
La primera vez que los colombianos pudimos ver en directo por televisión el campeonato mundial de fútbol fue en 1970, cuando este se efectuó en México del 31 de mayo al 21 de junio, con la participación de 16 países. Ese logro fue posible porque nueve semanas antes, el 25 de marzo, entró en operación la estación terrestre de Chocontá, la cual permitió enviar y recibir señales televisivas, telegráficas y telefónicas globalmente.
El campeonato mundial de fútbol, que cada cuatro años emociona y atrapa la atención de millones de habitantes del planeta tierra, se inició en 1930 en Uruguay; comenzó a ser televisado durante la realización de este torneo en Suiza, en 1954.
Mis primeros recuerdos de esta competencia, muy tenues, por cierto, se remontan al mundial de Chile, en 1962. No escuché la transmisión de ningún partido, pero sí las reseñas presentadas en las emisoras Nueva Granada, Nuevo Mundo y Radio Santafé. Ya en 1966 mi reminiscencia es más clara. El evento lo organizó Inglaterra. Los partidos los escuché en mi casa, en Úmbita; unos en emisoras colombianas y otros en estaciones internacionales a través de la onda corta.

En 1970 cursaba tercero de bachillerato en el Colegio Silvino Rodrìguez de Tunja. Vivía en la casa de un tío paterno, en donde no había televisor. En la ciudad, muy pocas familias contaban con este aparato. Si deseaba ver televisión debía hacerlo frente a la vitrina de “Talleres Gamboa”, establecimiento dedicado a la reparación de aparatos audiovisuales, situado en la esquina de la calle 19 con carrera 12, en donde, durante el horario de emisión, siempre estaba prendido un receptor.
Algunos partidos del mundial de fútbol de ese año los escuché por radio y otros pude verlos en el televisor del casino de suboficiales de la policía, en el primer piso de las instalaciones del comando departamental, ubicadas en la esquina de la carrera once con calle 19, sede, por casi 300 años, del convento de los dominicos.
La Tunja de 1970, a pesar de ser la capital, no era la ciudad más poblada de Boyacá, pues la superaba Sogamoso en por lo menos 10 mil habitantes, que albergaba a 65 mil personas. En cuanto a su extensión, a lo largo comenzaba en el “Retén Sur” y culminaba en el norte, prácticamente en el Pozo de Donato. A lo ancho no tenía más de 25 cuadras, que se iniciaban por el oriente en el barrio San Antonio e iban hasta la mitad de la falda del cerro de San Lázaro en el occidente. En ese momento la edificación más alta era el edificio de la Beneficencia, en el costado sur de la plaza de Bolívar. Aún no habían sido construidas urbanizaciones como Los Muiscas, La Fuente, ni Mesopotamia, por solo citar tres de las mayores concentraciones residenciales actuales. En cuanto a su ambiente, era una ciudad casi taciturna a pesar del alboroto producido por los estudiantes universitarios provenientes de la costa norte de Colombia. Había tres teatros: Suárez, Quiminza y Cultural. Las discotecas iniciaban su aparición en la ciudad. No existían coliseos cubiertos en donde pudieran llevarse a cabo espectáculos artísticos o eventos deportivos. El estadio de la Independencia estaba en su etapa final de construcción.

Ante la carencia de escenarios deportivos, la cancha de baloncesto del comando de Policía Boyacá fue habilitada para la realización de encuentros de ese deporte entre los colegios de bachillerato. Allí, con asistencia de numeroso público se efectuaban vibrantes enfrentamientos entre los representativos de los colegios Santo Domingo, Salesiano, Boyacá, Normal de Varones y el Seminario Menor. También se desarrollaban periódicamente partidos entre los equipos de baloncesto de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y de la Universidad Industrial de Santander.
Las instalaciones del cuartel de la policía no solo estaban disponibles para certámenes deportivos sino también para otros eventos. Por ejemplo, en el casino de oficiales, todos los años, se realizaba en el Aguinaldo Boyacense el baile de disfraces, al cual eran invitados representantes de la sociedad civil; en ese mismo casino muchos jóvenes tunjanos iban los domingos a ver por televisión el programa “El llanero solitario”. Y dentro de esa apertura a la comunidad, fue que el casino de suboficiales se dispuso al público para observar el campeonato mundial de fútbol de 1970. La entrada era gratuita. Si bien, en el vestíbulo del cuartel existía un puesto de control de ingreso, en una especie de garita interna, localizada a mano izquierda entrando, atendido por dos o tres agentes de la policía, con ocasión de tales certámenes la entrada era franca. Se ingresaba directamente, sin que nadie tuviera que identificarse.
Fueron varios los partidos de ese mundial que vi en aquel casino, el cual era amplio y podía albergar a por lo menos 100 personas sentadas y otro tanto de pie.
Aunque ese año comenzó a transmitirse la señal de televisión del campeonato mundial de fútbol a color, en Colombia debimos observarlo en blanco y negro, pues la televisión a color en nuestro país solo fue inaugurada en 1981.
Pero el casino de suboficiales de la policía no fue el único sitio donde se pudo observar públicamente por televisión el mundial de fútbol de 1970.
—Yo vi la mayor parte de los encuentros televisados en las residencias universitarias de la UPTC, situadas donde hoy es el edificio del Banco de Colombia, en la plazoleta de San Francisco. La final la vi en el Café Vesubio, frente al Comando Departamental de la Policía —ha recordado el académico e historiador Hernán Forero Buitrago.

De los partidos que observé en el casino de suboficiales recuerdo aquellos donde jugó Brasil y Perú, que eran los países representantes de Suramérica. ¿Cómo no recordar a los jugadores brasileños Pelé, Tostao, Jairzihno, Carlos Alberto, Jerson, Clodoaldo, Rivelino, Félix, Everaldo? ¿Cómo no traer también a la memoria los jugadores peruanos Teófilo Cubillas, Héctor Chumpitaz, Roberto Challe, Pedro Pablo “Perico” León, Hugo Sotil y Ramón Mifflin?
Al igual que los demás espectadores en el casino, hacía fuerza por estos seleccionados, pues la cercanía territorial inclinaba nuestras preferencias. Los goles de Brasil y Perú los celebrábamos jubilosamente con gritos, aplausos y saltos y los de los combinados contrincantes los recibíamos con decepción absoluta, unas veces en medio de un silencio sepulcral y en otras, vociferando palabras desaliñadas.
Los relatos de estos partidos en televisión eran pausados, descriptivos, muy distintos a los de la radio, caracterizados por ser emotivos. Gabriel Muñoz López, a quien años después conocí en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, era el relator; Humberto Rodríguez Jaramillo y Humberto Salcedo Jr., los comentaristas.
La final de este mundial, en la que Brasil derrotó a Italia cuatro goles a uno, no la pude ver por televisión. Debí escucharla por radio en mi casa de Úmbita, por cuanto en ese momento, el 21 de junio, ya me encontraba en vacaciones de mitad de año, época que siempre la pasaba en la casa de mis padres.
—México 70 fue un campeonato con muchísimas situaciones particulares. Brasil después de nueve mundiales disputados, logró su tercer título orbital de la historia y se adueñó de la escultura de la diosa Nike, la conocida copa “Jules Rimet” —señala Hernán Forero Buitrago en un artículo publicado en 2020 en la revista de la Asociación de Periodistas de Boyacá, titulado: “50 años del mundial de fútbol México 70: historias curiosas y anécdotas”.
En dos meses y medio se iniciará una nueva versión de este evento. No se realizará en un solo país sino en tres: Canadá, Estados Unidos y México. No participarán 16 países como en 1970, sino 48. El certamen se escuchará en la radio y se observará en televisores de alta resolución y pantallas gigantes que se instalarán en bares, restaurantes y parques públicos, pero estará a disposición de millones de aficionados de todas las edades en las pantallas de los teléfonos móviles y en las plataformas tecnológicas que han revolucionado las comunicaciones. En Tunja, ciudad que ya no tendrá 55 mil habitantes sino 190 mil, no será posible observar en el casino de suboficiales de la policía los partidos porque, en primer lugar, hoy no existe casino y porque el ingreso a esa edificación, en donde opera el comando del Distrito de Policía Tunja es en extremo restringido. En 56 años todo ha cambiado, menos la pasión que despierta el fútbol.
La entrada En Tunja, todo cambia menos la pasión por el fútbol – Gustavo Núñez Valero #CrónicasYSemblanzas se publicó primero en Boyacá 7 Días.

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