
Estoy firmemente convencido de que, ante las innumerables voces que hoy resuenan en la prensa, las redes sociales y los espacios de opinión, existe un creciente deseo de figuración del ego. Como si todas las voces estuvieran igualmente capacitadas para hablar de cualquier tema. Uno puede dejar pasar eso en el comedor familiar o en una conversación entre amigos, donde hablar de todo y de lo que sea no exige mayor rigor. Pero cuando ese mismo fenómeno se traslada al debate público, el asunto se vuelve preocupante. Hoy vemos cómo se construyen argumentos a partir de titulares, cómo se opina con base en lo que aparece en una red social o en el trino de algún influencer. Lecturas ligeras que no solo reflejan pereza intelectual, sino también una preocupante mediocridad.
Lo más inquietante es que abundan los ligeros de lengua que toman la palabra y, además de seguros, resultan convincentes. El mecanismo es simple y efectivo, frases cortas, sugestivas, muchas veces incompletas o directamente falsas con las que se va moldeando la opinión colectiva y con una carga de odio o preocupación: “vamos a ser como Venezuela, los indígenas quieren todo gratis, estamos patrocinando pobres que solo les gusta que les den, ¿de dónde salió esta negra?”. Últimamente se escuchó decir que nos íbamos a volver como argentina si llegaba la derecha, que la paloma se comió un tigre, que el tigre quiere ser bukele y por eso lo mejor es que el tigre no es como lo pintan. Que Trump quiere mucho a Petro y que no hay mejor gestor de paz que Trump. Así se va moldeando la opinión colectiva, entre titulares y redes sociales se construye una verdad aparente que pocos se toman el trabajo de verificar.
No es un tema menor. El fenómeno de las fake news se ha normalizado y los opinadores, lejos de frenarlo, muchas veces lo amplifican. Lo grave es que en medio de este ruido está en juego algo fundamental: la verdad, el rigor, la diferencia entre noticia y opinión, el debate abierto y la capacidad de disentir con argumentos. Ahí vamos, del timbo al tambo, de la opinión publicada a la opinión pública, que en efecto no es lo mismo. El principal recurso de verificación es la lectura y como en el país no se lee entonces las consecuencias son lo que vemos que son. Hoy pareciera que todos saben de pensiones, del sistema de salud, de legislación laboral o de política internacional. Todos estaban familiarizados con el Adres, con el FEPC, con el Dapre. Todos saben de todo y opinan con mucha irresponsabilidad. Tristemente, en las estadísticas del DANE no existe un indicador que mida el analfabetismo sociopolítico. Pero si existiera, probablemente revelaría una realidad incómoda: una sociedad donde pocos leen y muchos repiten.
En las recientes elecciones en Colombia hemos visto cómo esta dinámica se amplifica. La política se ha convertido cada vez más en una disputa de consignas, de frases virales y de trincheras ideológicas. No importa tanto comprender los programas o las propuestas como repetir el eslogan que mejor encaje con nuestras simpatías. Las urnas se llenan de opiniones, pero no siempre de reflexiones. Y así seguimos: unos pocos opinan, muchos reproducen sus ideas como verdades reveladas, y otros tantos asumen posiciones desde las orillas donde sus oídos se sienten más cómodos. Uno de los problemas más graves de nuestro sistema educativo tiene que ver precisamente con la lectura crítica. Todos sabemos que allí estamos fallando. De lo contrario no habríamos llegado a los niveles de polarización que hoy dividen al país. ¡Manipuladores insensatos! Si los de una orilla hablan, hay quien repita sus palabras como eco. Si los de la otra orilla contradicen, también habrá quien reproduzca esas aclaraciones sin mayor rigor. Lo más preocupante es que ni siquiera nos sonrojamos. Vamos del timbo al tambo, sin la mínima capacidad de contrastar la verdad de unos y otros. Y también hay que decirlo: resulta perturbador ver a algunos medios de comunicación prestándose para esta dinámica. Pasamos de la libertad de opinión al libertinaje de la información: sin filtros, sin verificación, sin ética. Querido periodista u opinador: ojalá siempre seas el primero en contarlo. Pero aún más importante sería que lo cuentes mejor. Con verdad. Con rigor. Con responsabilidad. Si no es primicia, no importa. Lo que sí importa es que nos hables con la verda
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