sogamoso con un sueño claro y una sonrisa intacta. Hoy, en su barrio, en su familia y en su tierra, se habla del niño que ayudaba con el ganado y del soldado que nunca dejó de sonreír.
Redactora de Boyacá Sie7e Días
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