El amayismo: detestado por la izquierda, incómodo para el centro, indigesto para la derecha

sábado 29 de agosto de 2026, 5:30 am

Hay frases que, con el paso del tiempo, adquieren una vigencia inesperada. Un viejo aforismo político dice: «Señor, si a usted no le gustan mis ideales políticos, no se preocupe: le tengo otros«. Víctor Jara, desde la canción popular chilena, resumió en una sola frase una determinada forma de identidad política: «Usted no es nada, no es chicha ni limonada«.

Ambas sentencias parecen encontrar hoy un curioso punto de encuentro en el momento que atraviesa Carlos Andrés Amaya, gobernador de Boyacá y uno de los dirigentes que, durante los últimos años, ha intentado construir una identidad política propia en medio de las profundas transformaciones que ha vivido tanto el departamento como el país.

El problema es que la política colombiana suele ser implacable con quienes intentan ocupar, al mismo tiempo, varios espacios ideológicos, y ese es, precisamente, uno de los grandes desafíos que enfrenta hoy el llamado amayismo.

Durante años, Amaya logró consolidar una imagen asociada a una nueva generación de dirigentes y a una propuesta que pretendía distanciarse de las estructuras tradicionales; su ascenso vino acompañado de un liderazgo de opinión notable, nacido en buena medida en las aulas universitarias, en la irreverencia y en una capacidad real para conectar con ciudadanos que reclamaban una alternativa frente a los partidos de siempre.

Pero la política cambia, y con ella cambian las alianzas, las lealtades y naturalmente las percepciones.

El hoy expresidente Gustavo Petro, principal referente de la izquierda colombiana, otrora gran aliado del Partido Alianza Verde en Boyacá y nacional, donde incluso hubo coincidencias que llegaron a materializarse en la elección de Jaime Raúl Salamanca como presidente de la Cámara de Representantes, sucumbió al inexorable paso del tiempo, y, como suele suceder, esa cercanía se esfumo, quedó atrás, de hecho, esta misma semana Petro llamó públicamente «profascista» a Amaya en su cuenta de X, una expresión que, más allá de su dureza, certifica la ruptura de una relación que alguna vez estuvo marcada por reverencias y cooperación mutua.

Y ahí aparece la primera paradoja: Amaya, que en la más reciente contienda presidencial respaldó irrestrictamente a Iván Cepeda tanto en primera como en segunda vuelta, no logró convertir ese respaldo en una relación duradera ni en una reconciliación con los sectores más representativos de la izquierda; en efecto, sus posiciones han seguido generando duros cuestionamientos desde ese sector e incluso desde su propio partido.

Tampoco la derecha lo absuelve, durante la campaña, Amaya llegó a advertir que, en un eventual triunfo de la derecha, «solo habría espacio para el Bolillo«: una frase doctrinaria, que fue objeto de cuestionamientos institucionales por su tono, y que además provocó un enfrentamiento directo con quien meses después asumiría la Presidencia de la República, Abelardo de la Espriella, hoy jefe de Estado, quien acusó públicamente a Amaya de interferir en la contienda electoral.

Pero quizás el golpe más significativo para el proyecto de Amaya vino durante la primera vuelta presidencial, y llegó desde el propio centro, el espacio que en teoría debería serle más natural: Claudia López, aliada suya de antigua data, señaló directamente al gobernador de Boyacá como uno de los responsables de empujar al Partido Verde hacia la extrema izquierda, alejándolo de los principios fundacionales que encarnó, sobre todo, su gran referente Antanas Mockus.

Así, si desde la izquierda se le considera demasiado cercano a la derecha; si desde la derecha se le identifica con la izquierda, y si desde el centro se le acusa de haber abandonado el centro, ¿cuál es entonces el verdadero lugar político del amayismo? Esa es, probablemente, la pregunta que muchas personas se hacen y que hoy seguramente deben incomodar a quienes rodean al gobernador.

Porque resulta evidente que una cosa es construir una política independiente, y otra muy distinta es dar la impresión de que esa independencia consiste, simplemente, en acomodarse a cada circunstancia. La diferencia entre ambas puede parecer sutil, pero electoralmente resulta determinante: un dirigente puede cambiar de posición, renegociar alianzas o corregir el rumbo, la política supone y exige eso, pero el problema comienza cuando esos movimientos dejan de leerse como evolución y empiezan a interpretarse como pura politiquería y oportunismo, y ojo, una vez instalada esa lectura en la opinión pública, principalmente en los jóvenes, desmontarla es una tarea mucho más difícil que construirla.

El resultado hoy es absolutamente incómodo: su nombre empieza a generar la misma desconfianza que antes generaban, a sus ojos, los políticos de siempre. Un proyecto que nació cuestionando la vieja política tradicional corre el riesgo de terminar siendo juzgado con las mismas categorías y retórica que él mismo utilizó para cuestionarla: cálculo, pragmatismo y alianzas que cambian según sople el viento y la conveniencia de turno; cuando eso ocurre, el problema deja de ser intrínsecamente electoral para convertirse en un problema de identidad.

La política no vive solamente de votos: vive también de relatos, y un dirigente y jefe político necesita explicar quién es, qué defiende y qué líneas no está dispuesto a cruzar; cuando esas fronteras se difuminan, el electorado empieza a preguntarse si detrás de cada decisión hay una convicción o, simplemente, una estrategia de supervivencia, de conveniencia o de simplemente intereses particulares, esa pregunta, más que cualquier otra, es la pesada y onerosa factura que hoy le está pasando la política al opaco Carlos Amaya, y que ya trasciende las fronteras de Boyacá: su figura tiene hoy una exposición nacional que es observada atentamente por una prensa local y nacional implacable, que no le rebaja o perdona nada, por el contrario, observa con mucha más atención cada palabra, cada alianza y cada silencio.

¿Quién es realmente Carlos Amaya y qué proyecto o legado político quiere dejarle a Boyacá y a Colombia?, ¿cómo quiere que la sociedad cada vez más informada e incrédula lo perciba? La respuesta determinará mucho más que la próxima elección, porque en política el poder puede conseguirse con alianzas, pero la legitimidad solo se construye con coherencia y esa es, hoy por hoy, la deuda pendiente del amayismo y con toda seguridad, su principal talón de Aquiles. ¡Amanecerá y veremos!

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