
En Colombia se volvió habitual elegir sin exigir. Votar sin preguntar. Votar por impulso, por rabia, por costumbre o por un nombre que suena conocido. Y aunque parezca una decisión individual e inofensiva, en realidad es una elección profundamente política que termina definiendo el rumbo de nuestros territorios.
Hoy, buena parte de los candidatos a la Cámara y al Senado no presentan propuestas sólidas ni proyectos de largo aliento porque no las necesitan para ganar. Su estrategia no pasa por convencer con ideas ni por construir un mandato ciudadano, sino por activar maquinarias, administrar favores o colgarse de una marca política. Basta con decir “soy el de Uribe”, “soy el del presidente” o “soy el del cambio” para recoger votos sin explicar qué se va a hacer, cómo se va a hacer y con qué impacto real.
Este no es un problema ideológico: es un problema estructural. Durante años el clientelismo enseñó que el voto se intercambia por beneficios inmediatos: un mercado, una ayuda puntual, una promesa. En ese esquema, la propuesta estorba y el programa incomoda, porque obliga a rendir cuentas después. Así, la política se vacía de contenido y se llena de consignas.
A este escenario se suma una figura cada vez más visible: el candidato-influencer. Personas con alta visibilidad en redes sociales que llegan a la política desde la acción social mediática: ayudas grabadas, ‘papatones’, parques pintados frente a una cámara. No se puede desconocer el valor de ese trabajo, especialmente en territorios donde el Estado ha sido ausente. Pero hay que decirlo con claridad: ayudar no es gobernar. Y tener seguidores no equivale a tener la capacidad de legislar, formular política pública o ejercer control político.
Cuando la ayuda social se convierte en contenido y el contenido en votos, aparece una forma moderna de clientelismo: la caridad electoral. Se alivian urgencias, pero no se transforman las causas. Se personaliza la solución y se invisibiliza la responsabilidad del Estado. La política se vuelve espectáculo y la democracia, un algoritmo.
Boyacá y sus municipios: donde la política se siente de verdad
En Boyacá, y en cada municipio, vereda y barrio, esta reflexión es aún más urgente. Aquí la política no es un discurso abstracto: se siente en la vía sin pavimentar, en el hospital sin especialistas, en el campesino que produce a pérdida, en la junta de acción comunal que sostiene lo que el Estado no alcanza.
Boyacá no necesita representantes de vitrina ni candidatos de paso. Necesita líderes que vengan del territorio, que conozcan el campo, los municipios, las comunas, las juntas, las veredas y los barrios. Personas que hayan vivido las dificultades reales de la gente, pero que también se hayan preparado para gobernar, que entiendan el Congreso como un escenario técnico y político desde donde sí se puede cambiar la realidad de las regiones.
El liderazgo territorial no se improvisa. Se construye con recorrido, con formación, con experiencia en cargos de elección popular, con conocimiento de la gestión pública y, sobre todo, con humildad. Humildad para escuchar, para aprender y para entender que representar un territorio no es un privilegio personal, sino una responsabilidad histórica.
Como administrador público territorial tengo claro que las comunas y los municipios no necesitan salvadores momentáneos ni discursos grandilocuentes. Necesitan representación seria, preparada y comprometida, capaz de traducir las necesidades locales en proyectos de ley, presupuestos, control político y decisiones que impacten de verdad la vida cotidiana.
Elegir bien también es una responsabilidad ciudadana
Sería fácil culpar solo a los candidatos. Pero la responsabilidad también es nuestra. Mientras sigamos votando por marca, por emoción o por gratitud, seguiremos premiando campañas vacías. Mientras no exijamos propuestas claras, programas escritos y compromisos medibles, seguiremos aceptando que nos representen desde el eslogan.
Por eso, antes de votar, vale la pena detenerse y hacerse preguntas sencillas pero profundas:
- ¿Esta persona viene del territorio o solo lo visita en campaña?
- ¿Conoce el campo, las provincias y la realidad social que dice representar?
- ¿Se ha preparado para gobernar o solo para ganar elecciones?
- ¿Tiene experiencia previa en cargos de elección popular o en gestión pública?
- ¿Presenta propuestas concretas o solo repite consignas?
- ¿Explica qué proyectos de ley impulsará, con qué aliados y con qué impacto?
- ¿Acepta el debate público y la rendición de cuentas?
Yo, por ejemplo, busco representantes humildes, que vengan de abajo, del campo o de los barrios; que con esfuerzo hayan salido adelante; que se hayan formado para gobernar, para liderar y, sobre todo, para cambiar la realidad de nuestros territorios desde donde realmente se puede: el Congreso de la República. Y también busco experiencia, porque gobernar no es aprender sobre la marcha con el futuro de la gente.
El voto también construye o abandona el territorio. Votar no es un favor, ni un acto emocional, ni un gesto de gratitud. Es una decisión política que define el presente y el futuro de nuestro Boyacá y del país. Elegir bien es un acto de amor por el territorio y de respeto por quienes vendrán después.
Votar sin pensar también es una decisión política. Y casi siempre, es la que más caro nos cuesta.
La entrada Candidatos de marca e influencers de mercado: votos sin proyecto, territorios sin futuro se publicó primero en Boyacá 7 Días.

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