
Aún sin traspasar las rejas de la entrada del Parque Vigeland, solo con observar el panorama y experimentar el ambiente circundante, mis sentidos quedaron atrapados por sensaciones agradables, plácidas y provocadoras de disfrute interior.
Era un lunes de la primavera del 2019. Me encontraba en las afueras de Oslo, capital de Noruega.
Esta ciudad, situada al fondo del fiordo que lleva su nombre, tiene una población cercana a los 750 mil habitantes. Durante las últimas décadas se ha visto influenciada por la arquitectura moderna, caracterizada por su desafío, agresividad y novedad. Muestra equilibrio entre la modernidad urbana y una naturaleza exuberante. De hecho, el 50 % de su extensión está constituida por zonas verdes. Por eso se le reconoce como una de las ciudades más comprometidas con la sostenibilidad en todo el planeta. Allí no hay congestiones vehiculares. Sus habitantes se desplazan en el tranvía eléctrico, el metro, el tren de cercanías, los autobuses y las bicicletas.
En la sede del Ayuntamiento de Oslo, anualmente, todos los diciembres, se hace entrega del Premio Nobel de la Paz.

A Noruega había llegado en ferry cuatro días antes. Ingresé por la sureña localidad de Kristiansand, procedente de Dinamarca. Estuve en Stavanger y en Bergen. En mi tránsito desde esas ciudades hasta la capital, conocí vestigios del pueblo vikingo, pasé por túneles dentro del mar, observé glaciares, aprecié paisajes agrestes, navegué por el Mar del Norte y por varios fiordos.
—Bueno, ya llegamos al parque. Tenemos una hora para recorrerlo —dijo, aún dentro del autobús que nos había recogido en el hotel y paseado por sitios llamativos de la ciudad, la guía de la excursión.
Al bajarme del vehículo observé una explanada tapizada de césped; en la mitad, un conjunto escultórico dividido en dos secciones separadas por un sendero, pavimentado en unas partes y adoquinado en otras, que se extiende a lo lejos hasta un montículo en donde se levanta un monolito gigante; a los lados, densas arboledas y parcelas de jardines distribuidas con armonía; en la mitad, un lago, atravesado por un puente peatonal de concreto con barandales que sostienen esculturas de bronce.

Este parque lo diseñó y construyó el escultor noruego Gustav Vigeland (1869-1943). Se le conoce también con el nombre de Parque de las Esculturas. Tiene una extensión de 32 hectáreas y hace parte de otro más grande, el Parque Frogner, cuya área total es de 45 hectáreas. Está abierto las 24 horas de todos los días. Anualmente lo visitan cerca de dos millones de personas.
Eran las ocho y treinta de la mañana. El sol gobernaba pleno en el firmamento azul celeste, matizado por tenues y perezosas nubes. Una brisa suave menguaba la sensación térmica. El silencio se imponía sobre el canto de pajarillos y el murmullo de los visitantes. La calma cundía en todos los resquicios de aquel espacio.

Con la expectativa propia de un turista y la serenidad de ánimo impuesta por el ambiente del lugar, los integrantes de la excursión seguimos a la guía y nos cruzamos con otros grupos procedentes de distintas partes del mundo.
El punto de partida del recorrido fue el jardín de la residencia del creador de este espacio de recreación. Allí se conservan sus enseres personales, planos, documentos, modelos, herramientas y utensilios empleados en el diseño y ejecución del parque.
—Aquí vivía Gustav Vigeland en 1907. Él, en aquel año, le propuso al Ayuntamiento de Oslo la destinación de la explanada contigua a su residencia para montar una exposición permanente con las obras que construiría durante el resto de su vida y ofreció donar su casa al proyecto para que, después de su muerte, fuera convertida en museo. Los dos propósitos se lograron —contó la guía.

El jardín luce acogedor y pintoresco. En primer plano, una parcela de tulipanes, de frescos tallos y coloridos pétalos; en el medio, una plataforma rectangular de mármol sostiene la escultura en bronce de Gustav Vigeland; alrededor, escaños de madera de tono rojizo; luego, altos arbustos con follajes que dejan traslucir el sol sobre las flores y producen un ambiente claro y vistoso; al fondo, amplia y extendida, de una sola planta, la vivienda del artista.
—Ahora sí comencemos el recorrido. Son unos 850 metros desde aquí hasta el Monolito —advirtió la guía.
El grupo, a través del sendero central, avanzó sin prisa.

Me atrajo la lozanía del césped y su variedad de verdes. De pronto, aparecieron las primeras esculturas. Una sobre un pedestal alto y delgado de piedra, representa una mujer, con vestiduras largas y facciones serenas en su rostro, que domina un lagarto gigante. Otra, también de mujer, luciendo falda larga, es abrazada por la espalda por un enorme lagarto.
Luego, al llegar al puente, aparecen, a lado y lado, sobre las barandas, figuras de bronce, de tamaño natural, que muestran a mujeres, hombres y niños, en distintas posiciones, todos desnudos. Primero se encuentra una mujer levantando sobre su cabeza a su pequeño hijo; luego, otra mujer, de pie, en posición erguida, abraza a la altura de sus hombros a su crio, posando con cariño su rostro sobre este. Después, una madre, de cuerpo atlético, sostiene, con sus brazos extendidos, dando una larga zancada, a un pequeño infante, dejando al descubierto sus senos y mostrando su cabello extendido al aire. Después, se encuentran mujeres en posiciones de cavilación unas y de acción otras; igualmente, aparecen, posando sobre los barandales, jóvenes, hombres maduros, padres jugando con sus hijos, hombre y mujer en pareja. En fin, todas son representaciones del ser humano y muestran figuras bien proporcionadas y estéticamente atractivas.

Y en el recorrido por el puente, de pronto surge la figura de un niño enfadado, dando una patada al aire y expresando gestos de llanto en su rostro. Esta escultura produjo dentro de mí una reacción extraña. Mientras experimentaba vibraciones en todo mi cuerpo y mi piel se erizaba, mi pensamiento se abrió a la reflexión y mis sentidos, a la contemplación. Al tratar de recobrar mi serenidad, observé que otras personas estaban lelas, examinando la misma estatua.
Al detallar al niño de la pataleta, observé que sus manos y su órgano viril lucían brillantes y desgastados, demostración palpable de que muchas personas han tocado estas partes y, en consecuencia, han producido un fenómeno químico de oxidación, ya que la piel humana produce sudor, que es ácido y, por tanto, deteriora, poco a poco el cobre, elemento que junto con el estaño constituye la aleación que se denomina bronce.

Fue tanto mi embelesamiento que me quedé allí por un buen rato y me atrasé del grupo. Los demás compañeros de excursión habían avanzado con la guía, en el recorrido. Si bien, de inmediato comencé a buscar a mis compañeros de excursión, concluí, que esas esculturas, y en especial la del niño enojado, habían producido en mí un efecto apabullante. Una acción mágica. No tuve que devanarme los sesos para aceptar que esta se derivaba del don artístico del escultor. El arte, me había impactado con fuerza invencible. Por supuesto, encantado disfruté de ese deleite espiritual que experimentaba.
Después del puente se abre un espacio cuyo piso está formado por bloques y losas de granito gris y blanco. En este se encuentra una fuente monumental formada por imágenes de bajo y alto relieve en bronce. En el centro, seis gigantes sostienen una vasija enorme por donde fluye agua que se desborda a borbotones. Por lo menos 20 esculturas de árboles decoran el contorno de la fuente.

Después, otro espacio, conformado por parcelas de flores y prado, dividido por senderos adoquinados, comunica, a través de escaleras de piedra, con el montículo en donde se levanta la escultura denominada Monolito. Esta tiene 17 metros de altura, está elaborada en un solo bloque de piedra. Fue construida por hombres al servicio de Gustavo Vigeland durante 13 años. Representa 121 figuras humanas: mujeres, hombres y niños de distintas edades que se entrelazan.
Según la guía de la excursión, críticos de arte han señalado que este monumento simboliza el ciclo eterno de la vida y la interconexión de la humanidad.
Al Monolito lo rodean otras esculturas elaboradas por Vigeland en granito. Muestran a hombres y mujeres desnudos, en distintas etapas de la vida, en variadas posiciones, con expresiones serenas en sus rostros.
Al final del parque aparece una escultura conformada por siete figuras humanas entrelazadas formando un círculo. A esta se le conoce con el nombre de ‘La rueda de la vida’.

En la puerta de salida del parque, emocionado, me detuve a pensar en lo que acababa de observar. Había sido, sin duda, una afortunada experiencia para apreciar una obra inspirada en acontecimientos de la vida, mostrando momentos del ser humano como el nacimiento, la infancia, la adolescencia, el primer amor, la madurez, los hijos, la familia, la vejez y la muerte. Quise permanecer más tiempo allí, pero comprendí que era imposible porque el viaje debía continuar y mis compañeros estaban esperándome en el bus. Fue tanta mi decepción por no disponer de más tiempo, que tal desilusión se me reflejó en el rostro.
—Oh, colombiano ¿qué le pasa? ¿Por qué ese semblante? Igualito al del “niño de la pataleta” que acabamos de ver en el parque —me dijo, en medio de una carcajada, una médica uruguaya que hacía parte de la excursión.
La entrada El niño de la pataleta – Gustavo Núñez Valero #CrónicasYSemblanzas se publicó primero en Boyacá 7 Días.
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